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El odio cansa

El odio cansa

Imagen de portada: Capricho 23, De aquellos polvos, Francisco de Goya, 1799

En una España tan visceral aún hoy en día —por no decir mucho más que antes— no deja de resultar sorprendente que a la gente le revuelvan las tripas las mismas razones que hace siglos o décadas. Nadie mejor que Goya supo crear ese pictórico espejo a base de lienzos y grabados en el que reflejarnos. Seguimos siendo monstruos horrendos, quizá maquillados con filtros, IA, operaciones estéticas o implantes de pelo, quizá con ropas menos raídas, pero los mismos monstruos.

En uno de los deportes nacionales, el del masoquismo —yo lo practico como estudio antropológico—, somos de leer los comentarios de las noticias para palpar el termómetro de la sociedad.

Los exabruptos de energúmenos, lanzados como piedras al otro lado de una tapia que impide ver a “los otros”, son rancios y pobres. Y lo son tanto que escatiman las letras, como si escribir se hubiese convertido en una contracción de letras voladas para ahorrar tinta o papiro.

"Pocas sociedades han sabido entender y promover la tolerancia como elemento de desarrollo humano"

Estudiar la Historia sirve para comprobar que el odio es un combustible fósil inagotable. Pocas sociedades han sabido entender y promover la tolerancia como elemento de desarrollo humano. Entre esos escasos periodos suelo fijarme en los normandos en Sicilia, consiguiendo hacer de la isla un remanso de convivencia entre diferentes religiones, donde el arte y la cultura servían a la convivencia. Recomiendo leer Un sultán en Palermo, de Tariq Ali.

Otro escaso periodo que con gran suerte hemos vivido los que respiramos este aire fue la construcción de la Europa sin fronteras. Algo que parecía casi utópico se logró a base de muchos sacrificios. Con sus numerosos defectos, la solución de la Europa unida ha sido el mejor proyecto de internacionalización y defensa de los valores democráticos y universales.

Solo la pinza compuesta por la tenaza de los bárbaros, de los incultos, de los violentos y totalitarios ha puesto en jaque un modelo que, aun necesitando continuos golpes de buen orfebre, pone por delante la razón y la ciencia frente a los intereses egoístas de un capitalismo exacerbado que no entiende de patrias, lenguas ni banderas.

La gasolina del odio, en manos de auténticos sádicos sostenidos por legiones de jíbaros, se extiende a golpe de lecturas e interpretaciones hechas en diagonal o de titulares de 55 caracteres.

"Alimentar el odio, ya sea el heredado, el adquirido, el respirado o inventado, impide avanzar a las sociedades"

Ese odio alimenta a unos o les sirve de moneda, mientras a otros nos cansa, nos agota, nos absorbe vitalidad y fe en el futuro o el progreso. A menudo, después de remar tanto, de ganar altitud en la montaña, nos hemos convertido en Sísifos que son incapaces de entender que no se trata de empujar la piedra de forma pertinaz, sino de aprender a que la roca no se precipite al tocar la cima.

El director Julio Medem —tan críptico como quirúrgico, tan explícito como ambiguo, dependiendo de cada obra— desnuda ese odio en su película 8. Su esfuerzo es inútil, porque solo nos revuelve el estómago a los que poseemos ese órgano digestivo donde Platón situaba el alma concupiscible.

Aquí residían para el maestro los apetitos y deseos más bajos, desde el asociado con el hambre y la comida hasta el del placer y el deseo carnal. Frente a este polo pasional de los instintos, el cerebro era el contrapeso para frenarlos, y de este modo alcanzar la virtud y el equilibrio.

La analogía que establece Medem entre la consanguinidad de las llamadas Dos Españas, condenadas a matarse históricamente —pero también condenadas a entenderse—, es un nudo gordiano que une los extremos.

Alimentar el odio, ya sea el heredado, el adquirido, el respirado o inventado, impide avanzar a las sociedades, dejando el rumbo en manos de unos realmente pocos malvados, que usan al resto para atizarse con garrotes mientras los primeros jalean, aplauden, brindan y se enriquecen envileciendo a los demás.

"Las sombras proyectadas en la Caverna de Platón, la Peste contagiosa de Camus o la Ceguera del ensayo de Saramago comparten ese binomio de miedo y odio"

El odio cansa, agota, alimenta y regurgita, y casi siempre genera un vómito ácido que es necesario expulsar. Por eso la gente lo nutre, lo usa, lo dirige y hasta mercadea con ello. Porque al final, ver la diferencia en el de enfrente, el de la otra comunidad, el de otro país, el de la otra acera, como si supusiera un problema, sirve para esconder la desnudez de la empatía, de los conocimientos, de los traumas y complejos propios.

Y sobre todo porque, sentados en la mesa, armados de vasos que chocan con la única sangre cromática del vino bajo la luz tenue de la vela, nadie podría distinguir de qué lado del pie cojea cada una de esas Españas, cada una de esas personas que componen el verdadero puzle sin fronteras, patrias o banderas que es el Planeta.

Porque las sombras proyectadas en la Caverna de Platón, la Peste contagiosa de Camus o la Ceguera del ensayo de Saramago comparten ese binomio de miedo y odio tan efectivo.

Y aunque la utopía de matar el odio me persiga, no dejo de disfrutar de los mundos sonoros en los que en vez del ruido prefiero escuchar a Willy de Ville y a Mark Knopfler tocando “Storybook Love”, de la película La Princesa Prometida, del recientemente asesinado por otra esquirla de metralla del odio. Sit tibi terra levis, Rob Reiner.

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