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El amigo escritor

El amigo escritor

Manual de supervivencia para amistades desprevenidas

Los escritores, en general, somos gente peligrosa. No porque llevemos cuchillos ocultos ni porque tengamos inclinaciones violentas —aunque alguno habrá—, sino porque observamos demasiado. Observamos y recordamos. Y cuando una persona se dedica a mirar el mundo con lupa mientras los demás apenas lo hojean, inevitablemente despierta sospechas en su entorno. Los amigos se inquietan. La familia se resiente. Los conocidos se ponen tensos. Y los que leen poco… esos directamente tiemblan.

En España, además, escribir es visto como una actividad que oscila entre la ociosidad aristocrática y la rareza clínica. Que uno se dedique a las letras no parece aportar nada a la economía nacional: no genera PIB, no produce ladrillo, no cotiza como un futbolista. En Francia, donde viví dieciocho años, al escritor se le respeta como si fuera parte del mobiliario de la República. Aquí, en cambio, si dices que estás escribiendo, lo habitual es que te pregunten:

—Sí, sí… pero ¿trabajar, trabajas?

I. Doctorado, maternidad y la mala leche ajena

Cuando decidí meterme en un doctorado en plena vorágine de embarazos y crianza múltiple, comprobé algo fascinante: la mala leche femenina existe y es radiactiva. Mis amigas —todas mujeres, dato sociológicamente interesante— me preguntaban por qué demonios quería ser doctora ahora, con ese “ahora” tan castrante que suena a advertencia franquista.

“¿Para qué quieres ser doctora en Letras ahora?”

Ese ahora todavía me da urticaria.

Ni el director de tesis confiaba en mí —y podría contar de él más de una cosa jugosa o indemnizable—, pero me dio igual. Confié en mi potencial. Donde otros tardan seis o nueve años, yo tardé tres, y además me presenté a la defensa con varios bebés y varios libros publicados, un acto de equilibrismo digno de circo romano.

Pero, por supuesto, los libros de ensayo literario escritos después, esos que “nadie entiende”, cayeron en el más absoluto silencio. El mundo universitario, dominado por acomplejados y machistas paternalistas, me ignoró con elegancia medieval.

—Escribe cosas raras —susurraban.

—Cosas que no entiende nadie —añadían.

Como si el colmo de la literatura fuera escribir instrucciones de lavadoras.

A mí me da igual. La marginación intelectual me ha sentado siempre de maravilla para reafirmarme. Estoy convencida de que buena parte de la fauna académica existe solo para que uno descubra que preferiría ser el héroe de sí mismo antes que mendigar validaciones ajenas.

II. Cuando el escritor empieza a molestar

Llega un día en que al escritor se le ocurre la temeridad de escribir algo más visible: artículos, cuentos, poemas, novelas.

Y ahí empieza el calvario.

Para los amigos, tener un amigo escritor es un engorro existencial. Se sienten presionados. Creen que deben leernos. Imaginan que, si no lo hacen, seremos capaces de desenfundar un bolígrafo y escribir una venganza literaria con su nombre y apellidos.

Entonces ocurre esta escena típica:

—¿Y ahora en qué andas?

—Pues lo de siempre… escribo. Publico textos por aquí y por allá (subconsciente del escritor: ¡y tú no lees ni uno, traidor!). Ahora estoy con una novela… ultimando un libro de cuentos…

El amigo, que no ha leído NADA, sonríe con cara de estreñido cultural. Y tú, que habías tenido la insensatez de regalarle tu libro “para que te conozca”, descubres que no lo ha abierto. Que no lee. Que solo se da pisto con sus lecturitas ociosas. Que en realidad es un farsante. Y como te atrevas a preguntar:

—Por cierto… ¿te gustó mi último libro?

Se paraliza. Blanquea. Tartamudea. Líquido. Sudor.

Error fatal.

Esa pregunta no se hace. Jamás. Ni al enemigo.

III. Los intimidatísimos: los que creen que acabarán en un cuento

Después están los que te temen. Sí, te temen. Piensan que los vas a convertir en personaje. Y no les falta razón.

Porque un escritor observa y archiva. Un gesto, un comentario absurdo, una actitud ridícula… y zas: página. No es personal. Es la vida. Como decía Galdós, “la novela es imagen de la vida”. Pero algunos viven en estado de alerta.

Te convertiste en persona peligrosa. ¿Por qué? Porque no te controlan.

IV. Los que no encajan tu obra con tu cara

Hay gente que lee algo tuyo y de repente no sabe qué hacer contigo. Les parecías pacífica y tu cuento clama revolución. Te veían mística y tu libro es una celebración del hedonismo. O te imaginaban santa y les apareces pagana.

El desconcierto es magnífico. Leer no siempre mejora a la gente, pero la descoloca, y eso es un placer que recomiendo.

V. Francia, los calcetines y la gloriosa confusión

En Francia me han parado varias veces por la calle —cosa inaudita en España— para felicitarme por un artículo mío sobre calcetines.

Sí, calcetines.

El texto más rápido, más simple y cotidiano que he escrito. Eso les encantó: la escritora española que habla de la vida interior de los calcetines. Très chic.

Un día, en una cena, me presentaron así:

—Es una estupenda escritora española… Escribe mucho sobre calcetines.

Maravilloso. Mi gran legado europeo será la metafísica del calcetín desparejado.

Luego vienen preguntas delirantes:

—¿Has sido espía comunista?

—¿Has tenido una aventura con aquel músico?

No. Y aunque la hubiera tenido, no lo sabrías ¡merluzo! En fin, la gente se despeina con facilidad ante lo que no cabe en sus cajoncitos mentales.

VI. El placer secreto del escritor

Lo que más desconcierta a los demás es que un escritor no se deja descifrar. Se vuelve inasible, multiplicado, contradictorio. La persona que eres nunca coincide exactamente con la persona que creen que eres, ni con la que leen en tus libros.

Y ese es nuestro tesoro: un mundo privado, portátil, silencioso, incontrolable. Un territorio donde nadie entra y desde el cual podemos navegar en paz por encima de las expectativas ajenas.

Que si te mueres de hambre, bueno… ya se verá. No sería la primera vez que la literatura y la inanición hacen buenas migas.

Epílogo sin moraleja (o con una muy simple):

Tener un amigo escritor es difícil.

Serlo, todavía más.

Pero en ese caos maravilloso hay algo invencible: el gozo de escribir lo que nos dé la gana, aunque nadie lo lea, aunque nadie lo entienda, aunque la gente huya cuando preguntamos si les gustó nuestro libro.

Porque escribir, al final, es esto: una forma exquisita de libertad… y un arma cargada de observaciones que podrían usarse en cualquier momento.

Por eso nos temen.
Por eso nos apartan.
Por eso seguimos.

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Pablo75
Pablo75
1 mes hace

“Ni el director de tesis confiaba en mí —y podría contar de él más de una cosa jugosa o indemnizable—, pero me dio igual. Confié en mi potencial. Donde otros tardan seis o nueve años, yo tardé tres, y además me presenté a la defensa con varios bebés y varios libros publicados, un acto de equilibrismo digno de circo romano.
Pero, por supuesto, los libros de ensayo literario escritos después, esos que “nadie entiende”, cayeron en el más absoluto silencio. El mundo universitario, dominado por acomplejados y machistas paternalistas, me ignoró con elegancia medieval.”

Rosa Amor del Olmo, Premio Zenda 2025 de la Megalomanía.

Mario Raimundo Caimacán
Mario Raimundo Caimacán
1 mes hace
Responder a  Pablo75

Solo los ignorantes y los machistas (otra forma de ignorancia) niegan la realidad de discriminación que han sufrido y sufren las mujeres en Occidente (en otras culturas la discriminación es exponencialmente mayor), a pesar de sus valores democráticos, y es solo en el último siglo que los Derechos Humanos de las Mujeres han sido reconocidos y aún se lucha por su plena vigencia. Algo avanzamos porque hasta el siglo XIX la esclavitud era generalmente aceptada en las leyes de muchos países del mundo, hasta en los Cristianos porque más peso tenía la tesis errada de un filósofo pagano precristiano de la Antigüedad Griega que la Doctrina de Cristo, la nefasta tesis de “La Esclavitud Natural de los Hombres” de Aristóteles. Las mujeres aún sufren tratos discriminatorios, son muchas veces víctimas de los prejuicios y no se les reconoce igualdad de derechos, no solo en los campos laboral y económico (igualdad de salarios), también la discriminación se extiende a la vida académica y hasta en el campo científico
?Cuántas mujeres fueron invisibilizadas en grandes logros científicos para otorgarle méritos solo a hombres aunque ellas aportaron más como científicas? Que la brillante, erudita y admirable Doctora Rosa Amor del Olmo tenga la valentía y la sinceridad de exponer sus reflexiones y sus experiencias personales para combatir la discriminación contra las mujeres en la Literatura, en la Academia y en las Universidades no la convierten en megalómana, calificarla erradamente así solo es posible para quien ignora la realidad y desconoce su alma generosa, altruista y su humildad que no le impide el trato franco y su valor para llamar las cosas por su nombre. Cada columna de la genial Rosa Amor del Olmo es fuente de conocimiento y está inspirada en su pasión por la Literatura y su amor por la Humanidad. Ella es inspiradora, una prueba viviente de la excelencia y de la capacidad intelectual sin límites de las mujeres, la mejor mitad de la Humanidad. Es increíble cómo algún delirante en lugar de lanzarle flores le dirija palabras con la intención de menoscabar sus grandes méritos, quizás simple envidia, quizás mediocridad incurable. Quiera Dios que mujeres geniales como la Doctora Rosa Amor del Olmo se multipliquen, aunque ella es única.