Destacado representante del fértil periodismo gallego, Augusto Assía destacó por su cosmopolitismo sin perder nunca la savia de sus raíces. Fue un maestro a la hora de elevar el detalle a la categoría de acontecimiento, como muestra en este retrato de Salvador Dalí, con el pretexto del Cadillac del maestro surrealista. Sección coordinada por Juan Carlos Laviana.
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Según leo en declaraciones sobre «La secreta boda de Gala y Dalí», hechas al periodista Emilio Casademont, por el sacerdote que casó a los dos extraordinarios personajes, uno de los efluvios del acontecimiento que más intrigado me tiene es el del coche utilizado por los novios para, conduciendo Gala, trasladarse a la capilla donde la ceremonia tuvo lugar. El capellán mosén Juan Juanola, descubrió ahora el coche, un Cadillac, en el Museo-Teatro Dalí de Figueras, «donde es una de las exhibiciones que ocupan el patio del visitadísimo centro», dice mosén Juanola, y agrega que «nunca Dalí explicó por qué lo mandó poner allí, aunque siempre se ha sospechado que alguna razón poderosa le impulsó».
Que la bendición religiosa de sus amores fue uno de los actos que ha ejercido más influencia en la vida madura de Salvador Dalí pocos que le hayan conocido, o le hayan seguido, pueden dudarlo.
Además de la que descubre, ahora, mosén Juanola y que merece el mayor respeto, yo conozco empero otra relación del Cadillac con la vida de Dalí que, ya que se ha presentado la ocasión, quisiera contar, si usted, señor director, me lo permite.
Extravagancias y desvíos
Además del vehículo para conducir a Gala y Salvador Dalí al santuario de Nuestra Señora de los Ángeles, que esto yo no lo sabía hasta ahora, lo que yo sabía es que el Cadillac fue también el instrumento que llevó al padre del pintor a reconocer, por fin, después de muchos años, que quizá lo que el notario de Figueras consideraba «extravagancias y desvíos» del hijo «podían tener alguna insospechada sustancia y merecer algo más de aprecio que el que siempre le había concedido».
Las palabras que acabo de encamillar nos las dijo, a mí mismo y a María Victoria, mi mujer, Salvador Dalí, y las encuentro en uno de los papeles donde yo he ido recogiendo algunas impresiones de nuestra relación con gente famosa.
¿Me permite usted que transcriba algunos de sus párrafos?: “Hoy (el papel no tiene fecha pero debe de corresponder al invierno de 1951 o 52, y está escrito en Nueva York) debíamos tener Victoria y yo, nuestro habitual almuerzo con los Dalí que nos habían citado, como de costumbre, en el «Pavillón» pero compareció sólo Salvador disculpando a Gala con unas palabras de trámite”.
Una botella de vino
“Como suele, en ausencia de Gala” (continúa el papel) “Dalí está más locuaz y más espontáneo que en su presencia y empezó por decirme a mí que eligiera yo el vino francés que quisiera. A la pregunta de Victoria «¿pedimos media botella?», que es lo que hacemos siempre que está Gala y les toca pagar a ellos, porque Gala quiere gastar poco y que Salvador no beba (ella siente por el morapio un absoluto desprecio), la protesta fue explosiva: «No, no, una botella».
También como siempre que no está Gala, Dalí, que es un conversador extraordinariamente concreto, como Pla, como Xammar o como eran don Eugenio D’Ors y el profesor don Augusto Pi y Suñer, como tantos catalanes, nos habló fascinantemente de su vida.
—¿Y tu padre llegó a darse cuenta de que tenía en ti a un hijo genial y una figura universal? —le preguntó María Victoria, que también pregunta siempre muy concretamente aunque, como buena gallega, contesta más vagamente que pregunta.
—Hombre, tanto como genial y universal no sé, pero desde luego, cuando después de la Guerra Civil nos vio llegar a Gala y a mí en un Cadillac y descubrió, al abrir Gala el bolso, que lo traía lleno de dólares, se produjo en mi padre un rápido y reflexivo cambio de opinión. Pensó, sin duda, que si unas mamarrachadas como las que yo pintaba podían transformarse en dólares y Cadillacs quizá fueran algo más que mamarrachadas y, desde entonces, se reconcilió bastante conmigo —contestó Dalí, que a seguida, y valiéndose del enorme encanto que le adorna cuando se baja del pedestal exhibicionista, nos contó que el primer disgusto serio con su padre tuvo lugar cuando Dalí vino a Madrid, para estudiar en la escuela de Bellas Artes y vivía en la residencia de estudiantes, dirigida por Jiménez Frau y donde habitaba también García Lorca.
Regalo generoso y práctico
«Queriendo hacerme un regalo generoso y práctico, mi padre le encomendó a Espasa-Calpe que me mandasen toda la enorme retahíla de la enciclopedia, y ya os podéis suponer el pitorreo causado en la residencia», dijo Dalí, que explicó cómo le pareció que aquello exigía, por su parte, una venganza.
«Se aproximaban las navidades y, arrancando una de las pastas de uno de los tomos, le puse unas palabras de felicitación con toda la impertinencia que se me ocurrió, la cual no debía de ser poca, y metí la tapa en un sobre dirigido a la notaría».
Dalí agregó lo que, sobre la fase siguiente le contó, llorando, su hermana.
Al subir de la notaría, el padre exhibió todo orgulloso el sobre, todavía cerrado, y lo depositó en el tablero de la chimenea diciendo «el chico nos manda sus últimos dibujos y vamos a dejarlos, para verlos con calma, hasta que acabemos de comer».
Sortilegio
Entre aquel día y la llegada del Cadillac con Gala al volante debieron de pasar cerca de veinte años; si más y en todo ese tiempo se profanaron el nombre de figuras y el prodigio del sortilegio. Dalí agregaba, sobre el Cadillac, los dólares electrizados del sortilegio. Dalí entregó a Gala lo mejor de lo mucho que los legendarios hechiceros le habían convertido. Así lo tiene y como está bien ha compartido con solventes en Nueva York, cada año, cuando vienen, se traen el barro para que al regreso, les sea permitido volver a entrar en España.
En ese punto cabal le agregué que antes de devolverle a Gala y al hotel Sherry donde, como siempre, se hospedaba, pasásemos por la galería de arte. Allí se hacían las ceremonias de las personalidades clásicas que frecuentan y se volvían descaradamente en su paso mientras el pintor se esponjaba en su gloria.
Al buscar el papel de que hablo, encontré otros, sobre Dalí, empezando con que dejó depositada la descripción de una conferencia con que acompañó a dos galgos atados con cadenas de seda y metidos en un traje de bucear, inauguró la exposición de su obra en las Burlington Galleries de Londres el año 34. Ya surgirá otra ocasión para reproducirlo, señor director, si usted me la concede.
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Artículo publicado en La Voz de Galicia el 4 de noviembre de 1984


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