Ya he comentado más de una vez que Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos, del que destaco obras como Un mundo para Julius (1970), No me esperen en abril (1995) o Reo de nocturnidad (1997). Hace más de diez años, hablando en Madrid con el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, este me recomendó encarecidamente los Cuentos completos de Bryce Echenique. Tenía localizado el libro en la biblioteca Elena Fortún de Madrid, pero al final decidí comprarlo de segunda mano, gracias a Iberlibro. Estos Cuentos completos se publicaron en 1995 y, desde entonces, Bryce Echenique ha publicado dos colecciones más de relatos, Guía triste de París (1999) y La esposa del rey de las curvas (2009).
Huerto cerrado fue el primer libro que publicó Bryce Echenique, en 1968, antes de los treinta años. Contiene doce cuentos. El primero se titula Dos indios y sitúa su acción en París. En este cuento, de una docena de páginas, podemos encontrarnos ya con algunas de las claves de la obra de Bryce Echenique: el cuento nos lleva a París, donde va a situar más de una de sus historias, y trata sobre la nostalgia y los amores del pasado; contado desde un punto de vista humorístico, pero no de un humorismo hiriente o sarcástico, sino de un humor tierno y exagerado. Los dos personajes que se encuentran en París, acabarán rememorando su vida en Lima, mientras comparten tragos de alcohol, detalle este que acabará siendo otro de los rasgos compositivos de las obras de Bryce Echenique.
El segundo cuento se titula Con Jimmy, en Paracas y es uno de los mejores cuentos del libro, un cuento sobre el paso de la infancia a la madurez, la caída del mito del padre, las clases sociales y el racismo. La primera frase, marcando el ambiente de amenaza sobre el padre me parece memorable: «Lo estoy viendo realmente: es como si lo estuviera viendo; allí está sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar donde había rayas, tal vez tiburones». (pag. 31). En estas primeras narraciones de Huerto cerrado me parece ver la influencia de los cuentos de La palabra del mundo, del también peruano Julio Ramón Ribeyro, sobre todo al tratar estos temas de los que hablaba anteriormente, de las clases sociales y el racismo en la sociedad peruana.
Después de unos pocos cuentos, me doy cuenta de que el protagonista de todos ellos se llama Manolo y ya veo que, en realidad, son cuentos entrelazados y que hablan de la misma persona; principalmente de un adolescente, de clase media alta, que está dejando de ser un niño y se está internando en la vida adulta. Los cuentos reflejan diversos momentos de su vida, como el humillante momento en el que, a los trece años, los niños de la clase del colegio van a hacer una excursión en bicicleta a una localidad cercana y él se queda atrás y el profesor le pide que se vuelva a su casa, tema de El camino es así. En el cuarto cuento, ya han pasado unos años, y Manolo le venderá esa bicicleta del relato anterior a un jardinero con el que, de más niño jugaba al fútbol, y del que las diferencias sociales han acabado separando.
Así que el primer cuento de este primer libro, Dos indios, nos presentaba a un Manolo ya adulto, recordando en París algún episodio de su infancia y juventud. A partir de él, los cuentos nos conducen a diversos momentos de la vida de Manolo —en los que el lector entrevé a una especie de alter ego del autor— en orden cronológico; así llegaremos hasta las primeras novias o las primeras visitas al burdel con los amigos, rito de iniciación de la época mostrada. En un cuento como Una mano en las cuerdas aparece ya el Country Club, que será uno de los escenarios esenciales de la primera novela de Bryce Echenique, Un mundo para Julius (1970). Una mano en las cuerdas me ha parecido otro de los mejores cuentos de este primer libro, porque en él usa el recurso de intercalar la primera persona –a través de un diario personal– y la tercera.
En Un amigo de cuarenta y cuatro años, Bryce hace el retrato de un profesor de inglés del colegio de Manolo, y su cierre me ha parecido también bastante conseguido. Algunos cuentos, como este, empiezan con descripciones de calles y barrios de la antigua Lima, y de este modo la ciudad —pero más la ciudad de los recuerdos, que la ciudad real— se acaba convirtiendo en un personaje más del libro. Crece y cambia Manolo, crece y cambia también Lima, parece decirnos Bryce Echenique.
Los tres últimos cuentos de Huerto Cerrado, La madre, el hijo y el pintor, El hombre, el cinema y el tranvía y Extraña diversión son más cortos que los anteriores y me han parecido narraciones más apresuradas y de inferior calidad a las ya leídas. Lo que no ha enturbiado la buena impresión que he sacado de este primer libro de Alfredo Bryce Echenique, que imagino que, en su momento, fue celebrado como lo que era: el talentoso debut de una nueva voz latinoamericana en el fantástico contexto del boom.
El siguiente libro, La felicidad ja ja (1974) reúne ocho cuentos. El primero es Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, y ya desde el título se percibe un cambio de rumbo respecto a las piezas del libro anterior. En Huerto cerrado, como ya he dicho, creo que Bryce Echenique sigue la estela de narradores clásicos como Ribeyro, que a su vez diría que había leído a los escritores de relatos estadounidenses como Ernest Hemingway, y usa un estilo preciso y realista. En La felicidad ja ja, Bryce Echenique está ya buscando una voz más personal, que va a tener que ver, en gran medida, con la oralidad del lenguaje. Así, en el primer cuento, en Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, se recrea un monólogo, en el que uno de los personajes le habla a otro. Es un cuento sobre las aspiraciones y las diferencias económicas que se crean en la vida adulta entre amigos de la juventud; sobre todo porque el narrador fue un niño rico que acabó perdiendo su fortuna, y además acabó convirtiéndose en una persona más empática y sensible que su amigo. «Pero, claro, tú siempre has tenido razón. Lo cual no impide que seas una mierda, gordo, una mierda que acierta en las apuestas de la vida.» (pág. 149) Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín me ha parecido un gran comienzo para este segundo libro.
El segundo cuento, Florence y Nós três, sobre un profesor de español en París —tras el que se ve al propio autor— que nos habla de una alumna alocada y enferma de su clase, es melancólico y hermoso.
Pepi Monkey y la educación de su hermana, sobre unos niños que son educados por una casa rica decadente de Lima, me ha parecido que bajaba ya algo el nivel.
De este segundo libro, mis cuentos favoritos acaban siendo los más largos: Baby Schiaffino y Muerte de Sevilla en Madrid. Baby Schiaffino trata sobre la idealización del amor por parte de un joven que se enamora de una chica que lo ve como un amigo. El humor tierno y algo absurdo de Bryce Echenique se manifiesta con elegancia en este cuento. Muerte de Sevilla en Madrid es el único cuento de este libro que había leído previamente. Lo leí en una edición de Alianza 100, uno de esos libritos que lanzó la editorial Alianza en los años 90 y que costaban cien pesetas (0,60 €). En este cuento, un pobre hombre peruano gana un concurso para viajar a España y este será el comienzo de sus problemas finales. Aquí, como también será habitual en la obra de Bryce, se hace uso del humor escatológico; un elemento clave en la composición de su novela La vida exagerada de Martín Romaña.
Hasta aquí, habiendo leído los dos primeros libros de cuentos, aunque no todos tienen el mismo nivel, tengo la sensación de que estos Cuentos completos de Bryce Echenique es un gran libro; sin embargo, de forma inesperada, sufro una decepción con el tercer libro, Magdalena peruana y otros cuentos, formado por doce piezas. El primer cuento, Anorexia y tijerita, sobre un exministro con una chica anoréxica, protagonizado por un personaje desagradable, no está mal.
Creo que voy a describir, de un modo general, qué me ocurre con estos cuentos: Bryce Echenique usa aquí también un tono oral, y normalmente leemos el discurso interior de un personaje que suele tener a otro de interlocutor, aunque esto solo ocurra en su cabeza. El narrador suele ser un hombre maduro de éxito —un pintor, por ejemplo— que habla a una jovencita con la que tiene una relación, y en este discurso oral, el narrador empieza a hablar de personajes del pasado, que el lector, al principio, no sabe quiénes son, y al final descubrirá que, normalmente, son compañeros de juergas del pasado del narrador y cuenta sobre ellos algunas anécdotas exageradas, sobre todo relacionadas con el abuso de bebidas alcohólicas, que acaban por no tener demasiada gracia. Así que al final el lector se encuentra leyendo un relato que parece bastante deslavazado sobre personajes por los que no ha conseguido interesarse.
De este tercer libro, me ha interesado sobre todo un cuento titulado El breve retorno de Florence este otoño porque Bryce Echenique plantea en él una segunda parte del cuento Florence y Nós três de La felicidad ja ja, pero creo que el estilo exagerado y el humor absurdo acaban arruinándolo.
El libro termina con cuatro cuentos que en 1995, año de la publicación de estos Cuentos completos, no estaban incluidos en ningún libro, y aquí Bryce Echenique deja un tanto de lado el estilo del último libro, con un exceso de oralidad y un discurso interior demasiado disperso y vuelve a un estilo más clásico.
Al finalizar Huerto cerrado, me sentí tan entusiasmado por este primer libro de cuentos de Bryce Echenique que entré en Iberlibro y compré una edición de segunda mano de Guía triste de París, que sería su siguiente libro. Ha sido una pena que mi entusiasmo haya bajando con los cuentos de Magdalena peruana y otros cuentos, pero espero que la obra cuentística de Bryce Echenique remonte con Guía triste de París.


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