He reducido el mundo a mi jardín, y ahora
veo la intensidad de todo lo que existe.
José Ortega y Gasset
Visitar Barcelona a la siguiente semana del estreno de la película Kronos fue como palpar la sensibilidad aún a flor de piel, de una herida en proceso de cicatrización, aunque Barcelona es como el ave Fénix que renace una y otra vez para sorprendernos. Cada viaje es un descubrimiento en esta ciudad catalana, situada en medio de la tierra y el mar y, por ello, requiere revisitarla muchas veces para sentir la brisa marina y mimetizarnos con el movimiento continuo de su vitalidad. Cada visita es una experiencia inmersiva que agudiza nuestros sentidos y nos sumerge en la historia de los personajes que habitaron y construyeron aquellos espacios inigualables. Esta vez, mi retorno fue con motivo del seminario Culturas de lo sensible, organizado por la Facultad de Filología y Comunicación de la Universidad de Barcelona y la Universidad de Rennes II. Un encuentro multidisciplinario de investigadores que intercambiaron ideas, alcanzaron propuestas y dieron a conocer estudios novedosos sobre la implicación de la sensibilidad en el mundo actual.
En Barcelona es inevitable no seguir las huellas del arquitecto Gaudí, un personaje que permanece vivo, a través de sus obras, pese a los cien años de su muerte, el arquitecto más sensible y universal, cuyos códigos artísticos y arquitectónicos estuvieron en conjunción con la naturaleza, a la que admiró e incluyó en sus obras. En sus palacios, edificios y casas laberínticas y en la monumental Sagrada Familia, de seis torres e impresionantes vitrales, los ojos se pierden entre los bosques de columnas, pétalos, flores, hojas, etc. En el parque Güell, concebido como ciudad-jardín, Gaudí dejó volar su imaginación creadora con libertad y construyó un paisaje artístico, sobre un terreno rocoso, inspirado en La ciudad jardín del mañana (1898) de Ebenezer Howard. Allí las sensaciones se expanden, se enredan entre los pilares y las bóvedas, descienden las escaleras hasta el dragón, que celoso guarda del parque. El olor de los senderos de flores, arbustos y árboles se esparce por el laberinto y por las fuentes. Un frescor de aire despierta nuestros sentidos.
La ciudad cosmopolita de Barcelona también marcó un hito con el Boom de la Literatura Hispanoamericana, un fenómeno creativo-literario del siglo XX que se sumó al patrimonio literario de España y de Europa e incorporó a autores de más de veinte países de lengua española, gracias al impulso de Carmen Balcells y Carlos Barral. Aquí se escribieron y publicaron las novelas de los escritores más representativos que confluyeron en plena efervescencia del Boom: La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, Rayuela, de Julio Cortázar, o La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, entre otros libros.
En sí, cada libro es un legado indivisible, un espacio sin fronteras, un lugar que habitamos o no. Un jardín cultivado y construido por variadas manos, voces y acentos.
En Mi refugio y mi tormenta (Alfaguara, 2025), la narradora Arundhati Roy desborda una profunda sensibilidad en sus memorias, como un canto a la libertad y al amor hacia su madre, a pesar de la contradictoria relación que mantuvo hasta su muerte. Es también un itinerario de pasión por la arquitectura, profesión por la que se inclina, mientras ve brotar la construcción de su escuela, a cargo del arquitecto Laurie Baker. Ella desea ser como él, lo observa tomar notas, dibujar, pensar y recorrer los solares en construcción. A partir de esa semilla, el dibujo le inspira alegría, igual que la música, el baile y la literatura. Baker es un genio de la arquitectura ecológica y sostenible que utiliza los recursos del entorno, sin cortar ningún árbol. Sus proyectos tardan años en construirse y se concluyen después de su muerte, porque deja los planos terminados, al igual que Gaudí.
Mientras que la novela coral País verde jardín (Huerga y Fierro editores, 2026), de César Mamán King, un jardín verde y vital de un tiempo anterior, que se convierte en otro espacio de retorno al ambiente familiar, amical y cotidiano. La incertidumbre y la esperanza, lo cercano y lo lejano, el reencuentro y desencuentro se funden como soportes del argumento. La evocación del paisaje interior es la arquitecta de la historia, reconfigura las emociones y entrecruza las voces ausentes y presentes. Al final, la vida es un laberinto donde nada permanece estático y la palabra desata los hilos mentales y marca la identidad, en permanente transformación.
En sí, cada escritor es un arquitecto, un artista que moldea la estructura del texto que se enriquece con la perspectiva de cada lector. Cada libro es una ciudad-jardín, un territorio de diversos matices, una parcela colectiva, un jardín que habitamos, un cruce de caminos que remecen y despiertan la sensibilidad.




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