Es posible que lo mistérico y científico vayan de la mano. Un milagro profano que puede materializarse, por ejemplo, situando un espejo frente a otro y observando, de refilón, cómo ese espejo reflejado sobre el otro se va multiplicando dentro de su lámina al igual que en un juego de matrioskas infinito. Algo tan borgiano nos lo recuerda también una imagen cinematográfica mítica: la del final de La dama de Shangai (Orson Welles, 1947) con esa Rita Hayworth repetida en el azogue. ¿Cuál de ellas es la auténtica en esa reproducción de figuras sin fin? Con la imagen de Federico García Lorca nos sucede lo mismo, si bien de forma literal. Su personalidad es tan poderosa que el estudio nunca concluye. La definen esa mezcla de pureza o inocencia —tan próxima al universo infantil— que parece contraponerse a un universo siempre críptico o a las temáticas presentes en su literatura, cuyo dramatismo convierten al autor en el último trágico español. Su asesinato, no menos trágico y asociado siempre a sus visiones sobre su propia muerte reflejadas en sus distintas manifestaciones creativas —dibujo, poética, teatro— hace de su biografía algo todavía más atractivo. Si bien la Guerra Civil produjo muertes significativas en creadores de ambos bandos —el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, el compositor Antonio José o los pintores Alfonso Ponce de León y Ramón Acín—, tal vez Federico sea el “mártir” más conocido, cuyo crimen traspasó rápidamente fronteras y llamó la atención de eruditos hispanistas como Ian Gibson o Gerald Brenan. Llama la atención que quienes hayan estado más interesados en estudiar la figura de Lorca provengan de fuera de nuestro país. La razón quizás radique en el componente gay lorquiano, como afirma el personaje de Glenn Close recordando las palabras del autor de South from Granada en La bola negra: “El miedo español al qué dirán era la causa de que los descendientes o artistas fueran reticentes a compartir su correspondencia privada y sus secretos relacionados con la homosexualidad”.
La última película de los cineastas Javier Ambrossi y Javier Calvo, conocidos como “Los Javis”, ahonda en esta cuestión, destacando el proyecto inacabado del granadino y titulado precisamente como el filme. Con La bola negra, Lorca quiso hacer su obra más transparente y clara —como la nieve que se hace agua y es protagonista de esta historia— tratando de exponer de forma directa el tema de la homosexualidad, a fin de que —como dice su personaje en la película, interpretado por Alberto Cortés— pudiese ayudar a las nuevas generaciones, impidiendo su ocultación ante los ojos de los demás. Hubo que esperar muchas décadas para borrar su injusto estigma y normalizar lo que de natural tiene. Aunque estos prejuicios estaban presentes en todo el mundo, La bola negra muestra el caso sangrante español a través de dos épocas: la Segunda República y la Guerra Civil. Habrá un tercer tiempo, próximo a la actualidad, que muestra cómo a pesar de su aparente normalización continúa albergando fantasmas —como sucederá con nuestra Guerra, próxima a cumplir en una década su centenario—.
Los Javis se valen para la escritura de su guion de la inestimable colaboración del dramaturgo Alberto Conejero, cuya exitosa obra teatral La piedra oscura trata igualmente de la homosexualidad lorquiana a través de la última relación amorosa que tuvo el de Fuente Vaqueros. Rafael Rodríguez Rapún fue su pareja postrera y éste será con él protagonista tanto en la obra de Conejero como en la de Calvo y Ambrossi. El título de La piedra oscura fue el que finalmente dio el autor de El romancero gitano a su última obra, que en un principio se iba a titular La bola negra. La similitud es patente, aunque más próxima en el último caso a lo que el escritor buscaba. “La bola negra” es la esfera con la que se rechaza la admisión de Carlos, el protagonista de esta ficción —un alter ego lorquiano—, en el casino granadino. La razón: su homosexualidad. De esta obra, Lorca solo pudo escribir cuatro páginas antes de su muerte. Un trabajo perdido y misterioso que en este filme nos conduce directamente a Rodríguez Rapún (Miguel Bernadeau) y a Sebastián (Guitarricadelafuente). Este último será un joven que ha sido alistado durante el conflicto bélico y ha de custodiar al primero tras ser detenido y antes de ser ejecutado. Progresivamente, la relación tejida entre ambos —primero como obligación y luego como franco entendimiento— lleva a Sebastián a comprender y normalizar su homosexualidad, así como sus inclinaciones artísticas —le gusta tocar la trompeta y acaba admirando el teatro—.
El tercer personaje medular en el argumento de la película es Alberto (Carlos González), un joven que, tras desilusionarse con la dramaturgia, optará por el estudio de la Historia, a través de la cual llega al episodio de Rodríguez Rapún y a la obra La bola negra en 2017. Este personaje se inspira en Alberto Conejero y cierra las tres partes temporales en que se estructura el largometraje. A través de su sólido libreto, éstas se hilvanan a la perfección, generándose un hilo argumental que las alterna de forma magistral en la mejor tradición iniciada por Griffith con Intolerancia. Un título cuyo sentido viene al caso en el filme que aquí tratamos. Contra todo acto intolerante, Los Javis y Conejero demuestran su capacidad empática con los distintos personajes, sin importar el bando en que estuvieran o su forma de pensar y sentir.
El sentido estético presente en el universo de Los Javis resulta inconfundible: mezcla de sensibilidad, rupturismo y referencias almodovarianas en el sabor popular de los personajes. No en vano, Pedro y Agustín Almodóvar producen desde El Deseo esta película, junto con otras importantes productoras como Suma Content, Le Pacte y Movistar + —responsable de la producción de títulos tan importantes para el cine español como Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa, 2025) o El ser querido (Rodrigo Sorogoyen, 2026)—. La presencia del imaginario gay lo encontramos en elementos como la figura de San Sebastián —pintadas las flechas en los títulos de crédito o como escultura en las ruinas de una iglesia durante la guerra— o los marineros —tan presentes por ejemplo en el universo pictórico de Gregorio Prieto—. Del mismo modo, encontramos referencias a la plástica de José Val del Omar en la presencia de personajes anónimos humildes, casi sacados de los planos de un documental.
A su vez, los cineastas cuentan con un elenco que acompaña positivamente a la cinta, destacando intérpretes como los ya citados u otros tan conocidos como Penélope Cruz, quien encarna a la cupletista ejemplar que tuvo el mérito de entretener a las tropas durante la guerra. También figuran otros nombres no menos importantes como los sólidos Antonio De la Torre y Antonio Dechent, así como Lola Dueñas —siempre natural y que conecta a Los Javis con Almodóvar, siendo ya actriz de cabecera para la pareja desde las series Veneno (2020) y especialmente desde su impresionante papel en La Mesías (2023). Otro actor ya familiar en la filmografía de los realizadores será Albert Pla —su papel en La Mesías fue también memorable—.
La banda sonora de la película contiene títulos emblemáticos como Soldadito español—extraído de la revista La orgia dorada (Pedro Muñoz Seca y Jacinto Guerrero, 1928)—, el cuplé Las tardes del Ritz (Álvaro Retana y Genaro Monreal, 1924) —estrenado por el transformista Edmond de Bries (nombre artístico de Asensio Marsal Martínez), personaje también importante en el filme—, Batallón de modistillas (Gaspar de Aquino y Álvaro Retana, 1912), el chotis Las castigadoras (Francisco Lozano, Joaquín Mariño y Francisco Alonso, 1927), los números de la ópera La vida breve Mi querer es como el hierro y la Danza del segundo acto (Carlos Fernández Shaw y Manuel de Falla, 1905) o la copla y milonga flamenca La hija de Juan Simón (Concepción Camps, Mauricio Torres y Daniel Montorio, 1930). Temas que son versionados por artistas como los ya mentados Guitarricadelafuente y Penélope Cruz, el productor, cantante, músico y compositor barcelonés Raül Refree, La Banda del Nené, la cantante griega Roza Eskenazi o la cantaora y la cantante jerezanas María Terremoto y Judeline.
Por sus valores argumentales, interpretativos, plásticos o musicales, puede decirse que La bola negra constituye una “obra de arte total”. Sus elementos han sido muy bien valorados en su conjunto, otorgándole importantes galardones como el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cannes, el Premio del Público en el Festival Internacional de Cine de Toronto o el Premio del Público Ciudad de San Sebastián o el Premio del Público del Sydney Film Festival, así como impulsado a competir en los Oscar.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: