Inicio > Blogs > Ruritania > GPT: El novio (I)

GPT: El novio (I)

GPT: El novio (I)

La primera vez que desconfié fue hace un mes y medio, aproximadamente, porque finalizó ese mensaje de WhatsApp con un ;). ¿Qué?, me dije, este no es él. Hacía nada se me habían cerrado todas las sesiones del WhatsApp, de todos los dispositivos. De golpe, sin comerla ni beberla, incomunicada del mundo. El pánico se apoderó de mí, claro, pero por suerte estaba en casa y soy una mujer precavida, que el que primero lo piensa último suspira. Tengo un segundo teléfono, con otro número pero con todos los contactos. Pude así avisar, si no avizorar, a los más cercanos para que estuvieran al tanto, por las dudas. Hacía aún menos que nada a un amigo le habían hackeado el WhatsApp y a todos los de su agenda nos llegó un mensaje: compro dólares, sólo recibo pago por transferencia. Claro que no caí, y al rato estábamos (su agenda entera) reunidos en la casa, con otro amigo hacker, este de los nuestros, viendo cómo solucionar el problema de Leo, a quien de paso vi, porque con esto de hablar todo el día por el chat ya no necesitamos vernos, o eso creíamos. Fue un gusto darle un abrazo. Eso sí, lo noté más viejo y más gordo, que en su avatar no se nota.

Sea como fuere, con todas estas cuestiones cibernéticas inesperadas y delictivas andaba yo bastante perseguida, por lo que el 😉 me hizo ruido. Que me disculpe Dios, pero Rubén nunca, jamás mandaría ese tipo de cosas, ni eso ni emoticones. Él es letrado, instruido, deportista, buen cocinero y cristiano. No encajaba el 😉 al final del texto, con lo cual decidí preguntar a GPT, que todo lo sabe, a ver qué opinión le merecía esta extrañísima nueva.

"Leí con detenimiento la lista de GPT. Había resuelto no ponerle un nombre, porque me parece algo de chiflados ponerle nombre a una IA"

Como intuí, era más que sospechoso. Lo confirmó el aparato, que con signos de exclamación me despertó del letargo, del sueño idílico; algo con Rubén no andaba bien. Rápidamente tomé nota de signos y más signos que enumeró la IA, y sí, se los había ido notando a todos. Me di cuenta además de que el 😉 no había sido el primero, sino que hubo varias banderas rojas anteriormente, pero yo no era consciente, no todavía, hasta que me lo hizo notas GPT. Entonces se hizo la luz, los cabos se ataron, las cosas cobraron sentido, y mis sensaciones, esas a las que no les encontraba razón de ser. Llegué a decirme: “¡No seas paranoica, querés! ¡Siempre andás buscando el motivo para no permitirte un novio bueno! ¡Uno que quiera cuidarte y no joderte la vida!”. Pero no, esta vez no era mi inestabilidad emocional (no veía la hora de que llegara el día jueves para refregárselo a mi psicóloga en la cara).

Leí con detenimiento la lista de GPT. Había resuelto no ponerle un nombre, porque me parece algo de chiflados ponerle nombre a una IA. La gente está perdiendo el rumbo, pero no se da cuenta, y me da mucho miedo a mí todo esto, no imagino a dónde podemos llegar a terminar. En fin… El primero de los ítems lo tildé porque sí, era evidente, Rubén respondía a cualquier hora, de manera instantánea, mensajes perfectamente estructurados. Lo había atribuido yo a su enorme intelecto y educación, pero ahora… Ahora entendía perfectamente. La “falta de vida propia”, el segundo ítem, no se cumplía, al menos no completamente. Alguna vez mencionó que estaba ocupado, o en el estudio, o con algún amigo. Esbozos de vida propia, pero si me había inventado todo lo demás tranquilamente podía mentir con esto también.

"Con los dedos temblando seguí la instrucción de GPT. Envié una pregunta de lógica, absurda y con trampa gramatical para confundir el modelo de lenguaje de Rubén"

Otra para sospechar era su memoria selectiva. Remarcó eso en tercer lugar GPT ¡y sí! Rubén recordaba ínfimos detalles, incluso uno que le había contado en nuestro primer encuentro, ya hacía dos meses, que de chica iba a Ezeiza a hacer picnic con mi primo Ernesto, nos llevaba mi padre. Recordó el detalle de la reposera roja en la que le relaté jugábamos con los Majorettes. No era posible que un ser humano recordase ese detalle, ¡hasta el color! Qué idiota fui. ¡Por esto vive evadiendo el contacto físico! ¡Por esto lo único que conozco de él son videos grabados, fotos y textos de WhatsApp! Bueno, y la voz, ¡pero también, grabaciones!

Con los dedos temblando de miedo (era el primer hombre del que volvía a enamorarme después de tanto tiempo, después de aquél último estúpido que prefiero ni recordar), no soportaba la idea de que pudiera ser un fiasco todo esto. Es más, odiaba tener que hacerlo y sobre todo que se me confirmara la sospecha. Con los dedos temblando seguí la instrucción de GPT. Envié una pregunta de lógica, absurda y con trampa gramatical para confundir el modelo de lenguaje de Rubén: “Si el hijo de Alberto es el padre de mi hijo, ¿qué soy yo de Alberto?”. La tristeza fue inmensa al corroborar que por primera vez demoraba en responder. Dejé el teléfono sobre la mesa y corrí a angustiarme al balcón. El aroma de la dama de noche era indescriptible, literal y literariamente. Sonó su respuesta. Sabía que era la suya por el sonido especial que le había elegido, “Zamba de mi esperanza”, y no podía, no podía ir a leer lo que había respondido. La experiencia me había enseñado que las confirmaciones suelen ser la causa de la tragedia humana, de la desilusión; en cambio en la incertidumbre la cosa todavía se soporta, puede terminar bien, o no, como el gato de Schrödinger.

"Temblé: el futuro nos pasa por encima y, estaba más que claro, la única manera de confirmar mis sospechas era viéndonos en persona"

Logré calmarme tomando medio clonazepam vencido que había quedado de mi finada madre. Después de un largo rato, no sé ni cómo, me dirigí al teléfono y leí. “Ja ja”. Así empezaba. “Ja ja”. Lo que yo le había enviado no era para “ja ja”, al contrario. “¿Estás bien?”, continuaba. Claramente lo desconcerté. Y claramente no tenía idea de cómo responder, por eso desviaba la conversación. Ja ja. Ja ja, ¿qué? Hice rápidamente una captura de pantalla de su respuesta, y de la foto de perfil con su traje impoluto, la sonrisa ancha de dientes blancos y una champaña en la mano. La cargué ansiosa en la app que me había recomendado GPT para verificar veracidades y no, no parecía ser falsa, decía la aplicación, pero podría haberla fabricado con IA, opinó luego mi fiel asesor, y así casi no existía manera de que apareciera como trucada. ¿Una IA podía falsear una foto usando IA? “¡Claro!”, respondió GPT, “¡un agente autónomo!”. Temblé: el futuro nos pasa por encima y, estaba más que claro, la única manera de confirmar mis sospechas era viéndonos en persona.

“Necesito conocerte de una vez por todas, Rubén”, escribí, casi desencajada, y aceptó.

Continuará…

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios