Uno de septiembre de 1931. Una mujer habla por primera vez en unas Cortes democráticas. Se llama Clara Campoamor y pertenece al Partido Radical. No puede votar, pero sí ser elegida. Tras las elecciones a Cortes Constituyentes de junio, las primeras de la Segunda República, obtiene su escaño de diputada junto con Victoria Kent y Margarita Nelken.
Procedente de una familia humilde, la temprana muerte de su padre la obligó a trabajar de modista, dependienta o telefonista siendo solo una niña. Tenaz y trabajadora, opositó a auxiliar de Telégrafos y después a profesora de la Escuela de Adultos, para acabar de secretaria en el diario La Tribuna, lo que le permitió publicar sus primeros artículos y entrar en contacto con periodistas como Carmen de Burgos, “Colombine”, un referente del movimiento sufragista y de la lucha por los derechos de la mujer.
Con treinta y cuatro años, edad en la que entonces lo normal era tener varios hijos, terminó el bachillerato y se matriculó en derecho. En 1925 se convertiría en la segunda mujer en formar parte del Colegio de Abogados de Madrid. Sería también la primera abogada en defender un caso ante el Tribunal Supremo y la primera en ocupar un sillón en la junta directiva del Ateneo de Madrid.
De la abogacía y el Ateneo a la política, donde participó activamente en los debates que dieron forma a la Constitución de la Segunda República. En esta labor, el uno de octubre de 1931, Campoamor defendió ante el pleno la inclusión del voto femenino en la futura carta magna. En el debate, los detractores de la propuesta mencionaron argumentos tan absurdos como que las mujeres, por su “histeria” y “debilidad psicológica”, no podían votar racionalmente.
Bien conocido es que la oposición más significativa vino, precisamente, de otra mujer. Victoria Kent, diputada del Partido Radical Socialista, afirmó aquel día: “Creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española. Lo dice una mujer que, en el momento crítico de decirlo, renuncia a un ideal”. La malagueña defendía que las mujeres, poco formadas y sin experiencia democrática, acabarían votando al dictado del marido o del confesor: “Si las mujeres españolas fueran todas obreras, si hubiesen atravesado ya un periodo universitario y estuvieran liberadas en su conciencia, yo me levantaría hoy para pedir el voto femenino”.
El discurso de Campoamor pasaría a la historia: “Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad del género humano en política; para que la política sea cosa de dos. Porque solo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar. Las demás las hacemos todos en común. No podéis venir aquí a legislar, a dictar deberes, a hablar sobre la mujer y sobre el hijo, aislados, fuera de nosotras”.
De forma paralela al debate parlamentario, protagonizado por dos féminas, algo inédito hasta entonces, Campoamor había realizado una intensa labor negociadora, que se materializó en la victoria de su propuesta. Logró 161 votos a favor del sufragio femenino frente a los 121 que se posicionaron en contra. Kent presentó una enmienda para retrasar el voto hasta que las mujeres hubieran participado antes en unas elecciones municipales, lo que habría pospuesto una década su derecho al sufragio. La enmienda fue rechazada.
Las mujeres españolas ejercieron su derecho al voto por primera vez el diecinueve de noviembre de 1933. En esas elecciones, la izquierda sufrió una dura derrota frente a la CEDA. Sin embargo, Campoamor perdería su escaño y el gobierno de Lerroux la compensaría con la Dirección General de Beneficencia, cargo que dejaría al abandonar el Partido Radical en protesta contra la represión de la revolución de Asturias.
Decisiva en la consecución del voto femenino, culpada por la izquierda de la victoria de las derechas, la guerra civil la dejó en tierra de nadie, viéndose obligada a salir de España: “La anarquía que reinaba en la capital ante la impotencia del gobierno, y la falta absoluta de seguridad personal, incluso para las personas liberales —sobre todo, quizá, para ellas—, me impusieron esta medida de prudencia”. Tampoco pudo regresar tras la contienda. Acusada de pertenecer a la masonería, sería condenada a doce años de cárcel por el nuevo régimen. Defenestrada por “hunos” y “hotros”, murió olvidada en el exilio, dejando una interesante obra ensayística que es fundamental para entender los inicios del feminismo en España y el porqué de nuestra más grande tragedia.
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El derecho de la mujer, de Clara Campoamor. Renacimiento, 2025.


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