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Escándalo e inocencia del ángel de la batalla

Escándalo e inocencia del ángel de la batalla

Desde muy niño una parte de mi vida pasó siempre por Francia. Conozco su cultura y sus paisajes tan bien como los del país en que nací. Puedo moverme a lo largo de París —el París adoquinado en torno al Sena, pero también otro inmortal— con la misma facilidad con que lo hago por Rouen (y sólo pondría la inevitable excepción de Carcasonne: tan difícil es entrar y salir de ese lugar que en ocasiones hasta me olvido de su nombre). De todos modos, basta con haber recorrido una pequeña parte del país para reparar en una cosa: vaya donde uno vaya, hasta en el rincón más inesperado siempre te aguarda un obelisco. Elegante, egipcio, con flores a los pies, y abarrotado de nombres que han sido tallados junto a una casi idéntica fecha de defunción. Esos obeliscos son los últimos lugares sagrados de un país que hace dos siglos desacralizó todos sus templos (y en el que se ha permitido, dicho sea de paso, que continúe esa desacralización.) Están hasta en los pueblos más pequeños: cerca de Rochefort-en-Terre, en una recogida población que nunca superó los cien habitantes, descubrí un obelisco en el que se agolpaban veinte nombres. Se encontraba junto a un río, muy cerca de un estrecho puente de madera, medio oculto tras una casita en ruinas. Veinte nombres, señor, se dice pronto: una quinta parte del pueblo, y salvo por los niños y los muy ancianos, casi la totalidad de sus hombres, de modo que no era ninguna sorpresa que se repitieran aquí y allá los apellidos. Las fechas de nacimiento desvelaban una humilde trama de hermanos, padres, tíos, incluso abuelos, gente sencilla de un sencillo pueblo de pescadores a los que cierto día un documento administrativo arrancó sin mayores explicaciones de sus hogares. Las fechas de defunción, al menos, mostraban un doloroso consuelo: los mayores de la casa no habían tenido que llorar demasiado tiempo la muerte de los más jóvenes, chicos de apenas diecisiete años que se habían visto obligados a abandonar sus cañas de pescar a cambio de un fusil, aquel enigma que unos tipos a los que jamás iban a ver por esos barrizales empapados de sangre donde estaban destinados a morir les habían puesto en las manos.

"Cocteau no retrató en su novela nada que no se encontrara dentro de las probabilidades de la vida humana, y menos aún dentro de las posibilidades de una guerra que devolvió a tantos patriotas ingenuos la noción de su propia mortalidad"

Incluso ese obelisco, en un pueblo prácticamente abandonado, tenía flores frescas a sus pies. Un homenaje así es suficiente para que hasta en una época embotada y descreída como la nuestra podamos comprender la huella tan profunda que dejaron por toda Francia las atrocidades de la Gran Guerra. También permite imaginar el escándalo que supuso para la sociedad francesa —con un muerto de media por familia— la aparición de Thomas el impostor. La Gran Guerra se había convertido en un quinto evangelio. Aquellos que habían caído en ella eran santos, mártires sacrificados. Insensible a todos esos cuerpos desmantelados, Cocteau había creado un personaje antipático para las mayorías que hacía tambalear el pedestal donde un país sobrecogido había depositado el ídolo del soldado abatido en aras de una causa, Thomas de Fontenoy, un jovencito que se pasea por el mundo como quien recoge espigas, que hace de las vísceras que los cañones desparramaron por Europa su macabro patio de juegos. Sin embargo, Cocteau no retrató en su novela nada que no se encontrara dentro de las probabilidades de la vida humana, y menos aún dentro de las posibilidades de una guerra que devolvió a tantos patriotas ingenuos la noción de su propia mortalidad.

El escándalo que provocó la publicación de Thomas el impostor era la única respuesta que podía esperarse de una sociedad embelesada a la que la guerra había despertado bruscamente de su propia estupidez. Otros, sin embargo, habían sabido leer entre las líneas de la actualidad y se habían preparado duramente para lo que vendría —“París era una ciudad abierta. Nosotros la ocupamos. Nuestra revolución comenzó en 1916”—, un proceso que al menos a Cocteau le permitió pisar el campo de batalla sin la cegadora necedad de sus compatriotas, que creyeron que partían a las trincheras a tiempo de regresar para la cosecha. Absurdamente, habiendo por detrás tantos intereses creados, soñaban con una guerra que iba a durar poco más de tres meses:

Tras el escándalo de Le Sacre du Printemps, me reuní con Stravinsky en Leysin, donde el músico cuidaba a su mujer. Allí terminé Potomak, que había comenzado a escribir en Offranville, en casa de Jacques-Emile Blanche, bajo la vigilancia de André Gide. A mi regreso a Maisons-Laffitte decidí que era matarme o renacer. Me encerré en mí mismo, me torturé, me interrogué, me insulté. Me destruí con mi aborrecimiento.

Conservé sólo mis cenizas. Llegó la guerra. Era entonces muy ágil en evitar sus trampas, en juzgar lo que venía con ella, lo que se llevaba consigo y cómo, al ocuparlo todo, nos libraba de nuestra propia tontería. Tuve la inmensa fortuna de pasar la guerra entre los Fusiliers-Marins. Poseían un increíble afán de libertad. Escribí sobre ello en Thomas el impostor.

Thomas es un muchachito enamorado de las armas que se hace pasar por el sobrino de una sacrosanta personalidad militar, y cada vez que pronuncia su apellido todas las puertas se abren ante él. Pero, a efectos de un lector de 1923, Thomas era una imposibilidad, una blasfemia, la mancha en el uniforme ensangrentado. Tal vez, sin embargo, el malestar que causaba el personaje de Cocteau le debía mucho a su propia inocencia, que es también la de Cocteau. Para Thomas, la guerra no era ni una solución (dudosa) a un problema (incógnito) ni desde luego una aventura; en su “afán de libertad”, parecía haber adivinado que “una guerra prolongada por extraños intereses, aferrada por fuerza a las ramas, no dejaba de ofrecer mejoras que propiciaban el inicio y la enseñanza de otras tantas cosas.” Toda esa tramoya del llamado “esfuerzo bélico” no era sino otro escenario más al fondo de la existencia. El cuadro provinciano dentro del cual se había desarrollado sin nada reseñable la infancia de Thomas, con prados y montañas ataviados de un suave embrujo romano, se había desplazado más allá de los bastidores para dejar su sitio a una ciudad pintarrajeada, con las fachadas reventadas, cascotes por todas partes y los adoquines levantados. Lo obligado era seguir el proceso de la existencia, un poco a la manera del sueño según la visión aureliana de Nerval, y hasta cierto punto casi con los mismos encantamientos. ¿Por qué uno debería ser otro en los momentos en que el mundo sufre un rapto? ¿Qué es más importante: la montaña o el yo? Thomas ni siquiera necesita hacerse esa pregunta. Objetos y personas son fenómenos pasajeros situados al otro lado de sus necesidades, de sus raptos igualmente pasajeros, pero mucho más relevantes (precisamente por ser suyos) que una temporal neurosis de la historia. Pese a todos sus atropellos —que en realidad carecen de malicia—, “le hubiera sorprendido comprobar que se estaba jugando la prisión”.

"Thomas el impostor apareció casi al mismo tiempo que El diablo en el cuerpo, publicada póstumamente justo cuando la novela de Cocteau provocaba pedradas en los escaparates"

Cocteau escribió Thomas el impostor el mismo año en que escribía su drama Orfeo —que Rilke (secretario de Rodin, y vecino de Cocteau en el hôtel Biron, en la rue de Varennes: su lámpara era la que cada noche Cocteau veía iluminarse en una esquina del hotel) acababa de empezar a traducir cuando murió—, en vísperas de la muerte de Raymond Radiguet, que en 1921 había escrito una historia que parecía contada por un mismo demonio familiar, y que a aquel poeta mimado por su tiempo, constantemente atacado por su amigo Maurice Sachs, le hizo “desengrasar su propia máquina” y aceptar que ser poeta consistía sobre todo en olvidar que uno lo era. Radiguet tenía entonces quince años, y llevaba en los bolsillos papeles arrugados, tomados de sus cuadernos de ejercicios escolares, que aplastaba con el puño y acercaba a sus ojos (era corto de vista) para leer los poemas que había escrito apresuradamente en ellos, “poemas que no debían nada a sus contemporáneos, que lo tomaban todo de la tradición pero también la reinventaban”. Aquel joven de modales tranquilos, que sonreía mucho y hablaba en voz baja, y que fue tortuosamente pintado por Modigliani, le dio a Cocteau algo más: es posible que de no haber llevado al adulterio —con la misma inocencia con que Thomas engaña a todo el mundo— a una joven prometida a un soldado destinado en el frente, Cocteau no hubiera escrito jamás esa obra translúcida que, fiel a su estilo angélico, se pasea como de puntillas, con delicadas alas en los hombros, sobre cadáveres y abominaciones.

Thomas el impostor apareció casi al mismo tiempo que El diablo en el cuerpo, publicada póstumamente justo cuando la novela de Cocteau provocaba pedradas en los escaparates. Tras su publicación, y para añadir un escándalo a otro escándalo (o para demostrar, en pocas palabras, que Cocteau no andaba equivocado: la sociedad, en cambio, sí), el libro tuvo muchos adeptos que se jugaron tanto o más que el impostor de su novela:

Ciertos libros atesoran muchas historias y su destino es distinto del de otros libros, aunque sean infinitamente más hermosos. Los niños terribles comparte este extraño honor (…) En cambio, Thomas el impostor es una historia, pero no una historia que cause dificultades. Durante la Liberación, casi siguió los pasos de Los niños terribles. Algunos jóvenes mitómanos perdieron la cabeza, adoptaron disfraces, cambiaron de nombre, y se veían a sí mismos como héroes. Sus amigos los llamaban Thomas el impostor y me contaban sus hazañas cuando ellos mismos no las estaban llevando a cabo. Pero hay pocos mitómanos que resulten idénticos a su leyenda. A los otros no les gusta que les desenmascaren. En realidad es muy sencillo. Un libro crea malentendidos de inmediato, o no lo hace jamás. Thomas el impostor nunca compartirá el éxito de Los niños terribles. ¿Qué puede hacer un mitómano con otro mitómano? Sería como un inglés haciendo el papel de un inglés.

Cocteau añadió a esa afirmación algo mucho más profundo que también le aplicó a Victor Hugo, aunque su inquietante color viene de Oriente: “La muerte de Thomas de Fontenoy es mitológica. Un niño juega a ser caballo y se convierte en el caballo. Un mitómano lee Los niños terribles. Juega a ser caballo y se cree que es un caballo.” En realidad Thomas de Fontenoy, ajeno a todo peligro, llevó, como Parzival, la vida de un poeta: es un niño que sueña con un caballo, que persigue al caballo y que pierde al caballo. Y cuando despierta —que es como caer en otro sueño— encuentra al caballo.

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Autor: Jean Cocteau. Título: Thomas el impostor. Traducción: Montserrat Morales Peco. Editorial: Cabaret Voltaire. Venta: Todos tus libros.

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