Estamos a finales del mes de enero y dentro de dos semanas se celebra el Día de los Enamorados, así que, en “Sopa de libros”, vamos a hablar de grandes amores. Ya hablamos hace meses de amores atormentados, pero esta vez vamos a contar tres novelas que contengan grandes historias de amor, aunque el amor no sea el tema principal de la novela. Hay muchísimas bellísimas historias de amor en la literatura, pero para mí Stoner, de John Williams, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, y Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós, tienen tres historias de amor que a mí me impactaron especialmente.
Pero la que cae enamorada de Juanito Santa Cruz para siempre es Fortunata. Y ese amor, doloroso, que no recibe apenas nada a cambio, por un hombre que la ha abandonado y maltratado, para mí es una de las grandes historias de amor de la literatura.
Fortunata se termina casando con Maximiliano Rubín, que protagoniza otra historia de amor asombrosa, que le lleva a la locura. Cuando su tía le dice que no le va a dejar que se case con Fortunata, una pindonga, Rubín le contesta:
“—La quiero tanto que toda mi vida está en ella, y ni ley ni familia ni el mundo entero me pueden apartar de ella… Si me ponen en esta mano la muerte y en esta otra dejar de quererla y me obligan a escoger, preferiré mil veces morirme, matarme o que me maten… La quise desde el momento en que la vi, y no puedo dejar de quererla sino dejando de vivir. De modo que es tontería oponerse a lo que tengo pensado, porque salto por encima de todo, y si me ponen delante una pared la paso…”.
Pero Fortunata solo ama a Juanito Santa Cruz. Confiesa, después de muchos desengaños con los hombres, que es el único con quien se marcharía sin dudarlo. Le adora. Y aunque Rubín le ofrece casarse con ella y una vida estable, una casa, una posición, honradez, y ella acepta, y hasta deja que la metan meses en un convento, Fortunata no olvida a Juanito Santa Cruz. Después de casarse Fortunata y Rubín, el galán consigue encontrar a Fortunata, compra a su criada y se cuela en su casa. Y allí la espera un día, tan tranquilo, tan seguro de sí mismo, sentadito en la sala. Yo pensaba que cuando le viera, en su casa, Fortunata le sacaría los ojos, después de sus traiciones, pero ella tiene una reacción asombrosa:
“De repente (el demonio explicara aquello) sintió una alegría insensata, un estallido de infinitas ansias que en su alma estaban contenidas. Y se precipitó en los brazos del Delfín, lanzando este grito salvaje: —¡Nene! ¡Bendito Dios!”.
Y Juanito vuelve a traicionarla y ella vuelve a sus brazos una y otra vez. Hasta el final de sus días. A mí, el amor de Fortunata por Juanito Santa Cruz me parece increíble, me emociona y me conmueve. Hay miles de razones para leerse este novelón de Galdós, esta obra maestra, y la historia de amor de Fortunata es una de ellas.
Stoner, de John Williams, es uno de los libros de mi vida. Por muchas razones. Seguramente es el libro más emocionante que me he leído nunca. Y eso que cuenta la historia de un hombre gris, un profesor de literatura de la universidad, cuya vida no es ni muy emocionante ni muy especial, pero en la novela se cuentan de forma maravillosa sus grandes iluminaciones, los pilares que construyen su vida: primero la literatura, luego la paternidad, y al final, cierta sabiduría que le hace entender el sentido de la vida. Pero en medio, vive una de las más bellas historias de amor que yo he leído jamás, una historia de amor basada en la admiración, en el deseo, en compartir intelectualmente los mismos intereses, en el estudio, en la lectura, en el sexo y en el silencio. Deseo y aprendizaje.
Ambos eran muy tímidos y se fueron conociendo despacio, a tientas; se acercaban y se separaban, se tocaban y se retiraban, sin que ninguno quisiera imponer al otro más de lo que le fuese grato. Día a día caían las capas de reserva que los protegían, por lo que finalmente fueron como son los extraordinariamente tímidos: cada uno abierto al otro, sin protección, perfectamente cómodos y sin conciencia de sí mismos. Casi cada tarde, cuando acababan sus clases, iba al apartamento. Hacían el amor, y hablaban, y hacían el amor otra vez, como niños que no pensaban cansarse de su juego.
Stoner renace al lado de Katherine Driscoll, se reencuentra, es capaz de ser el hombre que siempre ha soñado, y encuentra a la mujer con la que siempre ha soñado estar (que creo que es lo más maravilloso que te puede pasar), pero sin embargo Stoner no es capaz de luchar contra sí mismo, ni contra la propia sociedad, contra la universidad, contra el matrimonio, contra la estructura familiar y social. Tendrán que leerse Stoner para conocer esta historia de amor que apenas dura treinta páginas en mi edición de bolsillo, pero que yo no he sido capaz de olvidar. No voy a contarles el final. Esta vez, no.
La tercera novela de la que quiero hablar es Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, publicada en 1813. Es una novela apasionante, llena de diálogos brillantes e inteligentes y de personajes inolvidables, que no solo cuenta una maravillosa historia de amor, sino que además cuenta la historia de dos personas que se dan cuenta de que se han equivocado. Y corrigen. Y actúan en consecuencia. Eso, en esta época, ya es excepcional, pero a principios del siglo XIX era una cosa revolucionaria.
Los Bennet son una familia que no disfruta de una gran posición económica, y tienen cinco hijas. Cuando un buen partido llega a la zona, se interesa por la hija mayor y la corteja. Y ahí empieza todo. Luego dejará de interesarse, después volverá a hacerlo, y en medio hay bailes, soledad, normas sociales, problemas económicos, una forma muy particular de ver el mundo y una serie de personajes extraordinarios. Y además están Elisabeth Bennet y Mr. Darcy. Y eso son palabras mayores.
Mr. Darcy representa el orgullo del que habla el título de la novela, y Elisabeth el prejuicio. Ambos se atraen desde el principio, pero no consiguen acercarse nunca, y cuando lo hacen saltan chispas. Ella es inteligente, divertida, le gusta leer y no puede soportar a ese hombre que la incomoda y la altera, pero por el que sin embargo siente algo muy difícil de definir.
Darcy es bellísimo, inteligente, serio, seguro y muy rico, pero es un tipo muy orgulloso. Darcy opina que la mujer perfecta debe ser una mujer inteligente y que lea mucho. Hay un momento en el que hablan de la magnífica biblioteca que Darcy tiene en su casa; sin embargo, no por eso Elisabeth se siente más cerca de Darcy, porque ella todo lo interpreta como un signo de superioridad por parte de él. Y es que ella tiene ese prejuicio horrible que le hace ver a Darcy como un tipo altivo.
Darcy es muy exigente y Elisabeth atrae esa exigente mirada de Darcy porque es el único personaje masculino de la novela capaz de estar a la altura de todas las cualidades de ella. Lo justo sería que ella también descubra todas las cualidades de Darcy. Pero eso va a costar más. Es apasionante como Darcy no puede evitar declararse. “He luchado en vano. Ya no quiero hacerlo. Me resulta imposible contener mis sentimientos. Permítame usted que le manifieste cuán ardientemente la admiro y la amo”.
Y es brutal cómo Elisabeth lo rechaza al principio y cómo él explica todo lo que ella necesita saber para que le acepte. Así, Darcy renuncia a su orgullo, y cuando le da las explicaciones necesarias, Elisabeth es capaz de vencer sus prejuicios y darse cuenta de que se ha equivocado y que Darcy tiene unos valores extraordinarios. Elisabeth se da cuenta de que la ama, y no solo eso, sino que ha vencido su orgullo para decírselo.
Jane Austen nos habla de personas que se dan cuenta de que se han equivocado y en vez de persistir en el error, dan marcha atrás y hacen las cosas bien. Maravilloso. Y maravillosa historia de amor.
Pronto llega el Día de los Enamorados, y lo mejor que se puede hacer es regalar libros y leer bellas historias de amor, como la de Stoner y Katherine Driscoll, en Stoner, de John Williams, y así se leerán también una gran novela, o la de Elisabeth Bennet y Mr. Darcy en Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, o la de Fortunata y Juanito Santa Cruz, y hasta la de Maximiliano Rubín, en esa maravilla monumental que es Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós.




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