Inicio > Libros > Narrativa > La hamburguesa de Tiberio Graco

La hamburguesa de Tiberio Graco

La hamburguesa de Tiberio Graco

Hay quien, con una licenciatura de algo en el currículo (nada que hoy no tenga todo el mundo, me temo) se convence a sí mismo, mirándose al espejo, de que ya tiene vía libre para triunfar como novelista histórico: Civis romanus novelistus sum. Y claro, su primer error es creer que la literatura funciona como un tribunal académico, que tener estudios y manejar documentación cualifica para competir con la Yourcenar o con Robert Graves. Y no, en absoluto. Aquí no gana quien acumula más fichas bibliográficas ni quien demuestra haber leído más artículos especializados. Conocer la Historia es imprescindible (sin ese conocimiento todo queda en cartón piedra), pero la Historia por sí sola no basta para levantar una novela. La literatura empieza cuando el lenguaje entra en combate y sobre todo cuando hay talento y oficio para que el lector se lo pase bien, porque, aunque él no lo sepa (de eso se trata, de que el andamiaje no se note), detrás de lo que se lee hay, o debe haber, una mirada llena de memoria y una voz con conciencia y destreza narrativas.

Ahí reside el problema de buena parte de la novela histórica contemporánea, muy presente en esta novela y las anteriores del autor, reincidente en su mediocre contumacia: hay Roma, pero no hay relato; hay documentación, pero no hay literatura; hay escenarios cuidadosamente reconstruidos, pero falta la voz que les dé vida. Resumiendo, hay libros de 400 páginas que son chicha sin limoná, o viceversa. Planos como una oblea. Como éste Tiberio Graco, tribuno de Roma, lamentable continuación de Tiberio Graco, tribuno de las legiones.

"Otro malentendido frecuente consiste en creer que una novela se sostiene únicamente con artificios de trama"

Otro malentendido frecuente consiste en creer que una novela se sostiene únicamente con artificios de trama: conspiraciones cada veinte páginas, sacerdotes siniestros, templos iluminados por antorchas. Todo eso puede entretener, y entretener no es poca cosa, pero la literatura (sobre todo cuando el autor, en este caso Luis Manuel López Román, se toma a sí mismo tan en serio que te deja turulata) exige personajes que respiren, conflictos morales, una mirada sobre el mundo, o sea, una novela de verdad. La diferencia es clara. Para algunos autores como el que esta vez ha hecho sufrir a esta paciente reseñadora (y a sus pobres alumnos, enfrentados al despiece del texto durante tres días para determinar por qué esta no es una buena novela histórica, y ni siquiera una buena novela), la Historia funciona como simple y farragoso decorado. Cuando, en cambio, debería ser el campo de batalla, escenario donde se examina la condición humana. Donde se ponga de manifiesto el talento narrativo (que en este caso es mínimo) del autor.

En realidad, y esto vale para López Román y para centenares de las novelistas y novelistos que hoy asedian las mesas de novedades de las librerías, la ley que rige la novela histórica (como cualquier novela) es muy sencilla: antes de proclamarse a sí mismo narrador, se deben poseer ciertas dotes y maneras solventes. Redactar no es novelar. Porque la literatura (como la esgrima) responde a una regla sencilla y muy antigua: no basta con levantar la espada, hay que saber blandirla. El oficio de novelista de verdad se parece más a una larga travesía que a una escaramuza ocasional. Escribir, publicar, equivocarse, aprender, volver a empezar: esa es la rutina de quienes llevan años en la faena. Con el tiempo (a veces después de cuatro o cinco libros) se descubre que el verdadero juez no son las campañas publicitarias, sino algo más lento y más severo: el tiempo, ese juez viejo, paciente e implacable que termina decidiendo, con su ironía y crueldad habituales, quién realmente escribe literatura y quién se limita a rellenar páginas y decorar ruinas.

"El problema no es la documentación, que aquí abunda. De hecho, López Román conoce el mundo romano y se mueve con soltura en él"

La obra en general de Luis Manuel López Román (y no sólo la suya, lamentablemente) pone sobre el tapete uno de los problemas más graves de cierta novela histórica contemporánea: la sustitución de la literatura por la mera recreación escenográfica. De jugosa comida cocinada en casa con amor, sabiduría y fuego lento, a hamburguesa del McDonald’s… Roma aparece, claro, en esta última y en anteriores novelas de este autor. Hay templos, callejones, sacerdotes, conspiraciones, sangre y supersticiones. El problema no es la documentación, que aquí abunda. De hecho, López Román conoce el mundo romano y se mueve con soltura en él. Pero ojalá conociera igual de bien el arte de narrar, porque en sus novelas la documentación no es literatura, sino sólo decorado. Cuando una rasca un poco, descubre que la prosa funciona como una especie de escalera mecánica cuyo único objetivo es llevar al lector de una escena a la siguiente sin detenerse demasiado en ninguna parte, mirando las cosas como de pasada. Todo avanza con rapidez, sí, pero a costa de sacrificar cualquier ambición estilística. Cualquier estructura narrativa.

A esa narrativa de hamburguesería, ausente por completo de fineza y de maneras, se une una irritante tendencia a recargar la trama con ingredientes de género: conspiraciones, asesinatos, cultos misteriosos, elementos sobrenaturales, son mecanismos teóricamente eficaces para mantener el suspense, pero también revelan una burda desconfianza hacia la propia potencia narrativa. En lugar de explorar la complejidad política, social o moral de Roma (que la tuvo, y mucha) el relato se inclina hacia el thriller ambientado, donde lo importante es que algo ocurra cada pocas páginas. El resultado es una novela que funciona más como parque temático que como literatura. Roma aparece iluminada con antorchas, poblada de sombras y rumores, pero raramente adquiere profundidad humana o intelectual. Hay además un rasgo que delata el límite del proyecto: la uniformidad del tono. La prosa no cambia, no se tensa, no se vuelve irónica ni poética; simplemente continúa. Es una burda cinta transportadora de escenas.

Y aquí es donde conviene recordar cómo se hace esto cuando quien escribe conoce su oficio y lo hace de verdad.

"Graves no necesita llenar cada capítulo de asesinatos rituales ni de conspiraciones cada veinte páginas"

Cuando Robert Graves escribió Yo, Claudio, no se limitó a reconstruir el Imperio romano con un catálogo de emperadores, intrigas palaciegas y venenos administrados en cenas familiares. Inventó una voz que habla, piensa y recuerda. Y al hacerlo, transformó la Historia en experiencia humana. El lector no visita Roma como quien visita un museo con audioguía; vive dentro de ella. Graves no necesita llenar cada capítulo de asesinatos rituales ni de conspiraciones cada veinte páginas porque entiende algo fundamental: cuando el personaje está vivo, la historia respira sola.

Marguerite Yourcenar fue aún más lejos. En Memorias de Adriano, Roma no es un escenario sino una conciencia. El emperador reflexiona sobre el poder, el arte, la muerte, la fragilidad del imperio. Cada página es una meditación sobre la condición humana disfrazada de carta imperial. Y una tiene la certeza de estar leyendo algo que exige atención, inteligencia y cierta complicidad moral. Es decir, exactamente lo contrario de la literatura que se consume como una serie de televisión de sobremesa. Justo lo más alejado posible de lo que consigue López Román.

Mika Waltari, por su parte, entendió que el mundo antiguo no es un decorado arqueológico sino un territorio moral. En Sinuhé el egipcio (que no transcurre en Roma como su otra novela Marco el romano, pero sí en ese universo de civilizaciones antiguas) los personajes se equivocan, se contradicen, se pierden. Hay ironía, desesperación, lucidez. Waltari sabía algo que a algunos novelistas contemporáneos parece escapárseles: el lector no necesita que cada capítulo termine con un cadáver para seguir leyendo. A veces basta con una idea bien formulada.

"Una Roma donde todo parece suceder en la superficie de las cosas. Como esos decorados de cine histórico"

Incluso cuando la novela histórica se inclina hacia el entretenimiento (que también es una forma legítima y magnífica de literatura) hay maneras de hacerlo con inteligencia. Ahí está Colleen McCullough con su saga Señores de Roma, o Lindsey Davis, cuyas novelas sobre Marco Didio Falco tienen humor, ritmo, intriga, pero también una mirada muy aguda sobre la vida cotidiana en Roma. La ciudad no es solo un decorado; es un organismo lleno de olores, burocracia, corrupción, sarcasmo y humanidad. Falco es un personaje con voz propia, con ironía, con cansancio existencial. Algo que rara vez encontramos en las figuras de cartón piedra que circulan por algunas novelas contemporáneas, y que por supuesto está ausente por completo de esta. Comparen (como yo he tenido la desgracia de hacer con mis alumnos) las novelas romanas de López Román con Ben-Hur, de Lewis Wallace, Juliano el apóstata, de Gore Vidal, Fabiola, de Nicolas Wiseman, Quo Vadis, de Henrik Sienkiewicz, o Los últimos días de Pompeya, de Bulwer-Lytton.

Incluso dentro del propio panorama literario español, tan saturado de romanos gracias a Santiago Posteguillo, hay ejemplos bastante más sólidos. El propio Posteguillo (con todas las reservas que una pueda ponerle a su estilo) ha entendido al menos que la novela histórica exige arquitectura narrativa. Sus trilogías funcionan porque hay ambición épica, desarrollo de personajes, una estructura que intenta abarcar procesos históricos complejos. No siempre lo consigue, pero siempre lo intenta. Y en literatura el intento serio ya es media victoria.

El italiano Valerio Massimo Manfredi, por su parte, uno de los novelistas de romanos más imitados (en especial en los torpes intentos de López Román, que también se apoya mucho en Posteguillo y se nota que ha leído, aunque sin aprender nada de ellos, a Matilde Asensi, a Gómez-Jurado y a Calvo Poyato) ha demostrado durante décadas que la erudición puede convivir con la narración sin convertirse en un lastre. Lo mismo ocurre con Simon Scarrow: sus novelas tienen pulso, sentido del paisaje, una sensibilidad clásica que conecta con la tradición épica. Sus personajes, como los de Manfredi, no son simples peones movidos por la trama; tienen deseos, contradicciones, destinos. Pero frente a todo esto, la narrativa de López Román (vista la nutrida nómina de autores que novelan sobre Roma, se le puede aplicar aquella ironía de que eran pocos y con él parió la abuela) produce una sensación ingrata: Roma está, pero no pesa. Es una Roma ligera, casi de cartón pluma. Una Roma donde todo parece suceder en la superficie de las cosas. Como esos decorados de cine histórico que, vistos de lejos, resultan impresionantes, pero que de cerca revelan ser simples fachadas sostenidas por andamios.

"Lo que hace López Román no es necesariamente un crimen. El mundo editorial, lamentablemente, vive también de los libros de usar y tirar"

Quizá ese sea el sencillo problema de López Román: la ausencia de talento literario, y punto. La simple y llana mediocridad. Porque escribir sobre Roma implica enfrentarse a una tradición formidable. No sólo la tradición histórica, sino la literaria. Roma ha sido narrada por algunos de los mejores novelistas de los siglos XIX y XX. Entrar en ese territorio exige algo más que entusiasmo y una pila respetable de libros de Historia. Exige estilo, imaginación, capacidad de construir personajes que puedan sostener el peso de siglos de memoria cultural. Exige inteligencia y audacia, no la osadía irresponsable de quien no sabe medir sus propias fuerzas y capacidad.

Lo que hace López Román no es necesariamente un crimen. El mundo editorial, lamentablemente, vive también de los libros de usar y tirar. Pero conviene no confundirlos con otra cosa. Porque la literatura (la de verdad, la respetable) tiene algo de combate prolongado. No busca simplemente entretener una tarde ni colmar la vanidad de quien se pretende autor. Busca quedarse en la cabeza del lector durante años, y a ser posible durante toda la vida. Roma, Egipto, Cartago, las Cruzadas, el Siglo de Oro, no necesitan hamburguesas narrativas sino cocineros capaces de preparar platos más complejos y, sobre todo, originales. Platos que no se hayan cocinado nunca, o platos clásicos reelaborados con arte para los consumidores de cada época: talento, buena mano, tiempo, paciencia, fuego lento y sobre todo un serio respeto por el arte de la cocina. Porque cuando te enfrentas a las presuntas novelas romanas de Luis Manuel López Román, lo que de verdad irrita es la descarada falta de respeto por Roma, por la literatura y por los lectores.

4/5 (1 Puntuación. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios