La nueva novela de Máximo Huerta, Mamá está dormida (Planeta), es un tributo a la memoria perdida de su progenitora, que, hace ya algún tiempo, le retiró prácticamente del foco mediático para dedicarse a los cuidados de su madre en el ocaso de su vida, sumido en el mal del Alzheimer. Pero también es un reconocimiento a cuantos se dedican a una entrega “sin épica”: el cuidado de quienes languidecen y van sucumbiendo paulatinamente a la demencia senil, casi siempre mujeres a decir del novelista. Y finalmente, Mamá está dormida es un homenaje a esas otras mujeres “a las que nadie les preguntó nunca qué querían ser”. Por definición, estas últimas fueron miembros de aquella cohorte demográfica que se ha ido a llamar la Generación del Silencio, porque todos, con independencia del sexo, callaron ante los padres y ante los hijos, esos bommers ya inspirados por la emancipación a todos los niveles desde temprana edad.
Mamá está dormida no es, aunque pueda parecerlo, una historia real, una de esas autoficciones tan en boga en estos días. “Mentir es algo maravilloso. Crear mentiras es novelar —defiende Huerta—. Mentir es muy bonito porque es algo que te inventas y creas tú, haciendo tu pequeña fábula. Y todos los españoles que están cuidando a otras personas mienten porque mentir es una buena solución ante el dolor ajeno. Mentir para hacer la vida bella”. Así pues, su nueva entrega es una historia ficticia que parece una verdad, una fabulación nacida de una pregunta que realmente le formuló su madre de un modo intempestivo, como inquieren las cosas quienes han perdido ese don inmenso que es la capacidad de recordar: “¿Dónde está tu hermano?”… Y Huerta, que es hijo único, tras la lógica perplejidad del primer momento, tuvo” una epifanía” de la que nació esta ficción.
“A partir de entonces, todo se desdobló -comenta el escritor. Comenzó a imaginar a una anciana que, como todos los dementes, alberga en su cabeza su propia ficción. Oscilando entre el pasado y el presente, a veces parece mostrarse más atenta a los fantasmas que pueblan lo pretérito que a esos destellos de luz que iluminan su presente. Fue madre y mujer y, por tanto, cuidó de los demás. Tuvo ilusiones, como sin duda las tuvieron todas las mujeres de la Generación del Silencio. Y, también, como casi todas ellas, “fue una novia triste”. Huerta la llamó Aurora, y el nombre no es un azar.” Aurora es esa luz, esos ratos luminosos que tienen todas las personas en la demencia, en las que quienes les cuidan creen que se van a curar, que todo va a ir a mejor”.
De una u otra manera, toda ficción lleva implícita un ajuste de cuentas con la realidad. Así que Federico, el hijo de Aurora, perplejo ante el hermano desconocido, y también herido de amor, “se llama así en memoria de Federico García Lorca, que fue muy bueno con las mujeres”.
Madre e hijo, en compañía de una perra, que comienza a resentirse de los problemas comunes a los canes de avanzada edad, inician entonces un viaje en autocaravana que ha de llevarlos al municipio navarro de Vera de Bidasoa. Inevitablemente, además de por la geografía española, hay un trayecto interior, una introspección de los personajes que se remonta aún más lejos, allí donde no llegan las carreteras: al pasado político español:
“Vera de Bidasoa fue uno de esos lugares turbios, como tantos en la costa, e Incluso en Segovia, donde la Sección Femenina enseñaba a las mujeres a ser madres, buenas esposas e hijas —explica el escritor, también librero desde 2023 en Buñol (Valencia)—. Por edad, Aurora pertenece a esa generación de madres y abuelas, que ya no van a volver, que fueron estructuradas y criadas para ser el reflejo de una época en la que las mujeres debían ser clones de Pilar Primo de Rivera”.
Huerta coincide con Carmen Martín Gaite, quien en su momento no dudó en reconocer que el acceso a ciertas actividades deportivas y formativas, puestas en marcha por la organización femenina de Falange Española, fue beneficiosa para algunas mujeres, que en su casa hubieran estado aún peor. Ahora bien, ello no quita para que la Sección Femenina sea el trasfondo atroz de esta ficción. “La raíz de muchas actuaciones en la vida de muchas madres y muchas abuelas, y desde luego de la madre de estas páginas, es la Sección Femenina. Mujeres formadas en ese periodo turbio y gris, que algunas utilizaron para huir de una familia hostil en la que tampoco podían desarrollarse como ellas querían. Hasta el punto de que era mejor estar en la Sección Femenina”.
Y siempre atento a los padecimientos de las mujeres de esa Generación del Silencio, según la actual pirámide demográfica, Máximo Huerta se pregunta cuántos de sus hijos se interesaron por lo que, cuando eran niñas, hubieran querido ser de mayores. “Como solo fueron madres, daba la impresión de que nunca quisieron ser nada más. Pero también fueron novias, y a lo mejor tuvieron distintos novios y, sin duda, también hubo un día en que perdieron la virginidad.
Mas, como observa Huerta, nadie entre los hijos de aquellas señoras —que era como se llamaba a las mujeres casadas de aquella generación— hubiera osado preguntarle a su progenitora por cuestiones de esta índole ni por ninguna otra. Las que tuvieron una inquietud distinta a la maternidad —auténticas disidentes en aquella España en la que las mujeres eran un cero a la izquierda—renunciaban a ella tras pasar por el altar.
“Mamá está dormida es un homenaje a las madres, sean como sean, estén como estén. Y un reconocimiento a las que fueron opacadas por el Régimen. Mujeres que se vieron obligadas a ser señoras de su casa, instruidas para el silencio. Sin embargo, Aurora destila libertad en la vejez, humor y mucha ironía”, concluye Máximo Huerta.






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