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Cuaderno de lecturas (I): Un manual para la derrota

Cuaderno de lecturas (I): Un manual para la derrota

Sobre La Llama, de Leonard Cohen. Salamandra, 2018 y 2025

Descubrí a Leonard Cohen de un modo impreciso, en una escucha inconsciente de “You Know Who I Am”. Me explico: escuché por primera vez la octava de las Canciones desde una habitación (1969), el segundo álbum de estudio del más díscolo de los nietos del rabino Solomon Klinitsky-Klein, erudito talmúdico, en un doble elepé antológico de la CBS española, Llena tu cabeza de rock. Y la presencia del bardo de Montreal en aquel cajón de sastre del año 71, en el que cabían, entre otros muchos, Johnny Winter, The Byrds o Chicago apenas llamó mi atención. Para mí, entonces, a mis doce primaveras —aunque me seducía por toda la juventud que irradiaba—, el rock era poco más de lo que podía ser para aquellos que, en efecto, les gustaba una canción, pero ni sabían su título, ni tenían el más mínimo interés en aprenderlo.

Yo sí quería saber, quería aprenderme los créditos de los discos, las letras de las canciones y llenarme la cabeza de rock. Lo que buscaba en aquel doble y legendario álbum era una introducción al ritmo del diablo —como un par de años después lo sería a la gran pantalla la Enciclopedia ilustrada del cine, de Buru Lan—. Pero Llena tu cabeza de rock en modo alguno era ese prefacio. Se trataba de una antología donde se recopilaba el blues, el folk y el pop, en la que Cohen, en mi ignorancia, me parecía fuera de lugar.

"Tiempo después, supe del episodio que le unió a Janis Joplin en el Chelsea Hotel con las primeras audiciones de Chelsea Hotel #2, segundo corte de New Skin for the Old Ceremony"

Con todo, de no haber estado tan verde en cuanto concernía al rock —y a la sedición juvenil que se fraguaba en su seno— mi joven menda de entonces hubiera sabido que, tras su histórica presentación una noche de agosto de 1970 en el mítico Festival de la isla de Wight, Leonard Cohen estaba sobradamente acreditado como uno de los pocos cantautores celebrados en la escena del rock. El lema de aquel doble álbum —comprendí con los años, ya mayor, cuando dejé de escuchar rock sistemáticamente y empecé a estudiarlo, a escribir sobre él con todo el detenimiento que se merece esa segunda manifestación cultural más importante del siglo XX que fue— aludía al conjunto de las músicas que, más o menos genérica y superficialmente, la CBS comercializaba para las audiencias juveniles.

“Estrictamente joven”, o algo por el estilo, rezaba el sello adherido a la carátula de aquel doble álbum, cuando acabó ofertado al módico precio de 300 pesetas, lo que costaba entonces, hace cincuenta y muchos años, un álbum sencillo, un elepé. Pero el gran Leonard, a quien sus mayores aseguraron que era descendiente de Aaron, el primer sumo sacerdote de Israel, hermano mayor de Moisés, a mi yo de doce años —insisto— se le antojaba tan fuera de lugar en aquella selección que apenas recuerdo aquella primera escucha de “You Know Who I Am”.

"Aún recuerdo el primer concierto madrileño del gran Leonard, en el teatro Monumental. Fue en el año 76, se lo dedicó a Federico García Lorca y entonces supimos lo que el autor de Poeta en Nueva York era para él"

Tiempo después —todo se comprende tiempo después— supe del episodio que le unió a Janis Joplin en el Chelsea Hotel con las primeras audiciones de “Chelsea Hotel #2”, segundo corte de New Skin for the Old Ceremony (1974), el álbum con el que el gran Leonard me ganó y, siendo el caso que Janis también estaba incluida en Llena tu cabeza de rock —”Try (Just A Little Bit Harder)” abría la cara D —o B del segundo disco— la presencia de Leonard en aquel doble álbum cobró cierto sentido a mi entender.

Corría entonces, cuando New Skin for the Old Ceremony me ganó, el verano del 76. Y hoy, medio siglo después, la izquierda antisemita que sigue dando vueltas al asesinato de García Lorca vetaría al gran Leonard por el simple hecho de haber interpretado “Lover Lover Lover”, su gran éxito de New Skin…, unos años antes, en el 73, a los soldados israelitas que se batían en la península del Sinaí, durante la guerra del Yom Kipur.

Aún recuerdo el primer concierto madrileño del gran Leonard, en el teatro Monumental. Fue en el año 76, se lo dedicó a Federico García Lorca, y entonces supimos lo que el autor de Poeta en Nueva York (1940) era para él. De ahí el nombre de su hija, Lorca, y su adaptación de “Pequeño vals vienés” en “Take This Waltz” (1988), otro de sus éxitos más populares que, empero, ahora, también es una de esas canciones entrañables del canadiense. Y de aquella noche de su primer directo en mi ciudad, también recuerdo a los temidos grises —que se les decía entre la sedición de entonces— empujando a la gente para que circulase a la salida del teatro… Y al final, acabaron por cargar.

"Cohen, como Philip K. Dick y algunos otros autores que cobraron más o menos notoriedad en otras escuelas contemporáneas a la eclosión beat, siempre quiso ser un beat"

Leídos en La Llama (2018) los últimos versos del vate de Montreal, puedo decir que sus canciones han formado una parte de la banda sonora de mi vida desde aquella primera escucha de Canciones desde una habitación. El gran Leonard ha sido toda una referencia en mi mitología personal. Hasta Death of a Ladies’ Man (1977), ese álbum producido por Phil Spector que no interesa a nadie —el propio Cohen lo desdeñaba—, tiene su interés para mí. Canciones como “Fingerprints”, “I Left a Woman Waiting” o “True Love Leaves No Traces”, la primera de todas ellas, siempre han tenido un hueco en mi memoria. Recuerdo haber escrito los diálogos de un cortometraje inspirado por los versos de esta última.

Sin embargo, no sé si por su misticismo hebreo, su iconografía judaica —uno de los pilares sobre los que se alzan los poemas no musicalizados del no en vano descendiente de Aaron y del rabino Solomon Klinitsky-Klein, a quien dedica La caja de especias de la tierra, su segundo libro de poemas, fechado en el Toronto de 1961— o, sencillamente, por la dificultad que presenta descubrir el auténtico sentido de la poesía escrita en otro idioma traducida al español, nunca acabé de descifrar la verdadera voz del Cohen de aquellas traducciones españolas.

Con el tiempo —con ese tiempo que llega después, dándonos la perspectiva exacta de todo— he comprendido aquellas primeras colecciones de versos del canadiense que descubrí en aquellas ediciones de la prestigiosa colección Visor de Poesía. Llamarles “poemarios”, como hacen compungidos algunos poetas, me parece una cursilada digna de los líricos a la violeta. Estaban al cuidado de Alberto Corazón, quien también se alternaba en las versiones españolas con Antonio Resines —el cantautor y traductor asimismo de Allen Ginsberg, que no el actor de idéntico nombre—. Aquellos tomitos, en algún caso, aún lucen en su primera guarda la etiqueta de Fuentetaja, Blázquez, de la cuesta de Moyano y otras librerías madrileñas, ya desaparecidas —como el propio Leonard—, donde los adquirí, entre finales de los años 70 y principios de los 80. Tomitos que aún atesoro —¡faltaría más!— entre mi bibliografía de la Beat Generation. Porque Cohen, como Philip K. Dick y algunos otros autores que cobraron más o menos notoriedad en otras escuelas contemporáneas a la eclosión beat, siempre quiso ser un beat. “Si tuya es la gloria / entonces que la vergüenza sea mía”, traduce ahora Alberto Manzano Lizandra —página 153 de La Llama, reimpresa por Salamandra en 2025—, el final de una estrofa de You Want it Darker, su penúltimo álbum, el postrero de los editados en vida por el bardo de Montreal.

"Los primeros poemas del canadiense que descubrí fueron una de esas lecturas a las que me di prematuramente sin enterarme prácticamente de nada"

Porque en este último libro del gran Cohen que es La Llama se recogen sus últimos poemas, sus últimas canciones, desde Old Ideas (2012) hasta You Want it Darker (2016). Se queda fuera el Thanks for the Dance (2019), puesto a la venta después de la edición original de La Llama, que data del año 18. Ilustran el volumen —lo es en toda la extensión de la palabra, ya no estamos ante uno de esos tomitos que entrañaban una colección de poemas— los dibujos del propio autor. Y el vate también se nos descubre como un ilustrador atinado y muy personal. No es uno de esos diletantes de trazo dubitativo y formas desproporcionadas de los objetos representados. Menudean entre las estampas los autorretratos y, en mucha menor medida, los detalles alusivos a lo escrito en los versos.

Adam Cohen, el hijo del poeta, estuvo al cuidado de esa edición original del 18, y arranca el prólogo dando noticia de cómo estas páginas fueron el último esfuerzo y la última ilusión de Jikan (el silencioso), el nombre que dio al canadiense Kyozan Joshu Sasaki, su maestro en la tradición budista Zen en la que fue ordenado el descendiente de Aarón.

Así como las canciones del gran Leonard me conmocionaron desde aquella que hablaba de un grupo de héroes solitarios — “A Bunch of Lonesome Heroes” — en Canciones desde una habitación —aquel mítico álbum con la foto de Marianne en la contraportada, la famosa Marianne del “So Long Marianne”, sentada a la mesa en la casa de Hydra, tecleando en la máquina de escribir—, los primeros poemas del canadiense que descubrí fueron una de esas lecturas a las que me di prematuramente sin enterarme prácticamente de nada. Solo por vanagloriarme entre las chicas que olían a pachulí de haber leído al gran Cohen y decir la supina tontería de que me gustaba más el Leonard poeta que el cantautor.

"Como me sucede siempre, al volver la vista atrás, ya en mi otoño, y pensar en alguien a quien he admirado a lo largo de toda mi vida, también me siento concernido en esas alusiones a la senectud"

La Llama, amén del título de su libro postrero y póstumo —como ya digo—, es todo un volumen. En sus páginas —insisto—, además de sus últimos poemas se reúnen las letras de sus últimas canciones y un buen número de dibujos a modo de ilustración de algunos versos. Pero La Llama también es un lema alusivo a ese quid de la cuestión creativa, a esa esencia de su trabajo poético. La Llama, el título, también se refiere a ese misterio inefable de la lírica del gran Cohen, que, cuando carece de música, yo nunca he acabado de entender. Y he de decir que persisto en mi obcecación. Ahora, intentar descubrirlo ha sido una experiencia cautivadora. Tal vez consista en eso la gracia de la poesía de Cohen: en intentar descubrir su significado. Y en esta ocasión, al ser los versos de alguien que me es tan entrañable mirando hacia atrás por última vez, creo haber estado mucho más cerca del verdadero sentido de su poesía silenciosa. “Todo volverá / bajo una luz equivocada / absolutamente / malinterpretado / y me verán como el hombre que me empeñé / en no ser / durante buena parte de mi vida”, escribió el nieto del rabino el cuatro de febrero de 2003, junto a uno de los múltiples autorretratos que nos lo muestran. Éste, a modo de ilustración del poema, que también dio letra a una de las últimas canciones, escuchada por mi menda con insistencia: “You Want it Darker”.

“Soy viejo y los espejos no mienten”, escribe el canadiense en “Enloquecer para amarte”, otro de sus poemas postreros. Según Adam Cohen, los versos reunidos en La Llama, originalmente publicados en España por Salamandra en 2018, y reeditados en 2025 —mi edición—, contienen los últimos esfuerzos de Leonard Cohen. “Sólo he vuelto para decir adiós”, apuntó el primero de noviembre de 2005 en Campanile. Y, como me sucede siempre, al volver la vista atrás, ya en mi otoño, y pensar en alguien a quien he admirado a lo largo de toda mi vida, también me siento concernido en esas alusiones a la senectud: “Pero la locura tiene lugares donde esconderse / más profundos que las despedidas”, continúa esa estrofa, la última de “Enloquecer para amarte”.

“Vivo la vida / que dejé atrás”, rezan dos de los versos de Nevermind, una de las canciones reunidas en Popular Problems, ese álbum del año 14, tan diferente de aquellos publicados entre Songs of Leonard Cohen (1967) y Song of Love and Hate (1971), tan pausados, tan ajenos a todos los que vinieron detrás.

"Su poesía acabé por entenderla pasados los años, cuando el curso del tiempo me dio la comprensión de esa edición de Visor de La energía de los esclavos"

A mi entender —y no hace falta ser muy perspicaz para concluirlo— la profusión de grabaciones de los años 10 —cuatro álbumes de estudio y tres en directo— obedeció a la necesidad de dinero que tenía el gran Cohen. Según la denuncia que nuestro hombre interpuso contra Kelly Lynch el ocho de octubre de 2005, esta mujer, su antigua representante, se había apropiado indebidamente de cinco millones de dólares —el dinero que el bardo de Montreal guardaba para su jubilación—, mientras su representado se ordenaba en el budismo zen. Maquiavelo nos enseña que no se puede ser virtuoso entre los malvados.

Y ahora, al volver sobre La Llama para escribir estos apuntes, me encuentro entre las páginas los tiques con mi turno, en las distintas salas de espera de los diferentes médicos, a quienes consulté las dolencias que padezco, propias de mi avanzada edad, en la pasada primavera. En buena medida, he leído La Llama en las consultas de estos doctores. Cuando finalmente me llamaban, había llegado mi turno, dejaba el papelito con el número a modo de registro, entre las páginas, y ahora —al volver sobre ellas para escribir esto— me hace cierta gracia dejarlos allí, donde interrumpí precipitadamente la lectura, cuando me llegó la vez en el doctor. Y que el tiempo, ese tiempo que lo explica todo, pase con mis tiques del turno del médico allí. Como ha pasado sobre las etiquetas de aquellas librerías madrileñas, ya desaparecidas, que aún lucen en las primeras guardas de aquellas ediciones de Visor que no entendí.

Me quedo con aquel Leonard que les cantaba a los héroes solitarios en sus primeras canciones. Su poesía acabé por entenderla pasados los años, cuando el curso del tiempo me dio la comprensión de esa edición de Visor de La energía de los esclavos (1974). En aquellos versos, prácticamente incomprensibles cuando los leí por primera vez en el 75, Cohen —supe después, debo insistir— se mostraba un cínico contumaz. Especialmente crítico con la política y las guerras en el mundo. No falta el autocuestionamiento, cierta sensación de impotencia y el peso de la realidad social. Versículos —de eso se trata versículos o versos blancos— plenos de afán introspectivo.

"Los hermosos vencidos solo conoció el favor del público lector cuando Cohen, muy decepcionado con los resultados de su actividad literaria, decidió iniciar su carrera como cantautor"

Sí que me fue dada, en su primera lectura, la comprensión de la historia de Lawrence Breavman, el joven poeta de Montreal que crece explorando el amor, la identidad y la libertad. Protagonista de El juego favorito (1963), primera novela del gran Cohen. Leída en la edición príncipe española, la impresa por Fundamentos en 1974, recuerdo que nos refiere la experiencia de Breavman desde la infancia hasta la vida adulta. Todo era autodescubrimiento, o crecimiento merced a él.

Tanto El juego favorito como Los hermosos vencidos (1966), la segunda y última novela de El silencioso, han conocido sendas nuevas ediciones españolas con posterioridad, una y otra prologadas por Ray Loriga. El título de la segunda, traducida por Laura Wittner, ha cambiado. Ahora es Los hermosos perdedores, y no hay duda de que éste se aproxima mucho más al original, Beautiful Losers. Pero es de suponer que sigue siendo la historia de unos tipos marginales en busca del amor, la redención y algún sentido para sus vidas.

Texto muy al gusto de las inquietudes de los años 60, aunque Los hermosos vencidos —o perdedores— solo conoció el favor del público lector cuando Cohen, muy decepcionado con los resultados de su actividad literaria, decidió iniciar su carrera como cantautor. Y eso que, en sus comienzos, Lawrence Breavman, probablemente un alter ego del nieto del rabino, integró una banda de rock & roll.

“Bunch of Lonesome Heroes” y “The Partisan”, tercer y cuarto títulos de Canciones desde una habitación, álbum que mitifiqué en una edición en casete que me dejó una compañera del colegio, me convirtieron en uno de los más rendidos admiradores de Cohen. Después de más de medio siglo, La Llama, sus poemas postreros, me ha servido de aproximación a la comprensión de la voz poética de su autor. Como reza uno de los versos de “Me voy a casa”, la poesía de Leonard Cohen es “un manual para la derrota” (pág. 117).

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