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La guadaña

Después de lo del otro día he empezado a pensar que quizá todos tengan razón y que Damián no sea más que un amigo imaginario. He hablado cientos de veces de él a mi mujer, a otros amigos, pero ninguno de ellos lo ha visto jamás. Ojo, que no creo que eso determine su no existencia, sino más bien que no se ha dado la coincidencia. Es una cuestión de estadística. O no. En las ocasiones en que he quedado con él, Evan tenía otros asuntos que atender o prefería dejarme a mi aire, que disfrutara de esos momentos de asueto. Y, cuando lo he invitado a pasar el día a casa o a comer, forzando el encuentro con el resto de mi gente, siempre tenía algo que le impedía venir: un compromiso, un viaje, un contratiempo, un accidente. Tampoco tengo fotos suyas. Las hubo hace años, cuando aún se usaban las cámaras y los smartphones eran una cosa del futuro aún por idear. Sin embargo, en todos estos encuentros nunca pensamos en hacernos un selfie para inmortalizar el anodino instante. No quiero ser uno de esos que se dejan llevar por las paranoias de los demás y hay una parte de mí que también se resiste a reunir pruebas sobre Damián por el mero gusto de satisfacer a quienes no creen en él. No necesito demostrarle a nadie que es real. No es un producto de mi imaginación. Eso es lo que creía hasta nuestra última vez. Empiezo a pensar como ellos. Ya dudo que sea de carne y hueso, que no sea más que un alter ego escindido de algún rincón oculto de mi psique. Me gustaría creer que esas cosas las dejo para las tramas de mis novelas y que la gente como Damián no son solo un personaje inventado, motivado por alguna grieta mental.

Siempre he bromeado con él. Le digo que tiene nombre de profecía chunga. Ambos sabemos a qué película me refiero. Damián es un tipo de lo más normal. Flaco y fibroso, eso sí. Con mucho nervio. Con exceso de calorías, que dice él. Porque no hay día que no vaya en manga corta, aún en invierno; igual que no hay día que renuncie a su gorro de lana, aún en verano. Hace años que no le veo la coronilla, solo esos mechones rubios que se le escapan rebeldes y le rozan esos hombros huesudos. He perdido la cuenta de los tatuajes que lleva en el cuerpo. En cada encuentro me enseña el último. Sus brazos son pura tinta. También sus piernas, su torso y su espalda. A menudo me dice que ya casi no le queda un hueco donde escribir sobre su piel y ambos nos reímos cuando pensamos en el último lugar donde dejará que le claven la aguja. «Con el piercing ya es suficiente. De momento», me dice siempre entre carcajadas.

"Le seguí el rollo asintiendo mientras atacaba mi cerveza y me comía el aperitivo por los dos"

Hay temporadas en que lleva la camiseta hecha un guiñapo, colgada de la cinturilla del pantalón como si fuese un pañuelo. En eso me recuerda mucho a Juaniko. Él siempre llevaba un pañuelo añil y otro rojo colgando de los bolsillos traseros de sus tejanos medio rotos. Conozco a Damián desde el instituto, pero ya lo veía deambular por el patio del colegio años antes. Era un tío solitario antes de que se cruzara en mi camino. Luego, al pasar al instituto, la cosa cambió y nos volvimos uña y carne. Les hablaba a mis padres y a mis hermanos de él, así que, aún hoy, a pesar de que no lo han conocido sino a través de mis relatos, me preguntan a menudo que cómo le va la vida. No lo han visto en persona. Lo conocen de oídas. De cuando salía de fiesta por Lo Pagán con Miguel, Fede y los demás. No recuerdo… Por más que lo intento, no recuerdo si alguna vez coincidimos todos juntos en algún sarao. Damián era bastante huidizo y solía desaparecer sin avisar. Cuando volvía a verlo al final de la noche o al día siguiente se excusaba con una sonrisa de triunfador diciéndome que no podía renunciar a un bocado dulce. No me daba más explicaciones. Sobraban las palabras.

El incidente del otro día fue en la cafetería. La de la Ribera. Hasta entonces nunca me había pasado. Hicimos lo habitual: nos pedimos unas cervezas y unas patatas con pimienta y limón. Apenas dio un sorbo y no probó las patatas. Ya, de primeras, estaba raro. Me dijo que llevaba un tiempo viendo cosas que, quizá, no existían. Entonces no lo vi, pero ahora entiendo que hay cierta ironía en sus palabras. «¿Ves a esa de ahí?», me dijo, señalando una silla vacía dos mesas más allá. Yo negué. Allí no había nadie. «¿Ves a lo que me refiero?». Me dijo que creía que sabía quién era. Que su apariencia mundana no le engañaba. «¿Y quién crees que es?», le dije yo. «Baja la voz». Me dijo que era la Muerte, la Parca. «¿Y también va con la guadaña?», bromeé. No le hizo gracia. Me dijo que esas cosas eran pura fantasía. Que para qué necesitaba alguien así un atrezo tan ridículo si tenía el poder de arrebatarnos lo más preciado que teníamos con solo acercar un dedo. Ni siquiera llevaba ese absurdo disfraz con capa y capucha. «Su cara no es una calavera», apuntilló. «Si la vieras, seguro que ni la reconocerías. Pero yo sí. Porque ya la he visto antes y sé quién es. No se puede esconder de mí». Le seguí el rollo asintiendo mientras atacaba mi cerveza y me comía el aperitivo por los dos. «Además, no siempre es la misma». Le dejé que se desahogara. Al fin y al cabo, somos amigos.Y para eso están los amigos, ¿no?

"A Damián nunca le habían ido las drogas. Tampoco el alcohol, a decir verdad. Era un testigo silencioso de borracheras, el que se mantenía al margen"

A Damián nunca le habían ido las drogas. Tampoco el alcohol, a decir verdad. Era un testigo silencioso de borracheras, el que se mantenía al margen, impasible y sereno mientras los demás se ponían beodos. Imposible que estuviese delirando y dudaba que tuviera algún trastorno mental. Era el tipo más sano que jamás he conocido. Nunca le había visto enfermo: ni resfriado, ni con una maldita subida de fiebre, ni un solo vómito. Salvo esta vez. Estaba pálido y tenía la frente perlada de sudor. Me contó que llevaba viéndola un mes o así. Al principio creía que eran cosas suyas, paranoias. Sin embargo, cuando empezó a ver que la gente moría cuando ella estaba cerca, empezó a atar cabos. Porque esa persona, a veces con apariencia de mujer y otras de hombre, no era humana a pesar de que lo parecía. Y su conducta era de lo más sospechosa.

Damián me contó sobre el primer día que la había visto actuar. Fue aquí cerca, en la carnicería de Manolo «el bicho». Se trataba de un señor orondo y bajito, medio calvo, de esos que se hacen la cortinilla para disimular. Estaba delante de él en la cola. No dejaba de sudar y estirarse el cuello de la camisa. Estaba colorado, cambiaba el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. La Muerte pasó al lado de mi amigo, sin rozarle, alargó su dedo afilado, como de pianista, y lo posó sobre el hombro del calvo. Este cayó a plomo delante de todos. Enseguida se hizo un corrillo y la que le había tocado, sonrió, se agachó y puso su mano sobre el pecho del muerto. Manolo tenía el teléfono en la mano y una señora abanicaba a otra con un folleto de la carnicería para aliviar su sofoco. «Al salir, la Muerte me miró a los ojos y me enseñó los dientes», casi gritó Damián.

Entonces fui yo el que le pidió que bajara la voz. «Así ha sido desde entonces; siempre actúa igual». Pasaba entre la gente, alargaba la mano y se acabó. Entonces se perdía entre la multitud aturdida y desaparecía como si nunca hubiera estado allí. Yo me la imaginé como uno de esos dementores, uno paciente a la espera de que el hálito del difunto abandonara su cuerpo. Imaginaba a esa Parca atrapando el alma del muerto entre los dientes, solo para llevarla de vuelta a donde quiera que pertenecieran las almas que se marchan de este mundo terreno. «Pero tú no crees en esas mierdas», le dije. «No creía», fue su respuesta. «Ahora sí». Y mucho. «Ver para creer». Ese era su lema. A veces, también el mío. Yo siempre he sido más crédulo. Lo reconozco.

"Damián asintió con gravedad. Su cerveza intacta. Su piel lívida"

«¿Y dices que esa tipa está ahí, en esa silla?». Damián asintió con gravedad. Su cerveza intacta. Su piel lívida. «¡Pero si no hay nadie! Estamos solos tú y yo. Y los camareros». Era cierto. No había más clientela que nosotros. Aquel comentario hizo que Damián se pusiera lívido. «Ella no hace viajes en balde». Le tembló la voz. Como lo vi muy alterado, intenté cambiar de tema, hablar de los viejos tiempos, de su música, de sus gatos. Me obvió por completo. No podía apartar sus ojos de esa mesa. Yo me giraba para observar por encima del hombro y veía a la camarera medio escondida en el quicio de la entrada, cuchicheando con el compañero y sin quitarnos ojo a Damián y a mí, como si no nos conociese y pensase que, de un momento a otro, fuésemos a salir corriendo para hacer un «simpa». «No somos delincuentes». Igual había levantado demasiado la voz. Qué se yo. Miré a Damián. Seguía abstraído. Aquí empezó a ponerse la cosa aún más rara.

Me despistó el movimiento, pero solo lo vi de soslayo la primera vez. Eran los tatuajes: habían cobrado vida. La serpiente culebreaba y se enroscaba por su antebrazo, subiendo hacia el hombro y desapareciendo bajo la manga de su camiseta de Aerosmith desgastada. El escarabajo azul de su mano derecha movió sus patitas y abandonó el dorso para corretear arriba y abajo. Temí que, de un momento a otro, saltase a la mesa o a mi propio brazo. Los tribales se le mezclaron, se retorcieron en una orgía de tinta imposible sobre la nívea piel de mi amigo. Las patas de la araña que  se había tatuado hace dos años en el pecho aparecieron por el borde del cuello de la camiseta. Eran más negras y peludas de lo que las recordaba. Casi pude ver sus ojos asomándose también. Él no era consciente. Yo, tal vez, demasiado. Le pregunté si se encontraba bien, sin desvelar nada por no alarmarle. «Me pica todo el cuerpo», fue lo único que me dijo. Lo último, antes de levantarse y dirigirse a la mesa vacía donde le aguardaba su amiga imaginaria.

"Me levanté despacio y me hurgué en los bolsillos. Dejé unas monedas sobre la mesa que habíamos ocupado Damián y yo hacía unos minutos y me largué"

Se sentó en una de las sillas y se acercó sobre la mesa, apoyando los codos. Le oí preguntar: «¿qué quieres?». No oí la respuesta. Para mí no había nadie allí más que él. Lo que fuera que le dijera le debió dejar helado, porque apenas balbució unas palabras ininteligibles y, cuando se dispuso a abandonar su asiento, se le tensaron las venas del cuello y se le agarrotaron las manos en torno a los reposabrazos de la silla de metal. Se quedó clavado a medio levantar. No hizo ruido al caer. Solo me miró, con la boca abierta en un rictus tenso, agónico. Acudí a su lado de un salto y pasé mi mano bajo su nuca. Los tatuajes se escapaban de él por la acera, hacia la carretera, hacia la playa, hacia el interior de la cafetería. Entonces me sorprendí en cuclillas, sosteniendo mi brazo en el aire, la mano haciendo cuchara. Allí no había nadie más que yo.

Me levanté despacio y me hurgué en los bolsillos. Dejé unas monedas sobre la mesa que habíamos ocupado Damián y yo hacía unos minutos y me largué. Mi vaso estaba vacío, con un entramado de espuma interior que ya se estaba desintegrando; la cerveza de Damián, sin embargo, había perdido todo el giste y estaba caliente, pero entera. Mientras me alejaba al trote, oí a la camarera. Hablaba con su compañero. «No sé para qué pide dos, si siempre se deja una». Me pareció que el otro le contestaba «algún ritual de mierda», pero no estoy seguro.

Es por eso que empiezo a pensarlo. Lo de que Damián no existe. O que solo existe en mi cabeza. No lo sé. Aquella no fue la última vez que lo vi, si la última que hablé con él. No la última que hablaré; estoy seguro. Lo vi ayer en el tanatorio, como un puñetero becario. Una señora se apagó delante de todo el mundo mientras velaba a su difunto esposo. Qué raro eso de encadenar un funeral con otro. Damián tomaba notas y atendía, entre susurros, las indicaciones de alguien que yo, ni nadie, podía ver.

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