Jaime D. Parra (Huércal-Overa, Almería, 1952) es uno de los más destacados referentes de la escena poética barcelonesa. Residente en la ciudad desde 1973, ha consolidado un perfil en donde la honda investigación —especialmente en torno a la obra de Juan-Eduardo Cirlot, el simbolismo, la poesía experimental y la creación femenina— se entrelaza con una intensa labor de dinamización cultural, materializada en espacios como Radical 3 y su ciclo de lecturas poéticas. Esta doble vertiente define una obra extensa y rigurosa, que abarca desde la creación poética (Contrición bajo los signos, Huellas vacías, Wyoming o Papeles del desierto) hasta el ensayo de referencia (Claves de simbología, El poeta y sus símbolos), consolidándolo como una voz ineludible dentro del pensamiento y la escritura actuales.
Dietario nocturno, cartografía de una conciencia decidida a no desertar del misterio cuando las luces del día se encienden, esta selección de sueños poetizados —o de poemas soñados— semeja un archipiélago en el que los sueños son islas emergidas de una masa submarina más vasta. Todo es inusual y sorprendente, el oleaje de cada uno de los poemas rompe sobre la impresión dejada por el anterior.
¿Qué son los sueños? ¿Quiénes somos en ellos? ¿Envejecemos, cambiamos? ¿Qué rostro ostentamos en un sueño? Nuestra propia biografía se vuelve una cosa fluida, impredecible, inabarcable, en sueños. Y sin embargo, como una sonda, o como una roca de pura conciencia lanzada al mar de lo onírico, Jaime D. Parra se abisma, atravesando en su descenso cardúmenes de imágenes, pesadillas abisales, bancos plateados de peces asombrosos, en un dormir que no equivale a disolverse, sino a embarcarse.
“Me fui a dormir como el que entra en/una barca y va a navegar.”
El sueño es una travesía. Atravesamos un umbral y, tras la puerta oscura, iniciamos un tránsito que suspende la escisión entre el yo diurno y el secreto. Nuestra mente se transmuta en un espacio radicalmente libre y fértil al caer la máscara del día. Memoria, imaginación y percepción se barajan en nosotros, intercambiadas y confundidas sus funciones. ¿Recordamos? ¿Inventamos? ¿Accedemos a otra dimensión de lo real? El libro no clausura ninguna de estas preguntas, las convierte en materia de una combustión maravillosa. “Mi corazón es un aspa/helicoidal, energía: surge de su centro/una espiral que conecta con el centro del/universo.”
Es imposible no sentir una punzada de asombro ante el hecho de que Jaime D. Parra haya despertado sosteniendo un libro similar al que todos nosotros hemos escrito —quizá— en nuestra noche. En sus manos los sueños adquieren materialidad precisa. No son el vapor anecdótico, el fugaz residuo que torpemente nos contamos antes de que se disipe, sino sustancia capaz de condensar toda una metafísica del tiempo:
“La eternidad no es más que el tiempo/estirado.”
Situándonos en el núcleo del libro, escribe Jaime D. Parra:
“Estoy solo, estás solo, estamos solos/en el Entretanto.”
Ese “Entretanto” —ni vigilia plena ni desaparición— es el verdadero territorio de La Puerta Oscura. Un lugar en donde vivir y morir dejan de ser categorías mutuamente excluyentes; en donde la identidad biográfica pierde su peso determinante. La experiencia onírica se convierte en un ensayo de muerte y permanencia:
“¿Y el dormir? No eran sino pesadillas,/fragmentos deglutidos. / Chispas eléctricas. Venenos. /Y así podemos decir que regresaba /esculpido de la muerte”.
Regresar “esculpido de la muerte”: el libro insiste en esa gravedad ontológica, mineral, de los sueños.
“El sueño no se iba porque era de piedra / y pesaba mucho”. Así lo experimenta en un sueño en el que convoca la presencia de la poeta Rosa Lentini. Dotar, contra toda lógica, de espesura a un sueño, volver tangible lo evanescente, darle definición, delimitar sus contornos, de ahí la necesidad casi urgente de anotarlo. La escritura como forma de alquimia, cuando el intento por materializar lo soñado es una forma de fijar el áureo sueño en su aleteo, detener un tiempo caleidoscópico, levantar acta de lo intuido. Sin embargo, el propio libro reconoce la imposibilidad de trasladar intacto el botín nocturno:
“Cuando adivino que me voy a despertar,/intento hacer fotocopias,/leer y grabar páginas”
Mas sobreviene la constatación inevitable:
“Pero es imposible; nadie se lleva/nada entero de esta parte a otra parte.”
El sueño es territorio fronterizo. Se regresa con restos: fragmentos, vestigios. De ahí que su autor lo proclame “libro de signos”. Signos que no se agotan en la interpretación.
Cabe imaginar qué lectura propondrían Freud o Jung ante este material, qué deseos latentes rastrearían, qué danza de los arquetipos, pues en efecto, las figuras arquetípicas comparecen: cubos cósmicos, ángeles ambiguos, mujeres monstruosas, divinidades fieras, arquitecturas primordiales. Incluso presencias tutelares como la bella muchacha llamada Wyoming (figura esencial en la obra del autor), Alejandra Pizarnik o el propio Cirlot emergen como habitantes de esa geografía nocturna o —como Virgilio y Beatriz para Dante— guías en el descenso, faros que le ayudan a descifrar los círculos del caos, a no perderse en la vastedad.
El sueño es “un golpe en la nada”: impacto de la conciencia en una dimensión que solamente atisbamos. ¿Qué son, entonces, los sueños? El propio poeta ofrece una clave en uno de los versos más significativos del libro:
“Tal vez todo haya sido uno y lo mismo:/Una figura del caos. Una más.”
Un caos que no es sinónimo de desorden, que es sustrato y matriz de cuanto existe, éter que contiene en sí mismo todas las formas y todos los seres. En esa cartografía nocturna emprendida por Jaime D. Parra los sueños no son abigarradas anomalías, sino configuraciones ineludibles de un laboratorio de sombras, espacio de confluencia donde delirio y conocimiento se forjan.
La propia página refuerza ese enlace mediante la peculiar arquitectura ortogonal concebida por el autor. La horizontalidad del verso acoge el flujo móvil del sueño —escenarios inestables de improbable orografía, caminos que se bifurcan en nubes, castillos encantados, Barcelonas cifradas bajo el anagrama de Anolecrab—, mientras la verticalidad de las citas al margen sustenta, como columnas, el poema en su marejada: de William Blake a Novalis, del Bhagavad Gita a la Biblia. Tradición y trance respiran entrecruzadas en un mismo espacio.
Con un excelente prólogo de Jesús Aguado, es Sueños. La puerta oscura un libro insólito y maravilloso, un registro del otro lado. Frente a la fatigosa vigilia, el libro propone la certeza de que el sueño es la sustancia que sobrevive a todo: cuando el sonido cesa, cuando la luz se deshace y nos abandona, queda el sueño como último territorio. Aunque la flor que pende en el olvido no nos sea devuelta, los restos que rescata su autor bastan para sostener nuestra hambre de sentido. Atrevámonos a atravesar la puerta oscura que Jaime D. Parra nos señala, reunámonos en el “Entretanto”. Por mi parte, quiero creer que alguna vez nos hemos cruzado allí y me ha hablado de manera semejante:
“Si matas el sonido, no te queda nada. Si matas la escritura, te queda la ceniza. Si matas el alba, te queda el sueño, la vigilia.”
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Autor: Jaime D. Parra. Título: Sueños. La puerta oscura. Editorial: RIL. Venta: Todos tus libros.


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