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El juguetero y el pueblo, un cuento de Ludo Bermejo

El juguetero y el pueblo, un cuento de Ludo Bermejo

Imagen de portada: ‘Child with Toys’, de Pierre-Auguste Renoir (1895-1896).

El relato que presentamos hoy quizá sea el más breve que hemos publicado en la Escuela de Imaginadores desde que iniciamos nuestra colaboración con Zenda. Al mismo tiempo, también es uno de esos cuentos perfectos, con vocación de artefacto, en el que todo —tono y atmósfera, trama y desenlace— encaja como si formara parte de un mecanismo de precisión.

El imaginador Ludo Bermejo (Madrid, 1977) imparte talleres de escritura fantástica y mereció el Premio Domingo Santos que otorga la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, es autor de la novela El triunfo de la alquimia (Ed. Cazador de ratas) y ha sido incluido en antologías como Las más extrañas historias de amor (Ed. Reino de Cordelia) o Dark Fantasies (Ed. Sportula). Con «El juguetero y el pueblo» logra aunar el encanto que relumbra en cada línea con la frialdad de los autómatas, guiándonos hacia un desenlace de alta impronta conceptual.

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El juguetero y el pueblo

El juguetero despierta con un respingo. Es medianoche, y la luna ilumina un pueblo en miniatura que se extiende por el sótano. Durante unos segundos solo se escucha el canto de los grillos; entonces, de repente, el juguetero estalla en un ataque de tos. Gotitas de saliva inundan los tejados diminutos, las plantaciones se inclinan por la fuerza de sus estornudos. Cuando el ataque termina, el juguetero se descubre arrodillado frente al pueblo con las manos alrededor de su garganta. Tose una última vez, después respira hondo, se levanta como puede e inclina su corpachón sobre la maqueta. Apenas posa la vista y ya encuentra cosas a mejorar; endereza los árboles y separa las piedras, coloca las colinas, arranca las malas hebras de los maizales. Anota cada cambio en una libreta con caligrafía diminuta. Cuando termina con el escenario comienza con sus habitantes. Uno a uno, recoge los muñecos y los lleva a un escritorio repleto de herramientas. Con ayuda de su lupa comprueba las figuras; algunas están impecables y solo tiene que darles un poco de cuerda. En otras encuentra abolladuras, roces, alguna brecha. Entonces comienza a pulir y a lijar, a coser y remachar para dejarlas perfectas. Mientras trabaja golpea el suelo al ritmo de una música que nadie escucha. Pla, pla, pla, su zapato resuena en la penumbra. Así pasa la noche entera y cuando los primeros rayos de sol se cuelan entre las montañas, el juguetero termina el último arreglo, vuelve al taburete, se estira y da dos palmadas.

Y el pueblo, por fin, despierta.

Un perro de muelles se tambalea por la calle principal y asusta a un gato que zumba entre la maleza. Cantos de gallo metálicos inundan la calle y son respondidos por el tintineante balar de las ovejas. No tardan en abrirse puertas y ventanas para dejar paso a unos habitantes que comienzan con su día. Girando sobre sí mismo, un niño con forma de peonza derrama purpurina azul de un cubo. A punto está de manchar a otra jovencita que se bambolea para alimentar una bandada de picos cobrizos. Ocultos tras una esquina, jóvenes de piedra de río espían a la muchacha. En la iglesia, las campanas lanzan su repique mientras mujeres de paja arrastran sus cuerpos leves para limpiar los caminos. El pie del juguetero golpea el suelo; sus ojos saltan de un lado a otro sin perder el ritmo.

De repente, el traqueteo de un carro sobresalta a las viudas que se arrastran hacia el culto. Su conductor es un hombrecillo de plomo, sin articulaciones, que levanta el brazo para saludar a las señoras mientras un reflejo de plata se acerca por su izquierda. Todo pasa en dos segundos: los gritos, el chasquido de las riendas, los ruedines del caballo que, después del accidente, quedan girando en el aire. Ya es demasiado tarde; la niña de hojalata yace aplastada, sus resortes esparcidos por el musgo. Todo se detiene. Niños y adultos llegan a la carrera, entre saltos, deslizándose por los caminos. El juguetero se levanta del taburete, inclina su cabeza para observar la escena, anota en su libreta, vuelve a sentarse. Continúa golpeando el suelo.

Tap. Tap. Tap.

Desde el extremo de la calle aparece una silueta que corre hacia el accidente. Es una mujer de arcilla y a cada paso que da se rompen un poco sus piernas. Cuando llega frente a los restos de la niña ya solo le quedan muñones, pero escarba entre los restos metálicos, recoge una rueda dentada y la eleva hacia el cielo como si pidiera clemencia. El juguetero anota con furia. De la nada aparecen muñecas de velos negros que arrastran a la mujer de vuelta a su casa mientras hombres de corteza dura recogen lo que queda de la niña. El juguetero apunta, frenético, sin abandonar el ritmo de su pie izquierdo.

Tap. Tap. Tap.

Con el calor de la tarde las calles se quedan vacías. Un burro tiembla al inclinarse en el pesebre, una muchacha de hilo se enreda con un joven de madera tierna. Entre los árboles zumban abejas invisibles. La pluma del juguetero vuela. Pla, pla, pla, pla, sigue sin pausa. Llega por fin la tarde y se abren todas las puertas. Los habitantes del pueblo avanzan hacia la iglesia vestidos con paños negros y rostros pintados de luto. Algunos renquean, otros saltan; los hay que se arrastran o que avanzan de lado. Encabeza la procesión un hombre de barro que carga con la mujer sin piernas; sus rostros están desfigurados por el surco de las lágrimas. En la entrada a la iglesia aguarda el párroco envuelto en su paño negro. Todos los habitantes entran en el edificio y se cierran las puertas. Con un crujido, el juguetero se alza, acerca las manos para levantar el techo del templo y, de repente, sus rodillas tiemblan y a punto está de caer sobre el pueblo. Cuando las puertas vuelven a abrirse, el juguetero está de nuevo en su taburete; aún golpea el suelo, pero a un ritmo cada vez más lento.

Los hombres de corteza abandonan la iglesia con una caja de plata sobre sus hombros ásperos. Todos les acompañan: los de piedra y los de palo, los dorados y los ocres, los lisos, los detallados, los que se repararon mil veces y los recién forjados. La pluma del juguetero lo registra todo, sigue precisa, pero ya no vuela. Al llegar al cementerio, las gentes alzan sus brazos, muñones, tuercas, hacia el cielo. Después, con infinita delicadeza, levantan un tocón de goma y depositan el féretro. Solo el juguetero distingue la figura escondida tras la acequia. Tallada en asta de hueso, con su guadaña de plata, la Muerte espera su recompensa. Es lo último que distingue el juguetero antes de caer rendido, las manos sobre su libreta.

Acaba el réquiem y todos vuelven a sus casas para terminar el día, pero ya no queda nadie que apunte sus cenas. El juguetero se desmadeja sobre el taburete, el rostro caído sobre el pecho. Durante unas horas, solo hay silencio. Entonces, cuando la luna regresa, las puertas vuelven a abrirse y los habitantes salen de sus casas para abandonar el pueblo. Arrastran cuerdas, poleas, escaleras. El carro del hombre de plomo transporta un bulto cubierto con lona oscura. Atraviesan maizales y bosques hasta llegar a los límites de su mundo, justo a los pies del juguetero. Entonces se miran unos a otros.

Y comienzan.

Los más fuertes sujetan las escalas, los livianos suben para colocar cuerdas y poleas. Los articulados ascienden ayudados por el peso de los de piedra. Suben y suben hasta el pecho del gigante y, cuando ya están afianzados, comienzan a hurgar, a retorcer, a tironear hasta que, con un chasquido, cae la tapa que esconde el corazón del juguetero. Quitan entonces la lona del carro, atan las cuerdas a la llave gigantesca, la alzan con dificultad, la introducen con delicadeza, la giran con brío, una, dos, cien veces. El pie del juguetero vibra, se alza, cae al suelo.

Tap.

Ya apenas les queda tiempo. Cierran la tapa, bajan la llave y regresan. En el camino de vuelta algunos se quedan sin cuerda, pero les suben al carro los que aún aguantan. Al llegar a sus casas se despiden, regresan a sus camas, todo se detiene y solo quedan despiertos los lobos de cuero, que nunca duermen, y el párroco, que arrastra la llave para esconderla bajo el altar de la iglesia. Apenas termina de hacerlo cuando de la boca del juguetero brota un cuco que anuncia la medianoche.

Y cuando el pájaro deja de cantar, el juguetero despierta.

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