Dientes blancos, de Zadie Smith (Londres, 1975), se publicó en Gran Bretaña en el año 2000, y su traducción para la editorial Salamandra —a cargo de Ana María de la Fuente— nos llegó en español en 2001. Recuerdo que se habló bastante de esta novela en los suplementos literarios, y fue celebrada como un gran debut por parte de una joven que aún no había cumplido los veinticinco años cuando el libro apareció en el mercado. Sé que pensé leer este libro más de una vez, pero, perdido en la maraña de posibilidades lectoras, lo fui dejando pasar. En los años posteriores, siguieron apareciendo libros de Zadie Smith, que nos los acercaba en español la editorial Salamandra, y seguía leyendo buenas críticas en los suplementos literarios sobre ellos. Supe que definitivamente iba a leerla el día en el que me topé, de nuevo, con este título en una lista de la BBC —publicada en 2016— que proponía las veinticinco mejores novelas británicas, votadas por críticos no británicos, y en esta lista se encontraba Dientes blancos. En mayo de 2024, por mi cumpleaños, me autorregalé esta bonita edición de la novela de Salamandra.
La acción de la novela empieza el día de Año Nuevo de 1975, cuando Archie, un hombre de mediana edad al que ha dejado su mujer, ha decidido suicidarse. A pesar de lo que pueda parecer, el tono de esta primera escena es vitalista y cómico, un tono que se mantendrá durante casi toda la novela.
Zadie Smith nació en Londres y es hija de un hombre inglés y de una mujer de Jamaica. Sabía que Dientes blancos hablaba de la inmigración en Londres y yo había supuesto que la historia contada en la novela sería contemporánea a la vida de la autora, pero no es así. Smith empieza hablando de la generación de sus padres al remontarse a 1975, el año del nacimiento de ella. Aunque Dientes blancos es una obra de ficción, el lector acabará sospechando que la autora está usando su historia familiar para componerla, puesto que Archie, un hombre británico, después de tratar de suicidarse, va a conocer a una joven negra de origen jamaicano, llamada Clara, con la que se casará de forma súbita. La hija de ambos, Irie, una adolescente acomplejada por su aspecto —su pelo afro o sus kilos de más— que escribe un diario, parece un trasunto de la propia Zadie Smith. De hecho, el apellido que elige la autora para la familia de ficción —Jones— pertenece al rango de los apellidos más comunes de Reino Unido, como su «Smith».
Otra idea preconcebida que tenía sobre la novela era que, al saber que se trataba sobre una obra acerca de la inmigración en Gran Bretaña, iba a hablar sobre todo de la comunidad jamaicana de Londres, que sería la más cercana a la autora. Así, me ha resultado curioso que la novela habla más de los emigrantes asiáticos —pakistanís, indios y bangladesís—, centrándose en la familia Iqbal, originarios de Bangladés, la antigua Bengala. Samad Iqbal, camarero en un restaurante indio, es el mejor amigo de Archie Jones. Samad está casado con Alsana, y los dos serán padres de los gemelos Magid y Millat, de la edad de Irie, que se enamorará del rebelde y carismático Millat.
Samad y Archie se conocieron en la Segunda Guerra Mundial. Al principio, este dato de la novela me estaba resultado raro. Si en 1975 Archie tiene cuarenta y siete años, ¿cómo pudo participar en Segunda Guerra Mundial? Pero no había nada de qué preocuparse, Smith es una escritora muy dotada y controlaba perfectamente el material narrativo de su primera novela. Archie, mintiendo sobre su edad, se incorporó a filas en 1945, cuando tenía diecisiete años. Recorriendo Grecia en un tanque será como conocerá a Samad, dos años mayor que él. Me ha sorprendido muy gratamente el episodio en el que Smith lleva al lector hasta el interior de ese tanque aliado que recorre Grecia. En cierto modo, me ha recordado a las propuestas de Roberto Bolaño, a su gran capacidad para fabular. Aunque también es cierto que el tono tiene poco que ver. Mientras Bolaño siempre muestra un misterio y una amenaza en cada párrafo, Smith, como ya apunté, elige un tono más mundano, más cómico.
La novela se divide en cuatro partes: Archie 1974, 1975; Samad 1984, 1857; Irie 1990, 1907 y Magid, Millat y Marcus 1992, 1999. Diría que las dos que más me han acabado gustando han sido las dos primeras, las que hablan de Archie y Samad, que si hacemos una analogía con la vida de Zadie Smith serían las que se corresponden con su padre y con el mejor amigo de su padre. Me ha resultado un tanto decepcionante que la tercera parte, donde el personaje es más cercano a la autora, tenga —desde mi punto de vista— menos fuerza que los anteriores.
Hasta cierto punto, sé que tenía prejuicios ante Dientes blancos. ¿Sería realmente tan buena una novela escrita por alguien con menos de veinticinco años? Durante la primera mitad, el libro me estaba sorprendiendo gratamente. Zadie Smith me parecía una escritora muy talentosa, con mucho control sobre sus personajes y con una prosa ágil —muy propia del idioma inglés— y para nada recargada. Además, pese a su juventud, era sagaz a la hora de hacer apreciaciones generales sobre la vida y las personas, incluso sobre experiencias que ella no había vivido aún. Así, por ejemplo, en la página 23 leemos: «El divorcio es eso: quitarle cosas que uno ya no necesita a una persona a la que ya no quiere». En la página 51: «En el fondo, ni el propio Ryan importaba, porque, por más que Hortense dijera “Clara era una chica como las demás”, el objeto de su pasión era un simple accesorio de la propia pasión, una pasión que, reprimida durante tanto tiempo, había estallado con fuerza volcánica», o en la página 58: «Desprenderse de la fe es como hervir agua de mar para extraer la sal: algo se obtiene pero también algo se pierde».
Uno de los temas principales del libro va a ser el de la incomprensión intergeneracional. La generación de Archie, Samad, Clara y Alsana —aunque las mujeres son bastante más jóvenes que los hombres— va a tener problemas al relacionarse con sus hijos, Irie, Magid y Millat, y estos problemas se van a ver marcados y agravados por el hecho de que los hijos han nacido en Gran Bretaña y los padres —o al menos tres de ellos— en un país extranjero. Este tema de la crisis intergeneracional está muy relacionado con el tema de la crisis de identidad. Una idea curiosa del libro me ha resultado esta: por encima del miedo de los países anfitriones al recibir inmigración —Reino Unido en este caso— a perder su identidad está el miedo de los inmigrantes a que se diluya, en las siguientes generaciones, su legado, sus genes y su cultura originales. De este modo, Samad idealizará a su bisabuelo Mangal Pandey, un personaje histórico real que se alzó contra la ocupación inglesa de Bengala en el siglo XIX, un personaje del que no parará de hablar y de aburrir a sus interlocutores.
El título del libro, Dientes blancos, abunda también en esta idea, en esta lucha generacional. Clara perdió sus dientes, siendo muy joven, en un accidente de moto, y Irie, cuando tiene que elegir una carrera universitaria, se decantará por los estudios de odontología, como si quisiera metafóricamente reparar los problemas del pasado de su madre.
Como ya he apuntado, las dos primeras partes me han parecido las más conseguidas, aquellas en la que la narración avanzaba más libre y con más capacidad para la fabulación y el detalle simpático para caracterizar a los personajes, pero he tenido la impresión de que la novela decaía en su segunda mitad. Sobre todo, cuando los protagonistas entran en contacto con la familia Chalfen, perfectamente británicos, aunque en unas generaciones atrás son emigrantes provenientes de Polonia. Marcus Chalfen es un reputado genetista que se dedica a modificar un ratón para conseguir que avance el conocimiento científico, en consonancia con los conocimientos de clonación de la época. Casi todos los personajes del libro van a confluir hacia este ratón de Chalfen, que los enfrentará a sus creencias y tradiciones. En este último tramo considero que la novela deja, en gran medida, de reflejar el rico y contradictorio mundo de los inmigrantes, como había hecho hasta entonces, y pasa más a ser una novela de tesis, donde la autora enfrenta a sus personajes y a sus convenciones de un modo teatral, más propio de una novela comercial que de una gran novela. Es decir, en la escena final todas las piezas encajan demasiado bien, con una planificación puntillosa que me ha resultado excesiva, como si los personajes trabajaran más por el efectismo de la trama que por ser meramente personajes de ficción.
Pese a esta decepción y cansancio del último tramo, Dientes blancos me ha parecido una novela notable, de gran madurez para estar escrita por una autora de menos de veinticinco años. El buda de los suburbios, de Hanif Kureishi (escritor británico, cuyo padre era pakistaní y cuya madre era inglesa), se publicó en Gran Bretaña en 1990, y me parece una clara influencia sobre Dientes blancos. De hecho, el tema de la inmigración está narrado también en un tono desenfadado y cómico, que es el que elige Smith para su libro. Leí El buda de los suburbios hace ya más de veinticinco años, así que no tengo capacidad para comparar ambos libros de una forma clara, pero en mi recuerdo es un libro superior a Dientes blancos, así que yo habría incluido al primero en vez de al segundo en esa lista de las veinticinco mejores novelas británicas. Quizás la idea de que Dientes blancos esté en esta lista me resulta ahora algo exagerado, pero —pese a que me ha decepcionado algo su tramo final— no quiero restar méritos al que me resulta un gran debut literario y que me anima a leer obras más maduras de esta gran escritora.


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