Al contrario de lo que cualquier prejuicio pueda afirmar, los relatos, los cuentos e incluso los microrrelatos no suponen en absoluto ninguna clase de comodidad para quien los concibe. Su brevedad exige una capacidad de síntesis elogiable, y para nada su contenido desmerece al de las grandes historias. Eso, por supuesto, si se tratan de obras de calidad, dignas de sobrevivir al tiempo, justo aniquilador. Tras esos trabajos de menor extensión —que no de menor importancia— se encuentran autores que han precisado de una vasta formación como lectores y escritores. Conocen sobradamente las herramientas con las que construir sus tramas, así como el modo de darles forma en apariencia y contenido.
Su última muestra de talento nos la brinda Leila Sebastián (Ondina Ediciones), un volumen compuesto de nueve narraciones breves que tienen por eje vertebrador, en conjunto y mayoritariamente, a la mujer; o —como se nos explica en la contracubierta— la “vibrante evocación de la figura femenina”, de “lo palpitante femenino”. Todo aquel que decida sumergirse en sus páginas se verá sorprendido por la variedad de temáticas y enfoques, transitando por invenciones de muy distinto asunto y tono, si bien aglutinadas por un estilo bien reconocible, que no renuncia a la poética —porque, ante todo, Daganzo es un poeta— o, lo que es lo mismo, al cultivo de un lenguaje cuidado y estético que no interfiere en los hechos descritos —es decir, al ritmo— sino todo lo contrario, les brinda una alfombra roja. Eso sí: para disfrutarlo hay que apreciar una literatura que no renuncia a los tradicionales estandartes que la dignifican y que exigen del lector una formación y una sensibilidad. En ese buen hacer que define la obra de Daganzo y, en concreto, el trabajo reunido en Leila Sebastián, prepondera una suerte de aliento onírico que nunca se desprende del todo de lo verosímil. No resulta, pues, aventurado concluir que sobre los distintos textos reina una especie de realismo mágico del mejor cuño y que nos recordará a Julio Cortázar o, de manera indirecta, a Roberto Bolaño —sobre todo en el último trabajo o nouvelle, titulado Es un fracaso el mundo—. Pueden ser referencias conocidas por el autor o formas de trabajo compartidas, dada la prodigiosa inventiva de este escritor.
El libro se inicia con la primera narración que le da título, “Leila Sebastián”, que alude al nombre de la protagonista ausente, con un claro significado simbólico. El propio autor nos ofrece su traducción en el inicio. Esa “noche venerada” remite al espíritu de la joven que muere prematuramente, la cual a su vez funciona como cima del triángulo que Daganzo teje entre ella y otros dos personajes masculinos: Víctor y, sobre todo, Cecilio, que es quien nos cuenta la historia ejerciendo de narrador. Adentrarnos en su desarrollo supondrá conocer el lado más sombrío de la condición humana, representado en Víctor, quien, suponiéndose amigo desde la infancia de Cecilio, obra egoístamente, movido por sus propios intereses, aprovechándose de lo que el otro puede ofrecerle, como si de un vampiro se tratase. Del otro lado, tenemos la luz personificada en Cecilio: su secreta admiración por Leila —a quien conocerá también siendo ambos niños— y su imposibilidad para demostrarle su puro y noble amor, dada su timidez e inseguridad, inclinarán la balanza de la empatía hacia él. En esta historia la creación literaria jugará un papel fundamental como canalizadora del Eros. La segunda de las narraciones, “El (des)orden de la alcoba”, nos presenta la historia de un don Juan incapaz de comprometerse sentimentalmente con ninguna persona del otro sexo, dados sus evidentes problemas para entregarse a los demás. A su ya avanzada edad, asumirá que el caos reinante en su alcoba —reflejo de su inconstancia o inmadurez— no podrá enmendarlo sino él mismo, reconociendo que el tiempo para remediar su soledad ha concluido. “La ciudad de Laura” vuelve a tener como narrador a una voz masculina, la del novelista Alfonso Juan —nombre que nos remite al Juan Lucas con el que Daganzo homenajeó a la literatura decimonónica en su novela Carrión—, si bien la verdadera protagonista es quien da nombre al relato: una antropóloga hacia la cual el otro personaje ha ido sintiéndose atraído. A pesar de la brevedad de esta tercera historia, el lector deberá afrontar una lectura participativa interpretando el sentido abierto de lo contado. Su final trasluce un poso amargo y bien representativo de la condición de determinados personajes —aquellos que hemos ido encontrando en estas tres historias— que pujan sin éxito por lograr una vida amorosa satisfactoria. Además, el elemento misterioso o mágico se hará todavía más patente, materializado en una ciudad que parece metamorfosearse como exteriorización del carácter del personaje.
Llegamos a tres relatos dominados por cierta ironía o tono humorístico que nos alejan de los anteriores. Así mismo, contienen un fuerte componente fantástico, surreal u onírico. Relatado por un narrador omnisciente, “El pulimento” supone toda una crítica a los cánones de belleza actuales y tiene como protagonista a Felisa, joven de medidas esculturales a la que un fotógrafo de desnudo le ofrece posar para ella. Entre halagada y pudorosa, al no haber sido nunca modelo, finalmente accede a la propuesta. La sorpresa llegará cuando reciba las imágenes en físico y posteriormente retocadas digitalmente, sintiendo la extrañeza de observar un cuerpo fotografiado que, siendo el suyo, no se corresponde con el real, volviéndose inquietante. En ello, su propia percepción también parecerá verse alterada, ante un sorprendente final. Retornamos a la narración en primera persona en “Vuelve a ti, perezoso”, donde un hombre cuenta cómo acude, junto con dos antiguos compañeros de colegio —Genaro López y Luisito Machado—, a un encuentro con su antigua profesora, la “señorita Laura”. El narrador confiesa a su antigua maestra haber tenido un sueño donde ella humillaba a dicho trío con idéntico castigo al que les aplicaba siendo estudiantes. Una pesadilla en cierto modo premonitoria con respecto a lo que en realidad sucederá. En “La idea”, su protagonista sufrirá una serie de altercados que le impedirán fijar un pensamiento a través de la escritura, llegando a pensar que no es lo suficientemente valioso para quedar registrado, o planteándose su propia existencia como individuo.
Dos nuevas narraciones comparten un claro y llamativo elemento común: la inclusión del propio escritor como un personaje más de la trama. En “La sombra del poema” se presenta a Virginia, una poeta que, mientras se plantea dar término a su vida, se cita con Antonio Daganzo —uno de sus amigos más cercanos— y descubre gracias a él que algunos de los versos de su último poema coinciden con los que un poeta brigadista —John Lepper— concibió siendo destinado a la batalla del Jarama durante la Guerra Civil, desapareciendo posteriormente tras desertar de la contienda. “Viaje secreto” relata el viaje de Alejandra a tierras palentinas —en concreto a su capital—, después de haber trabado amistad con Daganzo y de profundizar en la lectura de su novela Carrión. En esta ciudad castellana —donde se desarrolla todo el núcleo sentimental del mencionado libro del autor— Alejandra buscará, al llegar a mediodía, “el tesoro del misterio revelado” en la obra de ficción. Así, en este texto Daganzo ampliará el universo contenido en Carrión, de forma que el lector, incluso no habiendo leído la novela, sea capaz de sumergirse en ella y de disfrutar de esta continuación, que es, en sí misma, un logrado ejemplo de metaficción.
Concluye Leila Sebastián con la nouvelle titulada “Es un fracaso el mundo”, concebida como un “modelo para armar” al más puro estilo cortazariano. Ésta se construye “a tres voces y más” —como indica el subtítulo—, siendo de nuevo el propio autor el maestro de ceremonias que, como creador, va ordenando a sus criaturas que desarrollen la trama. De este modo podríamos incluso tener ante nosotros una obra de teatro en la que Elio —cuyo nombre coincide en sonoridad con Leila, primera protagonista del libro, cerrando el elenco de personajes constitutivos del libro de forma redonda— Miguel y David son los encargados de darnos a conocer una historia protagonizada principalmente por los dos primeros. En ella descubrimos una amistad forjada desde la infancia entre dos personajes que parecen complementarse —uno con un rico mundo interior y otro con una gran capacidad social e incluso amatoria—, pero que finalmente acaban entrando, con el paso de los años, en crisis. Alrededor de ellos pululan a modo de satélites otros personajes como Don Bibiano —el profesor de ambos—, Teresita —el primer amor de Miguel—, Marta —una niña engreída de la etapa escolar— o Laura —con quien Miguel comparte distintos escarceos sexuales—. Finalmente, los personajes acabarán rebelándose contra su autor al más puro estilo unamuniano o pirandelliano, amenazando con dar al traste el relato.
Leila Sebastián supone el primer recopilatorio de la narrativa breve de Daganzo, especificando éste en el texto introductorio y orientativo —titulado “A modo de prefacio (quizás también de mapa)”— la procedencia de cinco de los textos reunidos. Así, “La ciudad de Laura” se publicó en el número 29 de la revista navarra Luces y sombras (Tafalla, 2013); “Vuelve a ti, perezoso”, en la digital chilena Aquarellen (2017); “La idea”, en el número 26 de la manchega Calicanto (2014); “La sombra del poema”, dentro de la antología Rivas, esas historias desconocidas (Ondina Ediciones, 2023); por último, Es un fracaso el mundo vio la luz, como novela corta exenta, en Buenos Aires (Ediciones Ruinas Circulares, Colección Octaedro, 2022). Las cuatro narraciones restantes se encontraban inéditas, siendo “Leila Sebastián” la más antigua —anterior incluso a la primera versión de la novela Carrión, si no en su literalidad sí en su concepción misma—. Queda solo que disfruten de todas ellas, desde el deseo de pasar un tiempo estimulante y gozoso en su lectura. Adelante, pues.
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Autor: Antonio Daganzo. Título: Leila Sebastián. Editorial: Ondina Ediciones. Venta: Todostuslibros.


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