Cuando Cipriano Rivas Cherif entró en el despacho presidencial, se encontró a Azaña sobrepasado por los acontecimientos. “Sentado a una mesa de mármoles de colores, en el centro de la estancia”, tenía “la cabeza apretadamente entre las manos”. Levantó el rostro y le miró como nunca lo había hecho. Estaba desencajado. “¡Han asesinado a Melquíades!”.
Allí conviven presos comunes, anarquistas condenados en el 34, alzados y militantes de las derechas ahora convertidos en facciosos peligrosos. La tensión entre ellos crece día a día. Bombardeos cercanos, muchedumbres que claman venganza, presos que quieren huir o amotinarse… La situación empeora cuando llega Felipe Sandoval, acompañado de una ralea de revolucionarios de diverso pelaje. Anarquista, criminal, destacado atracador antes de la guerra, es ahora el responsable de la checa ubicada en el cinema Europa, en Cuatro Caminos. Uno de los mayores asesinos del Madrid rojo.
Se acusa a los presos de derechas de tener armas escondidas. Sandoval, apoyado por el Comité Provincial de Investigación Pública, realiza un registro. No encuentra gran cosa. El director general de prisiones se queja al ministro de Justicia: pueden “desarrollarse sucesos lamentables y de gravedad de no cortar de plano tales injerencias y desmanes”.
Sandoval vuelve a la carga al día siguiente. Espera el turno de los funcionarios izquierdistas, los guardias también están partidos en dos. Un fuego se declara en la segunda galería, no se sabe si lo provocan los reos ordinarios, que piden a gritos ser liberados. Les promete la libertad si se afilian a la CNT. Se desata el caos. Mientras muchos huyen de la cárcel, los derechistas encarcelados son rodeados en el patio por milicianos. Se escapa un tiro; le suceden otros disparos nerviosos. En el exterior una multitud exige sangre.
En la noche del 22 al 23 de agosto un comité juzga y fusila a más de veinte hombres. José María Albiñana, líder del Partido Nacionalista Español; Fernando Primo de Rivera, hermano de José Antonio; Julio Ruiz de Alda, aviador y fundador de la Falange; el hijo del general Fanjul, que había fracasado al intentar sublevar la ciudad; o el ya citado Melquíades Álvarez, mentor político de Azaña, fueron algunos de los asesinados. También mataron a exministros, diputados, militares y falangistas. Algunos cuerpos fueron llevados al cementerio del Este, pero la mayoría son abandonados en la Ciudad Universitaria y en la Pradera de San Isidro.
El Gobierno no reacciona. Los embajadores protestan. Conmoción en los republicanos moderados. Giral llora, dicen. Cuando Juan Simeón Vidarte, vicesecretario general del PSOE y fiscal del Tribunal de Cuentas, baja al sótano antes del amanecer, tropieza con los cadáveres e identifica a sus antiguos compañeros en las Cortes. Primo de Rivera llevaba aún en la mano el cigarrillo que pidió antes de morir, Melquíades Álvarez mantenía los ojos abiertos… Vidarte se los cierra piadosamente.
Azaña escribe en sus diarios: “No le oculté mi abatimiento, mi horror, ni el conflicto de conciencia en el que el caso me había puesto”. El socialista Indalecio Prieto llega poco después de los asesinatos. Ante la escena dantesca, parece que le dijo al miliciano al mando: “La brutalidad de lo que aquí acaba de ocurrir significa, nada menos, que con esto hemos perdido la guerra”.


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