En su novela Las cosas, Georges Perec señaló el miedo más acuciante que puede sentir todo aquel que no tiene verdaderos problemas: llevar una vida marcada por un tedio sosegado, apuntalado por el hábito. «Una vida sin nada». La mayoría de nosotros caería de bruces en la telaraña de la costumbre y la falta de ambiciones. Sin embargo, MacDonald Harris brinda a su protagonista una oportunidad única para escapar de esa encrucijada. De paso, regala al lector una premisa irresistible para lanzarse a leer su libro.
Backus, un joven mormón solitario y apasionado por la lectura nos cuenta en primera persona el momento en que abandona a su familia para enrolarse en la marina mercante. Nuestro rebelde —y un tanto cínico— héroe, con trazas del insoslayable Holden Caulfield, luego de un grave accidente marítimo, se pondrá los andrajos de Robinson para deleitarnos con unos capítulos de literatura de náufragos. Entre densos tratados de mecánica naval y pasajes de épica revertiana cargada de testosterona, Harris va insertando aquí y allá referencias variadas —Bakunin, Dante, Krafft-Ebing— con la intención de introducir cuestiones existencialistas tales como, entre otras, la imposibilidad del ser humano de conocerse a sí mismo. Cuesta un poco creerse el bagaje cultural del chico, pero como el lector averiguará conforme avance la lectura, no le conviene ponerse demasiado tiquismiquis con Harris si desea disfrutar con plenitud de Salto mortal —quizás el título ya dé algunas pistas sobre la audacia y las licencias técnicas que se permite el escritor—.
Decíamos que a Backus se le pone por delante la ocasión —y la aprovecha— de adoptar una nueva identidad. Una mujer decidirá, después de contemplarlo unos segundos en el hospital donde convalece, que a partir de entonces pasará a ser Ben Davenant, su marido herido en combate. Así ungido, el protagonista cambiará la vida de un tercer oficial en los buques más mugrosos de los mares del sur por la de un veterano de guerra afincado en una lujosa zona de California. Tras ese punto de inflexión, comienza otra novela, que tras sus fases salingeriana y crusoniana, se adentra en un territorio nuevo. La confusión postraumática tras el accidente, la amnesia y la débil convicción de poder hacerse pasar por alguien que no es y que nunca será, nos arrastrarán por los dilemas de un tipo poseído por el síndrome del impostor, un hombre misterioso y callado que bebe cócteles al estilo Don Draper.
Balanceándose entre posturas que desgastan un poco la verosimilitud del personaje —ahora soy un ermitaño, ahora me paso la vida de fiesta en fiesta; ahora holgazaneo como gran victoria vital, ahora me convierto de pronto en un exitoso empresario—, Harris nos sumerge en un batiburrillo filosófico en el que el narrador nos parece tramposo o sincero según la página y cuyo equilibrio sostenemos porque el tipo casi se achicharra en el océano, porque nos abrazamos a la suspensión de la incredulidad y porque the show must go on.
Hacia el final de la novela, la historia encuentra su ancla y sus pasajes más brillantes en la relación entre el nuevo Davenant —antiguo Backus— y su mujer, en el pacto tácito que firman y en la conversación que no parecen dispuestos a mantener. Mientras él pugna por ajustarse a la piel de quien ha decidido ser, entre ellos se vuelve densa una charla pendiente, opresiva porque rezuma sin necesidad de celebrarse. La amenaza de un reencuentro con su pasado redobla sin mucha premura —el sol californiano y el alcohol narcotizan la tensión— la angustia de nuestro mentiroso, al que a estas alturas ya hemos cogido cariño.
Davenant y MacDonald Harris, uno como personaje literario y el otro como escritor, consuman así su gran salto mortal. Puede que ambos calcen unos zapatos demasiado grandes y que esto desluzca un poco la pirueta, pero a quién diablos le importa. Aplaudiremos siempre a rabiar al tipo que pretende cambiar de vida y lo consigue.
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Autor: MacDonald Harris. Título: Salto mortal. Traducción: Íñigo F. Lomana.Editorial: Gatopardo. Venta: Todos tus libros.


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