En la imagen, Louis Prevost tiene un rostro encendido, pero sonríe. Es él quien, abriendo los brazos, se acerca a su hermano. Robert lleva el solideo ajustado a la coronilla y viste la casulla roja. Su tejido es pesado y solemne. Al abrazarlo, Louis le palmea la espalda —y, por tanto, la casulla— cuatro veces. Robert deja caer la cabeza en el hombro de su hermano. Detrás de Louis, aguardan en fila las últimas autoridades. Cuando termina el abrazo, hablan. Lo hacen por más tiempo del que permite el protocolo. Aunque ambos se muestran distendidos, Louis mueve los labios con rapidez. Sus palabras parecen urgentes. La carcajada final —su resonancia se impone al ruido de los flashes— tiene el aspecto de una despedida. Louis, tras compartir con Robert las levedades que son propias entre hermanos, dice adiós a quien ha iniciado ya su particular crisálida hacia la divinidad. Además de la vestimenta —Louis viste un traje oscuro, camisa blanca y corbata azulada—, los separa el espacio. En la basílica de San Pedro, los movimientos iniciáticos de León XIV se esparcen por sus superficies pulidas y las pilastras; también por los pliegues de la monumental escultura que preside el encuentro. La ornamentación y los procelosos detalles bíblicos enuncian la divinidad y separan a quienes, en algún momento de sus vidas, compartieron dormitorio o se sentaron a la mesa de una modesta casa a las afueras de Chicago. Un espacio, el de la basílica, que pronto absorberá los gestos ecuménicos de Robert y los volverá de mármol: sentado en el trono de Pedro, León XIV ya observa la orilla que Dios reserva a sus representantes, sabiendo que en ella no estará su hermano. Se trata, pues, de una doble despedida, que bien podría extenderse hacia los muchos territorios que se retuercen frente a la liturgia y en los que una palabra a media voz tiene más valor que todos los grandes verbos proclamados desde el púlpito. A ras de tierra, entre feligreses con nombres y apellidos, bajo el sol de Chiclayo y sus aromas opuestos: lugares y conflictos en los que Robert pudo remangarse y ser hombre, un igual entre iguales, un puente construido con las manos de quienes huyen hacia la salvación. Un muro, en definitiva, levantado por él mismo en contra de la violencia y al que ahora debe renunciar a favor de las columnas de la basílica de San Pedro y los mortuorios verticales que allí enuncian la ultimidad del ser humano.
En su magistral crónica titulada El pastor y los lobos, Santiago Roncagliolo lo explica con claridad. «En realidad —dice—, siempre ha habido dos bandos, dos maneras de entender la divinidad, en cierto sentido, dos dioses. Para unos, Dios está aquí abajo, en la tierra, encarnado en los que sufren: las mujeres maltratadas, los pobres, los desheredados. La salvación se consigue ayudándolos a ellos, haciendo del mundo material un lugar mejor. Este Dios puede causar polémica porque la categoría de desheredados puede incluir a delincuentes, prostitutas o guerrilleros y porque, en esos casos, nos obliga a actuar en favor de ellos. Para otros, Dios es un señor riguroso que nos mira desde arriba y nos reclama mucha oración y castidad. A cambio de un comportamiento más o menos correcto, ofrece el cielo. Es un trato justo y sencillo de entender».
Entre esos dos bandos se debatió Robert Prevost antes de su proclamación, y entre ambos se debate, a tenor de la lectura de la crónica de Roncagliolo, León XIV. El abrazo a su hermano Louis es, además de una despedida, una decisión. Una decisión que, por su envergadura y por las muchas asociaciones que se trenzan en torno a lo divino, le obligará a renunciar a los moldes menos suntuosos de la fe, y puede que a la misma feligresía que le posicionó dentro de la Iglesia —también dentro del mundo— y a la que debe sus propias credenciales ante Dios.
Santiago Roncagliolo es uno de los mejores narradores de no ficción de la literatura contemporánea. El pastor y los lobos, que sigue la estela de Abril rojo y Líbranos del mal, es nueva muestra dentro de un género en el que traspasar la línea de lo ensayístico, del análisis circular o de la misma hagiografía del personaje, además de sencillo, resulta tentador. Tensar, del modo en que lo hace el novelista limeño, la aproximación a la persona y al personaje, a su contexto personal y a los muchos contextos que amplifican el poder; abordar el pensamiento de Robert Prevost —desde su ingreso en la Orden de San Agustín hasta su nombramiento como prefecto del Dicasterio para los Obispos, pasando por su período de inmersión peruana entre los años 1985 y 1999— creando un verdadero entramado narrativo en torno a su figura y a la de quienes sabotearon su acción clerical para destruirlo es posible si el autor, en este caso Roncagliolo, asume como propia la búsqueda del personaje. La búsqueda de Prevost es la de la fe: fe en el Dios primero, al que solo cabe rendirle cuentas con la revocación del dolor ajeno y la sobriedad. Y este, el dolor, es el dolor de los débiles y de los justos; el dolor de quienes sufren a espaldas de las estructuras de poder; el dolor de las víctimas de abusos sexuales a quienes la Iglesia, durante décadas, lejos de protegerlas, ha blindado su silencio recurriendo a las derivaciones menos impactantes de la violencia, pero igual de efectivas (la burocracia, la calumnia, el aislamiento colectivo o la asfixia judicial). Fue esta búsqueda la que llevó a Prevost a enfrentarse con maquinarias muy poderosas, como las del Sodalicio, y a aliarse con periodistas de investigación, como los también peruanos Paula Ugaz y Pedro Salinas, quienes denunciaron los numerosos casos de abuso sexual dentro de la orden sodalicea y con los que el futuro papa se alineó desde la acción efectiva, a pesar de las acusaciones de encubrimiento que más tarde recibió. Búsqueda, pues, culminante, y quién sabe si interrumpida por los siseos vaticanos que se remueven en el terror. La misma que emprende Santiago Roncagliolo desde el inicio de la narración, cuando el papa Francisco acude en viaje oficial a Chile y se enfrenta, por primera vez, a un frente de denuncias por abusos sexuales que es el espejo de una violencia soterrada bien conocida por Francisco; violencia impúdica y en muchos órdenes abisal, que protege a quienes hacen del dogma un retorcimiento que únicamente puede combatirse en masa. Es la misma violencia que la vivida por el escritor, en su caso de puertas hacia dentro y en soledad; violencia patriarcal, por momentos inexplicable, que contradecía la propia figura marcadamente revolucionaria de un padre al que el mismo hijo aprendió y desaprendió a reverenciar. Es esta estructura bifocal uno de los aspectos más valiosos de la obra de Roncagliolo, porque, además de humanizar su voz narradora —el pasaje en el que decide, llegado a su adolescencia, vivir con su padre para que este cese en la violencia contra su madre resulta estremecedor—, le emparenta con un personaje, Prevost, cuya observación parte de un desequilibrio natural. Sin embargo, ambos tienen en común un deseo por acceder a través de la palabra a lugares indefinibles donde el horror dicta su propio reglamento.
Lugares en los que erosionar la injusticia es un acto de fe. La fe convertida en espacio —una estructura que prolonga nuestros intangibles más profundos— siempre permite las segundas oportunidades y también la encarnación de todo aquello que, en un plano racional, nunca debería existir. Así lo define Roncagliolo cuando, de pie, frente a la urna de su padre y sabiendo que un puñado de polvo callado e inofensivo no le representa, intenta recordarlo más allá de lo infernal. Entonces, afirma: «En cierto modo, cobro conciencia de que estoy hablando con un montón de cenizas. Y descubro un nuevo aspecto de la religión. Precisamente ese esfuerzo para que las palabras hagan algo que claramente no pueden hacer, ese intento de que el lenguaje acceda a lugares inaccesibles, que quizá ni siquiera existan, se llama rezar».
Desconozco si es aceptado decir que el estilo de Santiago Roncagliolo se encuadra en lo que algunos críticos denominan thriller de no ficción. Pero, si así fuera, el autor limeño es uno de sus máximos exponentes. Su estilo tiene una fluidez fuera de lo común. La estructura de El pastor y los lobos, como una disposición de capítulos breves, con finales en los que lo nuclear deja paso al interrogante y, más tarde, a la introspección, hace que la lectura adquiera un grado de viveza, incluso de trascendencia, que en este caso es consustancial al personaje y a la voz que intenta descifrarse en sus alrededores. No es sencillo descifrar a Prevost desnudando sus contextos y menos aún arrancarse los prejuicios que, en el mejor de los casos, habrían permitido nada más que la equidistancia. Santiago Roncagliolo lo hace y, por tanto, regresa por la puerta grande a ese lugar por el que León XIV ya siente una profunda nostalgia.
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Autor: Santiago Roncagliolo. Título: El pastor y los lobos. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros.


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