Dionisio sintió que la nuca le ardía. Recordó aquella tarde remota en que un latigazo punzante y brutal golpeara la línea imaginaria que le separaba la nariz del occipucio, cuando encontrándose al otro lado del océano y buscando disimular la insipidez del pavo relleno con una generosa cucharada de puré de patatas, sus papilas se habían abrasado al toparse con el insospechado rábano picante. El escozor en la testuz disipó al instante su porfía por dar con una versión aceptable en español del término “parterre” en el célebre fragmento de Diderot sobre la cuarta pared que acababa de releer en De la poésie dramatique, cuyo flamante ejemplar tenía cuidadosamente colocado bajo su sillón del palco junto al móvil que se había cerciorado de apagar antes incluso de que la voz espectral retumbara en el teatro conminando al público a cumplir con esa cortesía elemental. Simultáneamente, se disipó la otra cuestión que se disputaba su espíritu acerca de si el diseño del telón diderotiano que acababa de levantarse estaría inspirado en William Morris —esta era la opinión lapidaria de su tío Berardo, que lo había invitado a la función— o en Henry Gillet —parecer defendido sin mucha convicción por él mismo, más que nada por incomodar levemente al tío—.
El silencio que siguió al inopinado rapapolvos parecía más denso que cualquier parlamento de la obra apenas comenzada. A diferencia del fresco estallido aromático que provoca el rábano, el rastro del rugido del tío Berardo era pesado y untuoso. Pero el efecto, casi idéntico. El actor protagonista, Lluís Homar, con el torso desnudo y todavía con un pie en el discurso de Adriano que se disponía a recitar y el otro en la incomodidad contemporánea de un teatro estupefacto, cerró los ojos, respiró hondo, pidió (se pidió) calma con la mirada, y exclamó: “Querido Marco…”. La oscuridad envolvió de nuevo la sala que se llenaba del relato quejumbroso de Adriano, y con ella (anhelaba Dionisio) volvería el anonimato reparador.
Pasados unos minutos, Dionisio detectó una vibración, tenue al principio, que en seguida fue creciendo hasta convertirse en un zumbido ensordecedor que invadió la sala entera al coincidir con una de las pausas dramáticas de la obra, justo después del momento en que Adriano acababa de exclamar: “Ya no corro el riesgo de caer en las fronteras, golpeado por un hacha caledonia o atravesado por una flecha parta”. Automáticamente, Dionisio atribuyó el estruendo insoportable al teléfono (sin duda mal apagado, pensó) del torpe viejito. Pero no. El señor que lo había invitado, el tío Berardo, que ocupaba en el palco de tres butacas la posición más próxima al escenario (“palco escénico” lo llaman en Italia), a escasos metros de distancia de Adriano, era quien había desenfundado su móvil y se entregaba con parsimonia exasperante a la tarea de averiguar quién lo estaba llamando. La luz blanca, helada, había estallado en su perfil como un faro absurdo pero Berardo no parecía tener ninguna prisa por apagar o siquiera reducir el fulgor. Adriano ya no era Adriano, sino Lluís. Definitivamente, el tío había conseguido desnudar al emperador. Dionisio cerró los ojos (quizá por un deseo instintivo e inútil de implorar el perdón del actor) y ansió sin ambajes ser él, allí mismo, golpeado por un hacha caledonia o que los partos se dignaran mostrar piedad atravesándolo con sus flechas.
Percibió entonces la delicada voz del anciano, envolvente, casi suplicante, como un puré de patatas aderezado con chirivías, cremoso y reconfortante:
—Perdone… eso no se hace, señor…
La mandíbula de Dionisio se contrajo. Algo en el aire se quebró en una mezcla de ironía cósmica y vergüenza ajena insoportable. El tío Berardo sonreía, regodeándose en un gesto lento, sin apagar el móvil. Era como si el reproche le pareciera entrañable, casi tierno: materia prima para la nutrición de su ego. Dionisio volvió a sentir el remoto latigazo del rábano picante, que ahora imaginaba, con dolor y alivio al mismo tiempo, como el golpe seco de un hacha caledonia sobre su cráneo.
En ese instante, Dionisio tomó conciencia de que había sido invitado (no sabía bien si por su tío o por el espectro del mismísimo Diderot) a una prueba; o quizá a un experimento brechtiano de Verfremdungseffekt, y también a un ejercicio de dominio y humillación; a un ensayo social incrustado en mitad de una función romana. Siguió mirando la escena sobre el palco (el escénico, tratando de olvidar el suyo y a sus dos acompañantes): Adriano, su vejez, su enfermedad, su relación con el poder… y sintió un escalofrío de correspondencias. Lo que ocurría en el escenario —el palco contiguo— y lo que se retorcía en el mínimo perímetro de su jaula tapizada eran dos variaciones del mismo tema, que refutaban al libro pulcramente acomodado bajo su asiento.
Y mientras tanto, en el cerebro de Dionisio, quizá por azar o como consecuencia del hachazo implacable que había recibido, se dispararon unas neuronas: había encontrado (o creído encontrar) la perfecta traducción de “parterre”.


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