Veintiuno de mayo. Cannes. Minutos antes de que se acabara la proyección del pase de La bola negra las diferentes redes sociales se inundan de loas hacia la película. La unanimidad de la prensa española es apabullante (y sospechosa): estamos ante una obra maestra. Hace unos días (pocos) lo fue El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen. Pero eso ya es historia, porque ahora ya nadie habla de ella ante la irrupción meteórica de la presunta genialidad de los Javis. Bien es verdad que hubo voces discordantes desde el inicio como, por ejemplo, Maties Tugores o Carlos Heredero, pero más allá de ellas, la efervescencia y el frenesí discurrían de forma imparable: es cumbre del cine español y oposita a pertenecer al olimpo de la historia del cine mundial. Rápidamente, eso sí, quien cuestionaba la calidad de la obra o el ejercicio de ensalzamiento (bastante sospechoso, repito) fueron tildados de ejercer estándares ya caducos (crítica vieja) o bien se deslizaban argumentos sobre la supuesta homofobia de quienes no entrasen en la presunta calidad de la película.
Si enmarcamos la película en la trayectoria de sus directores, veremos que evidentemente sigue la huella de sus propuestas predecesoras. Sobre todo, en ese intento kitsch de recuperar figuras, discursos, dinámicas que han sido sepultados por el discurso dominante. Ese eje es muy interesante, sobre todo porque ponen a la praxis la célebre reivindicación benjaminiana de volver a los enterrados por la historia oficial; la necesidad de ir a las catacumbas de lo oculto por la sedimentación aniquiladora de la historia (de quien escribe la historia: es decir, los vencedores) y ver las potencialidades ocultas de lo que se ha reprimido. Eso debe ponerse en valor. Ahora bien, una cosa es la intención, objetivo, fin, y otra muy distinta lo que se consigue en el recorrido; y más cuando para hacerlo los Javis no pueden salir jamás de los registros pop-kitsch que, precisamente, coadyuvan en el establecimiento de los discursos hegemónicos que ellos quieren cortocircuitar.
Porque los Javis no son ni Pasolini, Fassbinder o Kenneth Anger. Ni Almodóvar, pese a que se insista (ficticia pero interesadamente) en la línea de continuidad de sus obras. Su propuesta se inscribe en la grandilocuencia, en una ambición que quiere jugar, en el caso de La bola negra, a ser de una autoría que verdaderamente es impostada. Obviamente que hay un cambio de registro en su propuesta audiovisual, pero dicho viraje está encaminado en adentrarse en un estrato que, obviamente, los Javis no saben jugar. La (presunta) ambición narrativa de trifurcar una historia para finalmente enlazarse no tiene nada de novedoso (una estructura que remite a ese cine de fines de los noventa y principios-mediados del dos mil como, por ejemplo, los primeros trabajos de Iñárritu, Traffic, Las Horas, Southland Tales o Atlas de las Nubes) y sí mucho de ampulosa artificialidad narrativa.
Es una estructura que naufraga en imágenes repletas de alegorías que rehúyen cualquier tentativa lírica de las mismas. Se trata de una concatenación simbólica en la que los símbolos se serializan para perder cualquier alcance de lirismo, imponiendo, eso sí, al espectador una determinada manera de responder ante las imágenes (aquí, más que nunca, se hacen evidentes los diagnósticos de Adorno y Horkheimer en su célebre texto La industria cultural: Ilustración como engaño de masas). No hay sutileza ni misterio ni erotismo, porque los directores construyen un dispositivo en el que nadie puede perderse: ni espectadores ni, evidentemente, ellos. La mayor parte de la narrativa está medida con escuadra y cartabón para que la espontaneidad se ampute y planificar, de antemano, cuál debe ser la reacción del espectador.
Y es que, como decía William James, no lloras porque estás triste, sino que estás triste porque lloras. La bola negra es un dispositivo en el que el espectador debe entrar, porque si no lo hace emerge la culpabilidad de no sentir lo que se está (pre)establecido que debe sentirse. Y es precisamente aquí donde los Javis pecan de lo que pretenden criticar: imponer una determinada emocionalidad, en la que no hay alternativa. Los Javis no pueden sostener una mirada que dilate el espacio y esculpa el tiempo (citando una de las referencias que citan los directores en el momento de llevar a cabo la película…). Circulan desde la distancia, sin inmiscuirse, por la fugacidad de cuerpos, espacios, semblantes y emociones que no son capaces de mirar y trabajar para alcanzar la ambición que tanto anhelan (mención aparte el trabajo de Guitarricadelafuente cuya interpretación, por momentos, es descomunal y rezuma toda la autenticidad artística que sus directores carecen).
Los Javis quieren entrar por todo lo alto en el cine de autor y ponerse a la altura de cumbres como Klímov, Tarkovski o Béla Tarr (¡!) y no entienden que el cine va más allá de movimientos presuntuosos, saturación y ruido ensordecedor. El arte habla desde el silencio, como decía Osip Mandelstam respecto a la poesía, algo que su obra no puede soportar (ni la contemplación, abstracción, intuición, encuentros fallidos, trabajar lo insoportable…). Y cuando no se puede hablar desde el silencio, y te ubicas en el ruido, de ahí poco puede extraerse. Salvo riqueza (económica) y moda (veremos si efímera). Por desgracia.




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