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La forja de una revolución

La forja de una revolución

Hace tiempo descubrí por casualidad, entre un montón de saldos y ediciones descartadas, un libro que —como en una novela romántica— me atrapó desde el primer instante. Se titulaba Francia, fin de siglo, y su autor, Eugen Weber, hacía un recorrido por la Francia de la Belle Époque a través de los diarios y las revistas del momento. Weber ofrecía así los preliminares del viaje turístico, el arsenal de documentación que un viajero de época necesitaría para recorrer un tiempo y un país, y de alguna manera se las había ingeniado para crear la impresión de que el libro era un agente intermediario antes del viaje real, un distribuidor de folletos explicativos y eso que en el lenguaje administrativo se llama un «facilitador». Pero las explicaciones eran tan detalladas y sofisticadas, tan rico y suntuoso el detalle, que al cerrar el libro uno se daba cuenta de que el lector se había convertido mientras tanto en el viajero. El destino se había ido fabricando a medida que el viajero/lector planeaba su destino.

Sucede lo mismo con El temperamento revolucionario, de Robert Darnton. El planteamiento es muy parecido al de Weber. A diferencia de la mayoría de libros no ya sobre la Revolución Francesa, sino en general sobre cualquier asunto histórico surgido en los tiempos de la prensa libre, censurada o soterrada, Darnton no asume que las respuestas se encuentran necesariamente en otros libros similares, sino en esos canales contemporáneos de información que por lo general son pasados por alto. De manera que procede a hacer el viaje que Weber proponía en Francia, fin de siglo y, en lugar de rastrear a sus colegas de hoy, decide tomar el tren de los subterráneos bibliográficos y recoger toda la información disponible en las revistas, los pasquines, los folletos, las arengas transcritas o publicadas, los ejemplares únicos de pliegos impresos a la ventura de una linotipia clandestina, y con todo ello construye el día a día de una ciudad (París) como ejemplo hipersténico de un país entero que iba alimentando poco a poco su «temperamento revolucionario». Con ello, Darnton pone el foco sobre el individuo corriente que poco a poco se radicaliza de pasquines —con ayuda de una élite que apenas ve formarse en el horizonte psíquico de la ciudad esa ola que pronto se lo llevará todo por delante— y muestra la cara más íntima de toda revolución: la casa aplastada por las obligaciones y sobre cuyos hombros ya no pueden sostenerse más responsabilidades.

"Esa locura que se adueñó de París aparece perfectamente retratada en las páginas de este libro, que no sólo es un grandioso retablo sobre una revolución de la que todavía queda mucho por decir, sino también una lección para el presente"

El viaje de la noticia a través de la ciudad contaba con numerosos conductos: el árbol de Cracovia bajo el que se difundían noticias y bulos —y que dio lugar a una expresión francesa ya en desuso, avoir ses lettres de Cracovie, para referirse a quienes cuentan mentiras o historias falsas, por la similitud fonética entre Cracovie y «craque», o embuste— fue la primera red social de una ciudad que necesitaba cada vez más de un centro de noticias desde el que difundir las últimas informaciones con mayor rapidez que la propia imprenta. Pero había otros métodos menos fáciles de intervenir por parte de los servicios de espionaje (que utilizaban el árbol de Cracovia para contaminar las noticias reales con medias verdades, o falsedades completas), y el pasquín resultó ser el más peligroso de todos ellos. Enseguida, estuviera escrito con rima o no, podía convertirse en una canción popular que la clase gobernante empezaba a escuchar con temor y la policía tenía órdenes de acallar, ejerciendo la violencia que fuera necesario aplicar. Esto, por un lado, permite ver que ninguna revolución da el fruto esperado si en primer lugar la policía, encargada de servir y proteger, no cambia el orden de los factores y sigue sirviendo y protegiendo a aquellos que se ven amenazados por la rabia de quienes a fin de cuentas más sufren sus leyes, sus decretos y sus paranoias de grupo: es decir, la casa aplastada por las obligaciones e incapaz de seguir asumiendo nuevas responsabilidades. Los paseos por la ciudad de agentes de la ley no sólo armados sino además aleccionados para tirar contra cualquier posible insurgente —y cualquier posible insurgente podía ser, por ejemplo, una ciudadana a la que se le ha pasado la hora del toque de queda, u oculta a un sospechoso en sus habitaciones: las terribles odiseas que aquella valiente escocesa llamada Grace Elliott contó en Ma vie sous la Revolution son una terrorífica prueba de ello— no respondían al deseo de mantener el orden establecido sino a aplacar el desorden producido por las políticas contradictorias que circulaban entre las diferentes jerarquías de poder. Ante la desbandada organizativa en las plantas superiores del edificio social, era sólo cuestión de tiempo que desde el caos se tratara de producir un nuevo tipo de orden. Pero el temor a que ese orden arrastrara a los causantes del desgobierno aceleró no sólo el desorden sino también ese «temperamento revolucionario» que corría por calles, canciones y escenarios: los cafés con espectáculo de variedades, de hecho, estaban fuertemente vigilados por espías al servicio de quienes perseguían inútilmente la restauración del orden no tanto por amor al orden, sino por miedo a ver rodar sus cabezas. Como finalmente ocurrió.

Esa locura que se adueñó de París (recordemos algunos detalles: los encarcelamientos masivos en la Bastilla, el abusivo precio del pan, cada vez más caro, los juicios sin protección legal y los continuos desajustes del mercado, los ministros del rey campando a sus anchas entre escándalos y prevaricaciones y el propio rey perdiendo sus derechos de soberanía por tener una amante, estar indispuesto con Dios y no ser capaz de imponer —literalmente— sus manos sobre un pueblo enfermo y afligido) aparece perfectamente retratada en las páginas de este libro, que no sólo es un grandioso retablo sobre una revolución de la que todavía queda mucho por decir, sino también una lección para el presente. Eso sí, quien busque otro estudio más acerca de los días de 1789 y su largo y convulso pasaje de tinieblas que no espere encontrarlo aquí: Darnton no ofrece más que un capítulo sobre la Revolución ya desatada en las calles de París, un capítulo menor, en realidad —y no pretende ser otra cosa—, con respecto al fascinante viaje que nos ha hecho emprender desde los albores de 1748; para eso existen muchos otros libros —yo siempre recomiendo los que le dedicó un autor competente y casi testigo de los hechos como fue el poeta Lamartine, a pesar de que como historiador se le considere poco riguroso— pero faltaba el que nos permitiera ver, como a uno más de quienes pateaban entonces un adoquinado ensangrentado, de qué modo se formó esa ola que se llevó tantas cosas por delante, incluso algo muy íntimo en nosotros que todavía no hemos recuperado por completo.

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Autor: Robert Darnton. Título: El temperamento Revolucionario. Traducción: Jordi Ainaud i Escudero. Editorial: Taurus. Venta: Todos tus libros.

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