Inicio > Blogs > Ruritania > No somos tan importantes
No somos tan importantes

Hay una decepción silenciosa que acompaña a mucha gente durante años: descubrir que no somos tan importantes para los demás como nos habíamos imaginado.

No indispensables.

No centrales.

No necesarios.

Prescindibles, en el sentido más estricto del término.

El mundo no se detiene cuando callamos ni se descompone cuando desaparecemos. A lo sumo, se reordena. La vida sigue con una naturalidad que puede resultar ofensiva para quien esperaba otra cosa.

Esta confusión es especialmente visible en el ámbito cultural —y de forma muy clara en el literario—. Se escribe, a veces, más que para decir algo, para ocupar un lugar. Para ser visto. Para justificar una identidad. Cuando ese reconocimiento no llega, el problema rara vez se atribuye a la obra: suele atribuirse a la injusticia del mundo, al desinterés ajeno, a una ceguera colectiva que algún día —se confía— será reparada.

"Incluso cuando creemos estar en el centro —por una decisión, un error, un texto, una ausencia— la vida de los otros continúa casi intacta"

Pero hay una verdad menos heroica y más útil: la mayoría de la gente está ocupada en lo suyo. En sus rutinas, en su cansancio, en sus problemas. Nos piensa menos de lo que creemos, nos observa menos de lo que tememos y nos juzga con mucha menos intensidad de la que nos atribuimos.

Incluso cuando creemos estar en el centro —por una decisión, un error, un texto, una ausencia— la vida de los otros continúa casi intacta. El mundo no gira en torno a nadie en particular.

Esto no es una queja ni una desvalorización. Es una constatación.

No ser imprescindibles no nos resta dignidad: nos devuelve proporción. Nos libera de la obligación de explicarnos constantemente, de justificar cada gesto, de defender cada retirada como si fuera una declaración.

"Y que, en el fondo, esa indiferencia general es una forma discreta de descanso"

La vida seguiría si mañana faltáramos. Tardaría poco en reorganizarse sin nosotros. Asumirlo no conduce al nihilismo, sino a algo más sobrio: hacer lo que toca mientras estamos, sin exigir al mundo que nos confirme a cada paso.

Tal vez por eso inventamos esperanzas: la fama, la trascendencia, la promesa de permanencia. No para ser necesarios, sino para no desaparecer del todo.

Incluso aquello que fue esencial para nosotros no detiene el curso del mundo cuando falta.

Lo que queda es otra cosa: memoria, no necesidad.

Quizá madurar consista en aceptar eso: vivir con cuidado, sabiendo que el foco casi nunca está sobre nosotros.

Y que, en el fondo, esa indiferencia general es una forma discreta de descanso.

Una de las pocas buenas noticias que nos da el tiempo.

4.6/5 (258 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

7 Comentarios
Antiguos
Recientes Más votados
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios
Sara
Sara
1 mes hace

Triste, pero cierto. Y asumiendo ésto hayamos una paz a la que siempre aspiramos. Gracias por exponerlo tan claro.

Duván Bolívar
Duván Bolívar
1 mes hace

¡Qué lindo texto! Me encantó. Claro que es una constatación dolorosa, pero al mismo tiempo es un aliciente, una renuncia al yo

Alba
Alba
1 mes hace

Coincido con Duvan, me encanto el texto. Es de una sencillez cristalina, como la verdad. Hermoso. Gracias

Deusa Pérez
Deusa Pérez
1 mes hace

Leer este artículo, además de un bonito recordatorio de que nada es tan importante, ha sido para mí una forma de ensalzar la familia y los vínculos significativos.

Puede que todos seamos prescindibles, sí, pero también irremplazables para alguien.

Y cuánta gente habremos perdido ya que son irremplazables y no van a volver. Ojalá volver a abrazar a mi hermano, ojalá abrazar con más frecuencia a mi hermana recordando el valor que tiene en sí, un valor irremplazable.

Blas Valentín
Blas Valentín
1 mes hace

Gracias por leer y por compartir cómo os ha llegado el texto.
Un abrazo.

Roberto De Fabritiis
Roberto De Fabritiis
1 mes hace

Es cierto. Me parece que la doble calidad humana de ser individuo/colectivo necesariamente nos impulsa a interactuar y esperar validaciones externas. Me parece que lo fundamental es ser importante para sí mismo (y si alguien nos devuelve una mirada de interés, bien vale la pena). No logramos aprehender la maravilla de vivir. Quizás por eso se desprecia tanto el semejante (a las noticias -malas- de cada día me remito).

Amanda Itzas
Amanda Itzas
1 mes hace

Leo su texto y pienso en esa sensación que a veces ocurre, sobre todo al final del día o en los silencios largos. La de haberse pasado media vida temiendo no ser bastante, no importar lo suficiente. Y entonces llega alguien y dice que no, que una no es imprescindible. Y resulta que eso no es una condena, sino una absolución.

Me ha llegado eso de que el mundo se reordena. Porque es verdad, y además lo hace con una eficacia que casi ofende. Pero usted no lo escribe con amargura, sino con algo muy parecido a la aceptación. Y esa aceptación, leída aquí, se parece mucho a la libertad.

Cuando era niña aprendí a leer muy pronto, y durante años creí que descifrar palabras era una forma de estar presente. Luego he ido creciendo y, sin llamar la atención, también he empezado a escribirlas. Sin más encargo que el propio, sin más certidumbre que la de quien necesita contar algo y se sienta a hacerlo. Y he descubierto que la literatura no salva de nada —eso es pedirle demasiado—, pero a veces alivia. Alivia porque pone nombre a lo que duele, a lo que no se entiende, a eso que llevamos dentro y no sabemos decir de otra manera. El mundo claro que sigue sin tus libros y sin tus frases. Pero si alguien, algún día, encuentra en tu escritura algo que necesitaba oír, quizá eso no cambie el orden de las cosas, pero no por ello deja de importar.

Escribo, al final, para eso. No para ser centro, ni para ocupar un lugar. Escribo para contar lo que he visto, lo que he sentido, lo que me han contado. Para dejar constancia de que estuve aquí y de que algunas cosas me importaron mucho. Y si alguien, más tarde, encuentra en esas páginas un reflejo de lo suyo, entonces la escritura cumple su oficio más humilde y más hermoso, el de acompañar.

Lo de la indiferencia como descanso me ha dejado callada un rato. Porque es cierto, qué agotador es tener que demostrar, tener que ocupar un lugar, tener que ser vista para creerse que se existe. Y luego, cuando te apartas, cuando dejas de pedir permiso o mirada, el aire entra de otra manera. Con menos estrépito, menos vértigo y más sitio para lo que de verdad importa.

Gracias por escribirlo. No es fácil decir estas cosas sin que suene a lamento o a ajuste de cuentas. Usted lo hace con una serenidad que hoy, la verdad, se agradece casi tanto como el descanso del que habla.

Saludos cordiales.