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Alfonso Reyes: “En el Quijote está todo”

Alfonso Reyes: “En el Quijote está todo”

El Real Madrid ya no tenía nada que hacer. En 2004 no iba a poder pasar de cuartos en la lucha por el título de la ACB. Se celebraba el cuarto partido de la eliminatoria, que terminó con la victoria de Estudiantes. Pero antes de celebrar el pase a semifinales, ocurrió algo. Esa temporada, los hermanos Reyes jugaron en equipos diferentes: Felipe en el Estudiantes y Alfonso en el Real Madrid. Antes de que se consumara la derrota, un jugador del Madrid, el excéntrico letón Kaspars Kambala, derribó a Felipe de un codazo por detrás. La cosa pudo acabar muy mal. Alfonso tuvo claro a quién tenía que defender en la trifulca; por encima de su compañero de equipo estaba su hermano. Y es que Alfonso Reyes no sólo fue un brillante jugador de basket —140 partidos con la selección—, fue nuestro capitán de los tercios, el Alatriste que anteponía la lealtad y los valores en cualquier momento y situación dentro de la cancha. Alfonso es un gran lector, y como tal no ha podido resistirse a escribir. Su libro se llama Huevos fritos con patatas (La esfera de los libros); lo suculento del título lo desvela el propio autor unos párrafos más abajo. Esta obra es un diario del covid, una reflexión sobre la política, un recuerdo emocionado de su padre, una autobiografía baloncestística y, cómo no, una hermosa declaración de amor a la literatura.

Hablamos con Alfonso Reyes de lamebotijos y remangamorcillas, sobre la importancia de creer en uno mismo y acerca de la necesidad de declarar los huevos a la plancha crimen de lesa humanidad. Y, por supuesto, cabalgamos con Sancho y don Quijote, aunque ladren.

—¿Cómo andamos de sentido común en España?

"Estamos viendo situaciones en la política que pensamos que nunca se pudieran producir. Hay bastante sentido común, pero tenemos que recuperarlo"

—Creo que no hay suficiente, aunque, como comento en el libro, debería ser un sentido más común de lo que es. Por eso me hago esa pregunta en el prólogo; es una especie de experimento, porque después de leerlo, creo que la inmensa mayoría vamos a estar de acuerdo con lo que se dice ahí. Al repasarlo, me di cuenta que es parecido al “Si” (“If”) de Rudyard Kipling; nada más lejos de mi intención. (Ríe) Hemos pasado de ver cosas normales a extraordinarias y al contrario. Estamos viendo situaciones en la política que pensamos que nunca se pudieran producir. Hay bastante sentido común, pero tenemos que recuperarlo.

—El libro arranca con el covid. ¿Cómo fue la convivencia con el “perro negro”?

—Muy mala. Al covid lo llamé “hideputa” para tener un ente contra el que luchar. El “perro negro” era ese dolor de cabeza, esa resaca brutal, como la peor que hayamos tenido en nuestras vidas, que no me dejaba pensar, con temas recurrentes dando vueltas, prisionero de unas ideas inconexas y totalmente surrealistas. Lo llamé “perro negro” porque es como supuestamente sir Winston Churchill calificaba a sus periodos de depresión. Ese personaje, tan importante en la historia de Europa, también tenía sus periodos de vacilación y flaqueza a los que calificaba de esa forma. Y le copié el concepto.

—La cosa se complicó bastante. ¿Tuvo miedo a morir?

"Pensábamos que algo así le iba a pasar a gente inmunodeprimida, personas mayores, pacientes con problemas respiratorios"

—Realmente, yo no fui consciente de lo mal que estaba. Estuve ingresado con neumonía bilateral, pero yo no lo sabía cuando estaba en el hospital. La que sí lo supo fue mi mujer; ella fue la que lo pasó mal. Una vez ingresado, pensé que ya estaba atendido y controlado. Aunque luego me enteré de que en ese primer momento estaban probando con nosotros. Pensábamos que algo así le iba a pasar a gente inmunodeprimida, personas mayores, pacientes con problemas respiratorios. Pero, de repente, me pasó a mí, que había sido un deportista profesional. Y dentro de las decenas de miles de caídos que tuvimos, seguro que hubo unos cuantos con mi fisonomía. Nadie podía librarse. Pasé momentos muy duros en el hospital, pero no fui consciente de la gravedad; no me planteé que pudiera volver a ver a mi familia.

—Twitter se convirtió en una tabla de salvación en el proceso de lucha contra el “hideputa”.

—En ese momento, no podía hacer lo que más me gusta, leer. El “perro negro” me lo impedía; el dolor de cabeza no me dejaba leer. Lo más fácil fue entrar en Twitter. Yo había empezado con la cuenta hace un tiempo, pero no le daba mucha importancia. Entonces se me ocurrió que, para pasar esos momentos de aburrimiento y aprovechar los pocos ratos de lucidez, contar lo que me estaba pasando. Y tuvo mucha aceptación. Empezaron a llegar los mensajes de apoyo, de ánimo; eso me dio mucha fuerza y a día de hoy sigo agradeciéndolo. Eso que contaba les sirvió a otros y ellos también me apoyaron. Fue una ayuda recíproca.

—Aunque fue uno de los jugadores de baloncesto más queridos y populares de nuestro país, dudo que pensara participar en Sálvame en directo.

—¡Joder! (Risas) ¡Qué va, qué va! Ese fue el clímax de mi covid. Recibí muchas llamadas de periódicos y radios deportivas y de otros medios de comunicación, pero entrar en directo, durante mi convalecencia en el hospital, fue otro nivel. Mi compañero de habitación alucinaba al verme hablando con Jorge Javier. Reconozco que soy un poco cotilla, me gusta estar enterado de todo, pero no soy espectador de esos programas de televisión en los que se despelleja a la gente. Esa emisión estuvo bien porque sirvió para tomar conciencia de lo que estaba pasando y que era algo serio.

—Cuando sale del hospital, la foto de sir Winston Churchill. Y luego llegó la revancha: huevos fritos, con patatas.

"Ese plato de comida significó para mí ver la luz. Algo tan sencillo como unos huevos fritos me dio mucha felicidad"

—Esa imagen de Churchill tuvo mucha repercusión. Y el libro se llama así, Huevos fritos con patatas, porque fue lo primero que comí al salir del hospital. Pasé muchos días sin apetito, aunque luego me gustó la comida del hospital; soy así de raro. Al llegar a casa, me comí los huevos y creo que también hubo un bocadillo de chorizo frito. Los huevos fritos son un símbolo para mí. Habrá gente que piense que ahora sólo como eso. (Ríe) Ese plato de comida significó para mí ver la luz. Algo tan sencillo como unos huevos fritos me dio mucha felicidad.


—En la pandemia le llaman “huelenalgas”, y se desata una fiebre cervantina que dura hasta el día de hoy.

—Sí. (Risas) Me hizo mucha gracia. Aunque me lo llamaron con ánimo de ofender, me divirtió tanto que a partir de ahí empecé a contestar a ciertas cuentas con estos epítetos en lugar de insultar. Algunos son graciosos —han tenido buena aceptación— y me sirven para desahogarme sin llegar a faltar. Casi todos hemos sido un abrazacolchones.

—Aflojatuercas.

—Rascaboinas. Si lo piensas, no es algo ofensivo, aunque el destinatario lo pueda llegar a pensar.

—Muy quevediano y quijotesco. 

—Voy por mi tercera lectura del Quijote y espero que haya más. Cuantas más veces lo hago más rendimiento le saco al libro. Es una obra difícil, que no aconsejaría a un joven de quince años, y se debe tener cierto poso vital y de lecturas. En el Quijote está todo. Y encima con todas las dificultades que tenían hace cuatrocientos años: conseguir el papel, poder publicar los libros… Ahora tenemos todas las facilidades, pero genios como Cervantes no tenemos.

—En España murieron 130.000 personas de covid. ¿Hemos hablado suficiente de ello? 

"Fue un desastre total que muriera tanta gente; una tragedia inmensa"

—Es que, de hecho, no sabemos exactamente cuántas personas han muerto. Sí que sé —puede que se conozca por interés político— las que fallecieron en la Comunidad de Madrid: 7.291 personas, según algunos. Pero no sabemos el total en todo el país. ¿Por qué tenemos ese desconocimiento? No debería ser tan complicado. Fue un desastre total que muriera tanta gente; una tragedia inmensa. Si hemos olvidado lo de Adamuz, que fue hace unos meses, imagínate lo del covid, que ocurrió hace seis años.

—En el libro también se atreve con la política. ¿Cómo andamos de populismo?

—Hay demasiado, por un lado y por el otro. Lo llevamos viendo desde hace demasiados años. En el capítulo dedicado a la política he querido hacer una clasificación de los políticos. De estos también los hay buenos, aunque sean una raza en peligro de extinción. La política está en todos los sitios. Antes no hablábamos tanto de ella; ahora es inevitable. Ese sentido común, del que hablábamos al principio, tiene que servirnos para dejar de levantar muros, porque si no lo hacemos, la polarización será la que se lleve el gato al agua. Si te sientas con tus rivales a comer unos huevos fritos, es muy difícil enfadarse. No me gusta cómo estamos a nivel político. No entiendo que un ministerio esté ocupado por alguien que no conoce ese campo, que no ha trabajado fuera de la política, por muy bien que se rodee de consejeros. Son muchas cosas.

—Hasta le ha escrito una carta a los Reyes Magos de la política.

—Sí, pero no pasa de ser un brindis al sol. Pero tampoco debería ser algo extraordinario pedir que los mejores ocuparan los puestos de gestión más importantes. Me gustaría que los temas fundamentales del país fueran tratados por gente preparada, honesta y buena. Pido mucho; ya lo sé. Pero casi toda la culpa la tenemos los votantes; muchos son hooligans de un partido y son incapaces de cambiar.

—Hablemos de baloncesto. El Ramiro de Maeztu. Ahí empezó todo.

"Compaginaba el baloncesto con los estudios. El deporte siempre es el mejor complemento para los chavales"

—Realmente empezó en otro sitio, en el colegio Decroly. De hecho, yo nunca estudié en el Ramiro de Maeztu; sí que lo hicieron mis hermanos Miguel y Felipe. Yo empecé a jugar allí en categoría juvenil, que ahora no existe; sería la junior actual. Esos dos años de formación se han perdido y son muy importantes. Y sí, ahí empezó todo. Compaginaba el baloncesto con los estudios. El deporte siempre es el mejor complemento para los chavales.

—Por cierto, en el Ramiro entrenaba un tal Pedro Sánchez.

—Sí. Allí lo veía. Él era unos meses menor que yo; del 72. De vez en cuando nos cruzábamos. Era un tío majete.

—En esos primeros años en Estudiantes no le fue demasiado bien con Miguel Ángel Martín. En una concentración en Israel, Martín, que no confiaba demasiado en su potencial, se acercó a usted durante el desayuno y le preguntó a bocajarro si usted le odiaba.

—Sí. Fue así. Él murió hace un par de años. Yo tuve que salir de Estudiantes porque allí no iba a crecer. Lo que cuento de Tel Aviv ocurrió de aquella manera, no puedo cambiar mis recuerdos. Me lo volví a encontrar cuando estaba jugando en Torrelodones, en la LEB, a punto de retirarme, y me dijo que era admirable lo que había conseguido. Le di las gracias, pero bueno, se tenía que haber dado cuenta antes.

—El que sí confió en usted fue Javier Imbroda.

—Sí. Tuve mucha suerte de tenerlo como entrenador. Esos cuatro años en Málaga fueron buenísimos. Aparte de muy buen entrenador, Imbroda era un gran psicólogo. Había un aprecio mutuo. Tengo muy buenos recuerdos de la ciudad. Me gusta tanto que tengo un piso allí.

—En la selección le tocó un momento bisagra. Empezaban a tocar metal, pero todavía quedaban unos años para los grandes éxitos.

—Hubo una transición después del “Angolazo” (Juegos Olímpicos de Barcelona 1992) y del “Chinazo” (Mundial de baloncesto de Canadá 1994). Era complicado jugar en la selección, y en esa transición nos juntamos los superjóvenes con los veteranos. Luego llegaron Raúl López, Juan Carlos Calderón y Juan Carlos Navarro, y un poco más tarde Pau Gasol y mi hermano Felipe. Lo importante es que ahí surgió eso que ahora llamamos “Familia”. Se creó un gran ambiente, sin distinciones, entre jóvenes y veteranos. Ese clima ayudó mucho. No era sólo un gran equipo de buenos jugadores. Tengo el orgullo de haber contribuido a eso.

—Su mejor día como jugador de baloncesto lo vivió cuando su hermano Felipe levantó el trofeo de campeones del Eurobasket 2011. “¡Todos los días sale el sol, Felipón!”, le cantaron sus compañeros.

"Se dieron las circunstancias precisas y adecuadas para que todo acabara bien, que España ganara el Europeo y Felipe pudiera ofrecer ese trofeo a nuestro padre"

—Ese fue el gran momento para mí. Para Felipe fue muy difícil, porque nuestro padre falleció cuando él estaba preparando el Eurobasket de Lituania. Todos los compañeros le ayudaron mucho durante todo el campeonato. Se dieron las circunstancias precisas y adecuadas para que todo acabara bien, que España ganara el Europeo y Felipe pudiera ofrecer ese trofeo a nuestro padre. Les estoy muy agradecido a todos esos jugadores que estuvieron con él.

—De Málaga se fue a París y luego volvió a Estudiantes; esta vez sí que consiguió triunfar. Y después al eterno rival, el Real Madrid. Aunque una hernia marcó esos últimos años.

—Después de cuatro años muy buenos en Estudiantes, no consigo llegar a un acuerdo para renovar, y entonces fiché por el Real Madrid. Estando en el Mundial de Indianápolis, noté un latigazo en la espalda, y al comenzar la temporada el dolor volvió y tuve que pasar por el quirófano.

—Vamos con los piques y los enfrentamientos. En el libro cuenta el que tuvo con Kaspars Kambala. 

—Y con Quique Andreu.

—Cuente.

—Yo no le conozco mucho. Y me consta por amigos comunes que fuera de la cancha es un tío cojonudo, pero en la pista era muy duro. En un partido de Estudiantes contra el Joventut, Andreu le estaba dando mucha caña a Felipe. Pepu me sacó a jugar y le dije: “Venga, a ver si te atreves conmigo”. Me sorprendió que luego dijo que yo le tenía manía. Qué va, ni mucho menos. Pero lo volvería hacer; con él y con Kambala. Porque Felipe lleva toda la vida conmigo y ellos estaban de paso.

—Kambala acabó de boxeador.

—El pobre no estaba muy allá. (Risas)

—Tu padre aparece por muchas páginas del libro. Recuerdas cómo era y sus enseñanzas. También cuentas cómo vivisteis la amenaza de ETA. Él era militar, y de Córdoba os trasladasteis a Madrid.

"Mis hijos no saben quién es Miguel Ángel Blanco. Yo no digo que estemos todo el día recordándolo, pero que no se olvide"

—Cada vez que había un atentado en Madrid temblabas hasta que se confirmaba que no era tu padre. Por desgracia, era el padre de otros chicos. El libro tiene de todo: agradecimientos, recuerdos y también quiero que no se olviden las cosas. Ahora está habiendo bastante blanqueamiento de todo aquello. No me gusta ver que asesinos múltiples, condenados a cientos de años de prisión, salgan a la calle en quince o veinte. Tú eres de mi generación y lo has vivido; los que somos hijos de militares, policías o guardias civiles todavía más. Mis hijos no saben quién es Miguel Ángel Blanco. Yo no digo que estemos todo el día recordándolo, pero que no se olvide.

—Durante tu etapa como jugador, compaginar la carrera universitaria y el basket fue complicado, pero insistió hasta lograrlo.

—Eso es algo que tenía muy claro. Y es todo un orgullo ser un ejemplo para los deportistas de élite. Se puede estudiar a distancia un montón de carreras diferentes. Además, ahora tienen más tiempo libre porque se entrena menos pero mejor. Tienen que hacerlo, deben estar preparados para lo que venga. Esto lo digo como presidente de la asociación de jugadores. Después del deporte de élite van a tener una vida por delante, y si no están preparados pueden vivir situaciones muy duras. Hemos tenido muchos casos de deportistas que no han sabido adaptarse. Necesitas tener los pies en el suelo. Va a cambiar tu estatus económico; tus ingresos no van a ser los mismos. Y tienes que dedicarte a otra cosa, también por tu salud mental.

—Antes un jugador no era drafteado —elegible para ser fichado por un equipo— en la NBA hasta que había terminado la carrera universitaria. Ahora lo son con dieciocho, diecinueve como mucho. Se pierde ese concepto de unir deporte y cultura.

"Es muy importante hacer esa carrera dual, la académica y la deportiva"

—En Estados Unidos lo primero era la carrera universitaria, aunque tuvieran alguna ayuda. Es algo que se está dejando de lado. Es muy importante hacer esa carrera dual, la académica y la deportiva. Compaginar las dos cosas fue muy duro, pero estudiar me sirvió para desconectar del baloncesto. Lo conseguí gracias a mi cabezonería, fuerza de voluntad y también de talento. Y eso que todavía tengo mis pesadillas: sueño que me queda una asignatura para acabar la carrera o que pierdo el autobús para ir a la concentración de la selección.

—Eres ingeniero de caminos. ¿Cómo valoras la facilidad con la que mucha gente opina sobre lo ocurrido en Ademuz?

—No me atrevo ni yo, y he trabajado siete años en una constructora que preparaba licitaciones para los concursos, algunos de ellos ferroviarios. Yo prefiero escuchar a los expertos. Y luego que sepamos lo que ha ocurrido y que haya responsabilidades.

—Cómo no podía ser de otra forma, el libro termina con una oda a los huevos fritos.

—Hacer unos huevos fritos es sencillo. Tiene que haber un buen aceite de oliva virgen extra; yo tengo acceso al de mi tierra, Canena. Lo que no se puede hacer son huevos a la plancha; eso es una degeneración propia de países no civilizados. (Risas) Y luego, si se consigue la puntillita, fenomenal.

—Terminas el libro con una lista de lecturas.

"Los libros me han acompañado desde que tengo uso de razón. Desde los 12 años no he parado a leer"

—Los libros me han acompañado desde que tengo uso de razón. Desde los 12 años no he parado a leer. En ocasiones dicen que es porque lo ves en tu casa o no. Pienso que es una vocación, una revelación. Mis hijos me ven todo el día leyendo y ellos no son lectores. Mis hermanos tampoco lo son. Pero yo no puedo estar un día sin leer. Es algo tan bonito poder vivir tantas vidas, poder aprender tanto… El libro es una llamada al aprendizaje. Al final del libro hago una lista de mis treinta imprescindibles; seguramente no están todos los que son, pero sí son todos los que están. Con esa biblioteca podrías estar toda la vida leyendo y releyendo y no te cansarías. Aunque siempre hay sorpresas positivas, suelo volver a los clásicos.

—Terminamos. ¿Va a seguir escribiendo?

—No soy escritor y esto ha sido un proceso muy largo. Me ha emocionado leerlo. En el libro está un poco todo lo que soy yo; también hay humor. Lo que más me ha gustado es que los familiares y los amigos que lo han leído me han dicho: “Eres tú”. Esa era la idea, que esa transparencia se trasladara al libro.

—No me ha contestado. ¿Habrá más libros?

—No, en principio no. No lo sé. Me encantaría ser un escritor de ficción de la leche. Ese sería mi sueño. Pero no sé si tengo el talento suficiente. Además, ya estoy un poco mayor. Aunque Cervantes escribió la primera parte del Quijote con cincuenta y tantos.

—Lo publicó en el 1605 y él nació en el 1545, 46 o 47.

—1547, creo. Lo voy a mirar. (Coge el móvil). Sí. El 29 de septiembre de 1547. Lo publicó con cincuenta y siete o cincuenta y ocho años.

—Entonces tiene tiempo.

—(Risas) Lo malo de Cervantes es que murió sin reconocimiento. Lope sí lo tuvo y también Quevedo. Y fíjate que el Quijote no pasaría el examen del puritanismo imperante y de lo políticamente correcto: es racista, homofóbico…

—Gordofóbico con Sancho.

—También.

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