A veces sueño que estoy despierto. Es una sensación extraña e incómoda, porque no sé si es real o no. A veces sueño que, incluso, estoy vivo mientras respiro. Que el dogal no está tan apretado como siempre y que mis pasos van hacia adelante en lugar de llevarme con un moonwalker hacia el pasado. Hay ocasiones en que creo que alguien mira hacia mí, que sostiene uno de mis libros y asiente satisfecho, que tiene la tremenda agonía de hablar de mis palabras y recomendar mis letras, de gritar a los vientos, sean cuatro o diez mil, que hay algo por descubrir, que, si no se han dado cuenta, está ahí, entre esas páginas. Evidentemente, son solo sensaciones, vagas e imprecisas. Etéreas. Como la existencia misma. Como el tiempo.
Se habla de la esquizofrenia como una enfermedad mental que devora el pensamiento y lo contamina, forzando a conductas atroces que no podemos desobedecer. Una vez, una amiga me dijo que esas voces no venían de ella, sino que iban a ella. No eran un atisbo de locura, sino la luz hacia un nuevo despertar. «No es un abismo, sino un puente», me dijo. Y puede que tuviera razón. Porque esa voz le decía cosas que ella ignoraba. Fue esa voz la que le advirtió de los plegados oscuros que se habían deslizado por las paredes del barrio hasta la misma puerta de su casa. Los que habían deslizado sus dedos de aguja sobre el timbre para pulsarlo con insistencia y, ante la mudez de mi amiga, se habían deslizado por las maltrechas juntas de las baldosas hasta fundirse con la estancia del otro lado, ese lugar que debía ser seguro, configurado como un hogar, pero que no era ahora sino una trampa. Fue la voz la que la advirtió justo a tiempo y le hizo saltar por una de las ventanas traseras antes de que fuera tarde para gritar.
No obstante, se guardó los gritos. Los caza aullidos están al acecho siempre por las calles de La Habana. Al servicio de un gobierno por el que están padeciendo una carestía como no conocían en años. Fue lo último que supe de ella. Eso y los versos que le dictó la voz para que permaneciera su impronta fuese cual fuese su final. Ella tiene una voz. Yo tengo dos. Y conozco a otros que las tienen por docenas. No todas son amigables. No todas son de fiar. Son las que hacen dudar de la solidez de lo tangible. Quienes te dicen que no son voces, sino gente como nosotros. Habitan aquí. En los resquicios de este mundo que llamamos realidad. Ellos tienen la suya. Colapsadla con la nuestra. Conviven sin que seamos conscientes y nos advierten a través de quienes hablan con los muertos de que, más pronto que tarde, daremos un paso al frente para unirnos a ellos. Porque nos están esperando. Y cuando lleguemos, nos dicen, todo cobrará sentido. Nos reiremos. Del dolor que sentimos, de las pérdidas que sufrimos. «Somos ángeles caídos», repiten una y otra vez. Y no les creo. ¿Cómo hacerlo?
Es el exceso de vigilia y la mente dormida por el cansancio quienes dejan, como un portero de discoteca laxo, pasar a esos otros para que hablen sin cortapisas, sin ambages. Hoy es uno de esos días en que la migraña trepa por el pabellón de mis orejas para asentarse en el hueco de la nuca y comenzar sus obras de introspección hacia los surcos de mi cerebro, atacando los nervios que rodean la materia gris con pico y pala. Puedo sentir el golpe de cada arremetida extendiéndose como el eco de una campana por toda la cabeza, rebotando en las sienes y tirando de la carne de mis ojos hacia atrás. Me pitan los oídos y noto las mejillas flácidas, en sintonía con mi decaimiento matutino. Dos cafés después, todo sigue igual. Ni un litro podría revivir a este muerto. No. La cafeína no es antídoto suficiente para este veneno.
Hablo de retirar mis soldados de la batalla. De colgar los guantes o dejarme caer a la lona ante el próximo embate. Tirar la toalla. Es eso lo que hago. Despedirme. Hundirme en mí mismo como la cabeza de una tortuga en su caparazón hasta ser totalmente indistinguible de una piedra. A veces sueño que estoy despierto y que no tengo los nudillos pelados de golpear puertas que no se abren, que veo amaneceres sin tristeza y oigo la lluvia embebido de nostalgia. A veces creo que soy una ilusión de otro, que me escribe y me emplaza en lugares que no imagino, que me mueve con sus hilos de tinta y me coloca a placer allí donde la acción me requiere. En ocasiones, también pienso que ese escritor que me maneja ha perdido el interés en mí y me ha olvidado, o quizá haya muerto y se haya convertido en una de esas voces que no dejan de gritar y decirme hacia dónde debo caminar para, una vez más, terminar tropezando.


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