La narrativa breve contemporánea española encuentra en Ahí donde el riesgo late (Piezas Azules), de Iria Fariñas (Madrid, 1996), una voz singular que dialoga con la ficción de lo extraño sin subordinarse a ella. Este volumen consolida una propuesta literaria de temprana madurez que ya apuntaba maneras en sus obras previas, Ruido de cicatriz y Gritar en voz baja, y que ahora exige una atención crítica sostenida.
Uno de los hilos conductores más potentes del volumen es la espera, entendida casi como una forma de estar en el mundo. En Tierra adentro bailan las larvas, Fariñas sitúa a dos hermanos abandonados por su padre en una carretera mexicana. En este estado, el objeto de la expectativa se vuelve difuso y el cuento deriva hacia lo surreal. Como afirman los protagonistas: «Que qué esperábamos, eso es un misterio. Un salvador, quizá». La espera se revela como una habilidad perversa: aquello que mantiene vivos a los personajes es, simultáneamente, lo que los paraliza: «Siempre se nos dio demasiado bien esperar». Este motivo reaparece con tintes metaficcionales en “Ventana de emergencia”, un relato sobre un curso de escritura con pinceladas góticas y recuerdos de Mariana Enríquez: «La espera tiene dimensiones místicas capaces de enloquecer a cualquiera». La reflexión amplifica uno de los temas centrales del libro: el acto mismo de escribir y leer es una forma de suspensión de la realidad.
Otro de los grandes temas del conjunto es la desaparición. La pieza de apertura, “Mientras falten los perdidos”, es ejemplar en este sentido: una madre debe enterrar un ataúd vacío mientras su hija permanece perdida. El texto indaga cómo el duelo sin cuerpo genera un agujero ontológico que la realidad no puede suturar. La frase «como si los nombres se destruyeran a base de no pronunciarlos» condensa la comprensión de Fariñas sobre el silencio como aniquilación. El motivo de la ausencia se repite en “Al fondo de cada garganta desovan los anfibios”. En él, una niña enfrenta la desaparición de su padre y un abuelo maltratador. La autora articula aquí una observación crucial sobre el miedo social a la vulnerabilidad: «La gente siempre se asusta de aquello que les recuerda que las cosas se rompen». Fariñas escribe precisamente sobre esa rotura como condición constitutiva de lo humano.
La segunda sección contiene algunos de los mejores cuentos del volumen. En “Tan frágil como la carótida de un ciervo” se explora el trauma como generador de identidad. El ataque de un perro que desfigura al protagonista a los ocho años no se presenta como tragedia, sino como un nacimiento: «El ser que me rebautizó fue asesinado». Esta distinción establece que el trauma construye tanto como destruye. El protagonista, renombrado Apolo, se convierte en un etnógrafo de la crueldad, pero su sistema colapsa ante Dafne, otro cuerpo marcado por la deformidad. “Por ahora todo está perdido menos el final” aborda la imposibilidad del amor entre los dañados. Construido como un monólogo dirigido a una mujer, Hilda, de naturaleza incomprensible, el relato trata la obsesión, la identidad y la insuficiencia de la lógica. El narrador, un hombre de ciencia, intenta aplicar un rigor racional a lo inasible, llegando a una conclusión poética: «El tiempo, contigo, es de niebla». Esta imagen captura un presente que se disuelve en la ausencia del otro.
En la sección final, Destino, “La redención se aprende de las anémonas” narra un suicidio con una frialdad que contrasta con el horror del acto. La observación de que «la rebeldía, para ella, consiste en mimetizarse con el papel que los demás esperan que interprete» revela una comprensión sofisticada de las dinámicas de poder: la sumisión extrema como la forma más radical de resistencia. El volumen cierra con “La misión de la sombra no es el refugio”. Narrado desde la perspectiva de una sombra, permite a la escritora explorar la disociación traumática: la protagonista se aleja de sí misma mientras su sombra observa la invasión de un tercero. Una reflexión clave establece la diferencia entre el evento y su proceso: «Lo que importa de las catástrofes es cómo se llega a ellas».
La prosa de Fariñas se caracteriza por un rechazo del ornamento gratuito, con una economía del lenguaje que recuerda a Amélie Nothomb. Sus mejores pasajes funcionan cuando inserta lo extraordinario en la rutina. Se perciben ecos de Clarice Lispector en la atención a la experiencia somática y de Samanta Schweblin en el uso de lo fantástico para denunciar violencias reales, pero Fariñas integra estas influencias en una síntesis personal y reconocible. Las ilustraciones de Verónica Durán son un contrapunto que enriquece la lectura. Sus figuras fragmentadas y las texturas granulosas capturan la estética del desequilibrio que articula los relatos.
Ahí donde el riesgo late sitúa a Iria Fariñas como una de las voces más interesantes del panorama reciente. Sus textos demuestran una madurez técnica y profundidad temática notables. La autora comprende que el trauma no es un tema, sino una forma; que lo irreal es el lenguaje necesario para nombrar lo inabarcable. En un contexto literario saturado de autoficción, este libro propone una literatura arriesgada e íntima sin caer en el exhibicionismo. Una escritora a seguir.
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Autora: Iria Fariñas. Título: Ahí donde el riesgo late. Editorial: Piezas Azules. Venta: Todos tus libros.



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