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Metafísica sevillana (I): Miguel Mañara

Metafísica sevillana (I): Miguel Mañara

Vive el rico en cuidados anegado,

Vive el pobre en miserias sumergido;

El monarca en lisonjas embebido;

Y a tristes penas el pastor atado.

 

El soldado en los triunfos congojado;

Vive el letrado a lo civil unido;

El sabio en providencias oprimido;

Vive el necio sin uso a lo criado.

 

El religioso vive con prisiones;

En el trabajo boga oficial fuerte;

Y de todos la muerte es acogida.

 

¿Y qué es morir? Dejarnos las pasiones.

Luego el vivir es una amarga muerte;

Luego el morir es una dulce vida.

(Miguel Mañara Vicentelo de Leca)

El hermano Alonso atraviesa lentamente el pórtico del hospital. La criatura que se desvanece entre sus brazos no superará los ocho años ni pesará más de veinte kilos, pero era el tercer enfermo que recogía aquel día y el agotamiento le impedía avanzar más rápido. Entre escalofríos, el niño tose una y otra vez. Cuántos días llevará tirado en el callejón donde lo encontró el hermano es una incógnita, pues el muchacho se halla tan débil que es incapaz de hablar. Sin duda, el tabardillo está causando horribles estragos entre los pobres de Sevilla.

Corre el año 1679 y el puerto de Indias sufre la enésima crisis epidemiológica de las últimas décadas. Como uno de los miembros más veteranos de la Hermandad de la Caridad, Alonso aún recuerda la trágica peste de 1649, que se cobró la vida de 60.000 sevillanos.  Ahora, el tabardillo se cebaba con los sectores vulnerables de la ciudad: la falta de higiene, el hacinamiento y la deficitaria alimentación constituían el caldo de cultivo propicio para que la enfermedad viajase a toda velocidad por los barrios hispalenses más humildes, provocando entre los contagiados síntomas como cefalea intensa, exantema, escalofríos y una debilidad extrema. En la Hermandad no daban abasto: desde que fue fundada en el siglo XV, sus integrantes se encargaban de dar sepultura a mendigos, pícaros, ajusticiados e indigentes y, posteriormente, ampliaron la labor asistencial para con toda clase de pobres y enfermos.

"A poco de entrar al Hospital de la Caridad, y mientras buscaba acomodo para el niño que portaba en brazos, este ha dejado de respirar. Ha muerto"

Alonso maldice sus fuerzas; no ha llegado a tiempo. A poco de entrar al Hospital de la Caridad, y mientras buscaba acomodo para el niño que portaba en brazos, este ha dejado de respirar. Ha muerto. Exhausto y entre lágrimas, el hermano abandona la estancia destinada al cuidado de enfermos y se dirige a la contigua iglesia de la Hermandad. Está abatido y desea orar por el alma de aquellos desamparados, pues su edad avanzada y el arduo esfuerzo de la jornada lo han dejado sin fuerzas para continuar recogiendo enfermos.

La iglesia de la Hermandad de la Caridad, bajo la advocación de San Jorge, había sido inaugurada cinco años atrás, pero aún se estaban ultimando algunos detalles de la decoración. El templo era una joya del Barroco sevillano y en él habían trabajado ya algunos de los más afamados artistas de la ciudad. Cabizbajo, el hermano Alonso avanza por la nave central, mientras contempla las grietas que aparecen en el muro de la nave del Evangelio. Los problemas estructurales llevan un tiempo amenazando los muros de la iglesia, que claman por una intervención de urgencia. La atormentada mente de Alonso no puede evitar trazar algunas analogías: aquel templo se le presenta como la maltrecha Sevilla. Su ciudad es la que monopoliza el comercio con las Indias, puerto receptor de inmensas riquezas que atraviesan el océano, verdadero corazón del imperio en que no se pone el sol, cuna de grandes artistas, mecenas e intelectuales; y, sin embargo, el tabardillo asola sus barrios sin piedad, como las grietas que amenazan con dar al traste con los suntuosos muros de la iglesia de San Jorge, ornamentados con los trabajos de Valdés Leal, Murillo o Pedro Roldán. El templo, como la ciudad, está herido en sus entrañas.

Una presencia sorprende a Alonso cuando está a punto de llegar al presbiterio. Alguien ora entre susurros, apostado en una silla de madera. Se trata de un caballero que viste de negro, con golilla blanca y capa de la orden de Calatrava.

—¡Miguel! ¿Eres tú? —El caballero detiene su rezo—. Discúlpame, no era mi intención interrumpir tus oraciones… Pero ¡me alegro tanto de verte! Temía por tu salud, hermano, y tu presencia es hoy más necesaria que nunca para nosotros…

Alonso calla repentinamente al observar mejor el rostro de su interlocutor, que ahora le dirige una sonrisa. Efectivamente, se trataba de Miguel Mañara, el hermano mayor de la Caridad, pero su tez delataba un estado físico deplorable que lo hacía casi irreconocible. A todas luces, presentaba un cuadro febril grave, con enormes ojeras, alrededor de las cuales se disponían decenas de manchas rojizas. Eran, sin duda, los síntomas del tabardillo los que desfiguraban el rostro del líder de la hermandad.

—Bienhallado, hermano. Acércate, por favor.

"Mañara hizo oídos sordos a estas advertencias, exponiéndose una y otra vez al riesgo de contagio, e incluso solicitando una celda dentro del Hospital para vivir cerca de los pobres y enfermos"

Alonso toma una silla y la coloca frente a Miguel, a quien observa con aire compungido. Profesa auténtica admiración por aquel hombre, por lo que reprime los impulsos de achacarle una actitud imprudente. Los hermanos que integraban la Junta de Gobierno habían aconsejado a Mañara que evitara la exposición directa con los enfermos, ante el elevado riesgo de contagio. Como hermano mayor y líder espiritual de la Caridad, debía salvaguardar su salud y permitir que otros compañeros de menor rango se hiciesen cargo de las labores asistenciales. Sin embargo, Mañara hizo oídos sordos a estas advertencias, exponiéndose una y otra vez al riesgo de contagio, e incluso solicitando una celda dentro del Hospital para vivir cerca de los pobres y enfermos, a quienes consideraba «sus amos y señores».

—Sé que me tomas por imprudente.

—Miguel, has de entender cuánto te apreciamos y lo necesario que es tu liderazgo en la Hermandad. Pudiste mantenerte al margen, pues los demás ansiamos servir a los desamparados y somos, a diferencia de ti, prescindibles.

—Solo Dios es necesario, Alonso, y todos nosotros contingentes. Pero si hubiésemos de establecer grados de contingencia dentro del orbe, yo sería la más prescindible de todas las criaturas.

—Has transformado el espíritu de esta Hermandad, eres el precursor de este templo y tus enseñanzas nos guían por los verdaderos senderos de la Caridad. ¿Por qué te empeñas en minusvalorarte?

—Porque he sido el más malo de todos los hombres.

Un largo silencio interrumpe la conversación, tras el cual Mañara retoma sus oraciones, visto que Alonso no sabe cómo responder a esa última confesión. Este adopta un aire taciturno y pierde su mirada entre las imágenes del retablo mayor. Contempla el Santo Entierro que lo preside, obra de Pedro Roldán, mientras busca una réplica a las palabras del hermano mayor.

"Siquiera mediada la treintena, Mañara perdió a su compañera de vida. Nunca pudo recuperarse de la pérdida"

El pasado de Miguel Mañara era conocido por muchos en la Hermandad y fuera de ella. Nacido en el seno de una de las familias más pudientes de Sevilla, pronto perdió a sus dos hermanos mayores y quedó huérfano de padre a los veintiún años, con lo que heredó muy joven una inmensa fortuna. Hasta entonces, fueron sonadas sus salidas nocturnas, dándose a una vida licenciosa. Derrochador, ambicioso y orgulloso, aficionado al juego y las apariencias, docto en las artes de la espada, trasnochador en exceso y siempre protagonista de los dimes y diretes hispalenses, así era el joven Mañara. Al poco de morir su padre, contrajo matrimonio con Jerónima Carrillo de Mendoza, una noble accitana, y lo cierto es que esta supo reconducir al joven pendenciero. Miguel quedó prendado inmediatamente de Jerónima y la arrogancia y excesos de juventud dieron paso a una madurez estable y provechosa junto a aquella mujer a la que amó por encima de sí mismo. Fueron años de alegría y prosperidad: la pareja iba acumulando gran riqueza e influencia y Mañara fue nombrado Provincial de la Santa Hermandad, cargo de enorme relevancia en la Sevilla de estos años, además de Caballero Veinticuatro y Alcalde Mayor de la ciudad. Lo más selecto de la nobleza hispalense se postraba a los pies de aquel aristócrata, cuya fama e inmenso poder trascendían las fronteras de la propia Andalucía y elevaban a Mañara a la categoría de embajador de la ciudad ante la Corte real.

Mas en el cénit de su aristócrata existencia, la guadaña vino a recordarle aquello de Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris: una tristísima mañana de su decimotercer septiembre como casados, la muerte le arrebató repentinamente a Jerónima. Siquiera mediada la treintena, Mañara perdió a su compañera de vida. Nunca pudo recuperarse de la pérdida, un dolor atroz embargó su alma y sentía desvanecerse el sentido de su existencia.

—Lo tenía todo y a la vez nada, Alonso. Supe entonces que mi caudalosa hacienda y mi larga lista de cargos e influencias eran vanas conquistas, baldías ilusiones ante el destino irreversible de la muerte —Alonso escucha sorprendido, pues rara vez el Hermano Mayor accede a compartir con el resto aquellos recuerdos tan dolorosos—. En aquel tiempo mi existencia carecía de sentido. El mundanal éxito dejó paso a un vacío angustioso que nubló mis días y me empujó al aislamiento consciente. Me retiré al Desierto de las Nieves, en el corazón de los montes de Ronda, e ingresé en el monasterio de los carmelitas descalzos que allí se halla. Pasé meses, no recuerdo cuántos, ejerciendo una estricta penitencia. Me acogí al ayuno y rehusé el lecho, postrando cada noche mi desvalido cuerpo sobre el frío suelo de mi celda. Deterioré voluntariamente mi salud, pues consideraba que la penitencia más estricta me permitiría huir del dolor mundano, expiar mis pecados de codicia y encontrar una escapatoria al vacío que ocupaba cada rincón de mi alma. Pero el dolor no cesaba y mi penitencia comenzaba a resultarme infructuosa.

—Desconocía tu estancia en ese monasterio. Lamento que pasases por aquello…

—Las privaciones me condujeron a un estado físico deplorable —Mañara continúa absorto en sus recuerdos, ajeno a la tentativa de consuelo de su interlocutor—. Los días en que mi desesperación era más alta, sobrepasé los límites del ayuno que establecía la regla monacal. Renuncié incluso al plato de legumbres que me correspondía y pasé semanas alimentándome a base de pan rancio y agua. La inanición, unida a mi profunda crisis espiritual, me empujó al borde de la muerte, y llegué a considerar que ese era mi destino manifiesto y el único modo de reunirme rápidamente con Jerónima. Fue entonces, situado todo mi ser al borde del abismo, cuando un grupo de venerables padres carmelitas, apiadándose de mi desdichada alma, me citaron para una reunión que cambiaría mi destino. Me hicieron ver entonces que el dejarme morir me impediría ser útil a Dios en la misión que su providencia me había encomendado: servir a los pobres mediante obras de caridad.

—¿Fue entonces cuando decidiste ingresar en la Hermandad?

—Así es. Aquellos padres carmelitas fueron mis médicos del alma. Les guardo eterna gratitud. Como bien sabes, doné toda mi hacienda a la Hermandad, y aquí he hallado los diecisiete años más felices de mi vida. Si ha de consumirme esta enfermedad, querido Alonso, sabed todos que expiraré plácidamente, pues haber servido a los desamparados de esta ciudad, que son mis amos y señores, se convirtió en el camino para hallar la plenitud de mi alma en este mundo terreno.

—Admiro el carácter magnánimo con el que Dios dotó tu alma. Sin embargo, permíteme reiterar hoy el consejo que te dieron aquellos frailes: aún eres necesario en este mundo terrenal. Te ruego que combatas con todas tus fuerzas la enfermedad, pues perderte significaría despedir demasiado pronto al líder que revolucionó la Hermandad de la Caridad y nos muestra los senderos de la misericordia.

—Sabed, Alonso, que los físicos no me dieron más de dos semanas de vida.

"Los peores temores de los hermanos de la Caridad se han confirmado con la categórica sentencia de Mañara"

El silencio regresa a la iglesia, interrumpido minutos después por el rumor de la llovizna primaveral que se cierne sobre Sevilla. Alonso permanece sentado junto a Miguel, quien ha vuelto a las oraciones. Los peores temores de los hermanos de la Caridad se han confirmado con la categórica sentencia de Mañara. Durante las últimas semanas, en el refectorio corrían rumores sobre el delicadísimo estado de salud del hermano mayor. Los más pesimistas advertían que la virulencia con que los síntomas del tabardillo estaban afectando a Mañara podía acabar con su vida. Este llevaba días sin salir de su celda, e incluso había pedido que le llevaran allí la comida. Alonso, que se encontraba entre los optimistas, albergaba la esperanza de una pronta recuperación, mas las palabras del Hermano Mayor lo han hundido, y por su rostro caen ahora irreprimibles lágrimas.

—No padezcas por mí, Alonso, sino por quienes más sufren aún en este mundo. Yo lo abandono en paz y con un deseo inmenso de ver a Dios. Recuerda cómo comenzaba aquel libro mío, El discurso de la verdad.

La lluvia arrecia. Alonso conoce bien la obra escrita por Mañara ocho años atrás, mas siente que aún no ha comprendido su verdadero significado. El libro incluía profundas reflexiones sobre la muerte y la fugacidad de la vida corpórea. Mañara había sufrido desde joven la pérdida de varios de sus seres queridos y aquel texto parecía reflejar una postura muy particular respecto al fin de la existencia. Alonso lo había releído en numerosas ocasiones, tratando de descifrar un mensaje que al parecer escapaba a su entendimiento.

—«Es la primera verdad, que ha de reinar en nuestros corazones: polvo, y ceniza, corrupción, y gusanos, sepulcro, y olvido. Todo se acaba: hoy somos, y mañana no parecemos: hoy faltamos a los ojos de las gentes, mañana somos borrados de los corazones de los hombres» —Mañara recita lentamente las primeras líneas de su Discurso de la verdad.

—Creo que nunca llegaré a entender cómo has podido naturalizar tanto la muerte, cuando perder a tus padres, hermanos y esposa te ha supuesto un mayúsculo sufrimiento. Yo también perdí joven a mis padres, Miguel, y aún con mis sesenta años temo el óbito, el olvido, la nada. Cuando esta mañana un niño desvalido pereció entre mis brazos, más que pena, sentí miedo, terror ante el funesto destino que nos ha de alcanzar en cualquier momento. Por supuesto que, como buen cristiano, albergo esperanzas de reunirme tras la muerte con el Altísimo, mas no puedo evitar que la sola idea de abandonar este mundo me produzca verdadero pánico. Más aún, nuestra presencia en el Paraíso no está garantizada, todos hemos sido grandes pecadores y solo Dios elegirá a quien deba acompañarlo por toda la eternidad. ¿Y si no me encuentro entre los elegidos? ¿Y si la confesión no basta para que mis horribles faltas sean expiadas? ¿Qué espera entonces? ¡Solo la más oscura nada! ¡Dime, Miguel, cómo encuentras consuelo ante esta horrible incertidumbre!

El pánico que recorre el ánimo de Alonso contrasta con la serenidad de Miguel, quien parece totalmente confiado y seguro de sus palabras:

—Decía San Agustín que la verdad está en el alma iluminada por el Verbo. También en ella hallamos la verdad respecto al fin de nuestros días. Debemos escuchar la voz del alma. Yo encontré la paz y me aproximé a la verdad cuando renuncié a los placeres sensoriales y Dios me iluminó con su infinita inteligencia. Fue así como lo entendí: Mortui, qui in Christo sunt, resurgent primi.

—¡Dios mío! ¡No alcanzo a entender esas abstracciones ni tu lenguaje enrevesado! —Alonso parece desesperarse—. Mi miedo es mundano, terrenal, llevo años tratando de comprender las cavilaciones que defiendes con tanta certeza, pero una y otra vez me acecha la incertidumbre.

Pese a que Alonso, preso de su desesperación, ha elevado el tono, Mañara mantiene la calma y sonríe de forma tierna a su discípulo. El matiz de reproche tras sus palabras no ofende en absoluto al hermano mayor, quien responde con paciencia:

—Lamento no haberme hecho comprender. Quizás mi estado físico nubla mi capacidad racional y me impide expresarme con claridad.

Alonso se arrepiente al instante de haberse alterado de ese modo y contempla compungido a un Mañara que ahora parece esforzarse por facilitar la comprensión de sus reflexiones:

—Verás, no quisiera abandonar este mundo sin clarificar cuál es el sentido que debe guiar a la Hermandad de la Caridad en los años venideros. Por supuesto, hemos de mantener nuestros viejos objetivos: dar sepultura a los muertos y amparo, cama y sustento a los desvalidos. Sin embargo, hay algo que trasciende estas acciones, un principio inteligible que constituye el núcleo de nuestra condición y es menester que sea asimilado por todos. Esta idea, este fundamento, lo puedes hallar en los lienzos situados en el sotocoro de este mismo templo. Especialmente en el que se halla en el lado de la Epístola.

—¿Te refieres a los que pintó Valdés Leal?

—Efectivamente. Has de saber, querido Alonso, que Valdés Leal es mi pincel. Toda mi obra, todo mi pensamiento, se encuentra sintetizado en ese lienzo. Ayúdame a levantarme, hermano; acerquémonos a él. Con su ayuda, te haré comprender aquello que mis palabras ya no alcanzan a explicar, te mostraré en qué paran las riquezas y vanidades de este mundo.

Agarrados del brazo, Alonso y Miguel avanzan hacia los pies del templo. La noche ha caído en Sevilla y una fuerte tormenta se cierne sobre la ciudad. Mientras los hombres del mar tratan de salvaguardar la integridad de sus embarcaciones en el puerto de Indias y se empeñan en proteger las arcas cargadas de metales preciosos que han atravesado el océano, los dos religiosos se detienen en la iglesia de San Jorge ante un lienzo de grandes dimensiones.

"El capitán se lanza al agua con uno de los arcones repletos de reales de a ocho. Pretende alcanzar la orilla del río y salvar al menos aquella parte del botín"

Cerca de llegar al puerto, la tormenta ha dañado el mástil de un gran galeón y su capitán se halla enfurecido. Después de atravesar el inmenso Atlántico, ha perdido el control de la nave en un Guadalquivir que parece más bravo que cualquier punto del océano. A menos de una milla de alcanzar su destino final, el galeón naufraga. El capitán se lanza al agua con uno de los arcones repletos de reales de a ocho. Pretende alcanzar la orilla del río y salvar al menos aquella parte del botín, mas el peso del arcón y la bravura de las aguas le impiden avanzar. Nada y nada con un solo brazo, cada vez más fatigado, pero se resiste a desprenderse del arcón. Cuando le restan veinte metros para alcanzar la orilla, su visión se nubla irremediablemente.

Entretanto, Alonso contempla la figura que protagoniza el lienzo. El esqueleto le sonríe de forma macabra. Lo que a continuación expuso Mañara lo dejó atónito.

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