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Anthony Hope, por Quim Carro. Primera página.

Anthony Hope, por Quim Carro. Segunda página.

Era mediodía cuando mi avión aterrizaba en el aeropuerto de Strelsau. ¿Qué es lo que había hecho que me desplazara de mi país de pandereta a un país de capa y espada como era Ruritania? ¿Qué hacía yo en un reino donde la enseñanza de la esgrima era materia obligatoria para todos los niños y la asignatura “Conspiraciones y complots” lo era para todos los hermanos del rey? Muy sencillo: un compromiso, ineludible en cuanto que estaba firmado en una servilleta de bar. Dos días antes, en plena velada etílico-literaria, había aceptado el reto de encontrar un “divito” (ya sabéis, una redacción escolar) del autor de “El prisionero de Zenda”.

Uno de los muchos petimetres que pululaban por las engalanadas avenidas de la ciudad me indicó dónde se hallaba el antiguo colegio de la capital ruritana y hacia allí dirigí mis pasos. Para mi sorpresa, un hábil espadachín protegía la entrada del archivo escolar, dispuesto a defender con su vida los secretos de los ilustres alumnos que habían estudiado en esa academia.

–¡En guardia, bellaco!– exclamó tras atusarse el bigote

Y antes de que desenvainara su florete le arreé, desatendiendo todas las reglas de protocolo que jamás había conocido, tal patada en los testículos que quedó inconsciente de inmediato. La luz de un candelabro me ayudó a encontrar mi preciado objetivo: la redacción escolar que aquí podéis leer y que ahora luce, como el preciado tesoro que es, tras la barra del Bar de Lola.

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