«La literatura es, en estos tiempos, un modo de vivir corriente. Cualquier loco puede ganarse la vida con la literatura». Esta frase fue publicada en 1899 en la novela El ladrón aficionado, escrita por Ernest William Hornung. Posiblemente muchos no sepan quién es, pero a mí me habría encantado estar en alguna de sus sobremesas familiares, porque era el cuñado de Arthur Conan Doyle. Imagino que debió de surgir algún entrañable desencuentro entre ambos, porque Ernest decidió inventarse un personaje totalmente opuesto a Sherlock Holmes: un ladrón encantador que habitaba en el margen opuesto de la ley. Lo llamó Arthur J. Raffles, cuyo nombre me resulta menos atractivo que el de nuestro famoso Holmes, pero el caso es que el autor hizo sus pinitos sin dejar de meterse con su cuñado. ¿Tendría razón? Quiero decir, ¿cualquier loco puede entregarse a este oficio y dedicarse a escribir? Sin duda. Otra cosa es que le vaya bien y pueda vivir de ello, y ya no digamos que lo recuerde alguien cuando comiencen a pasar las páginas del tempo.
Lo natural, creo yo, es que el autor termine por ser olvidado. Pero ah, qué delicia si sus personajes y sus historias lo sobreviven. A veces se consigue sin querer, porque el remolino de una moda súbita alce la novela; en ocasiones, los premios las reconocen. Pero mi experiencia me dice que es el boca a boca el que asienta las historias. Eso, y las lecturas obligatorias de los colegios, que de forma cíclica sitúan clásicos entre los más vendidos. Pero pocos autores se conforman con ese tipo de eternidad que habita en las páginas. La mayoría busca el reconocimiento. La palmada en la espalda, la masa de lectores esperándolo en una fila o en un evento. Y los premios, oh sí, los premios. Recibirlos no importa solo por la remuneración económica que impliquen, sino por ese currículum que después se podrá escribir con letras más grandes y doradas, y por ese caché que aumentará a cada bolo literario al que haya que acudir. Lo cierto es que la limpieza de algunos de los galardones más suculentos se cuestiona siempre, y por ello el reconocimiento que se ha inventado AENA ha revolucionado el panorama.
Se dice, se comenta, se rumorea, que el 17 de marzo se anunciarán los finalistas de este nuevo laurel, cuya inversión económica —un millón para el ganador y treinta mil euros para cada uno de los cinco finalistas— ha alzado las cejas de muchos. Su despliegue posterior, con adquisición de ejemplares y una amplia distribución, ha añadido asentimientos apreciativos, llenos de asombro. El hecho de que el premio lo convoque AENA, del Ministerio de Transportes, y no el propio Ministerio de Cultura, resulta desde luego sorprendente, y las reticencias y suspicacias han salpicado cada uno de los comentarios dentro del gremio literario. Sin embargo, que sea Rosa Montero quien ejerce la presidencia del jurado parece asentar cierta serenidad al revuelo, porque su prestigio, elegancia y saber hacer en el mundo literario me resultan personalmente innegables. La propia web de AENA manifiesta que el premio dispone de una alianza con la Cátedra Vargas Llosa y con la Fundación Gabo, por lo que la intención de afianzar lazos con el otro lado del océano parece evidente. Con más curiosidad que verdadera expectación, solo queda observar la jugada y, desde la prudencia, ver el tipo de obras que serán seleccionadas y la limpieza de ese filtro sobre trabajos ya publicados. ¿Será posible? ¿Tendremos ante nosotros el Booker Prize de Reino Unido o el Goncourt de Francia? Ya sé, ya sé que en España disponemos del premio Cervantes, pero como por lo general se entrega cuando el autor o autora está, digamos, en el atardecer de la vida, el hecho de que te convoquen a reconocimiento semejante es posible que te inspire cierto desánimo.
Así pues, como en este juego se aprende todo el tiempo, seremos como el personaje que se inventó el cuñado de Conan Doyle: en vez de ladrones, escritores. Cualquiera podrá hacer este trabajo, siempre que sea consciente de que nunca dejará de ser un aficionado.


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