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Ojos de tiburón

Ojos de tiburón

Dice mi madre que tengo ojos de tiburón. Me lo he tomado como un cumplido.

Hasta que lo he entendido. Para quienes no los aman o han compartido sus aguas, los ojos del tiburón están fríos, muertos. No llevan a la muerte en ellos, tan solo están cansados de vivir con ella. Entiendo demasiado bien.

Mi madre, la pobre. No pobre por lo que dice, sino por padecer la desdicha de tener un hijo al que se le han quedado ojos de tiburón y no se espanta al escucharlo como debería hacerlo.

Me preguntan por la belleza. Digo que no la encuentro. No me creen. Todo el mundo encuentra belleza en una u otra parte. Es universal. Solo la veo desvanecerse, la encuentro mímica, burla más bien, de la que me falta. De la que extraño. No hay belleza, solo vapores intoxicantes. Intoxicados.

"Ahora casi nunca me duele el pecho. Puesto que no me importa nada en presente, la parte más problemática de mi fisiología ha callado"

Ahora casi nunca me duele el pecho. Puesto que no me importa nada en presente, la parte más problemática de mi fisiología ha callado. El corazón no desea saber de sí mismo. Así que mi nervio vago, por fin, debe haber dejado de sufrir por la forma en que mi cuerpo se entregó entero. Ahora todo es una capa plana sin risas, sin ansias, sin emociones. Compartimos dimensión con esas arcillas que pueblan los fondos donde habitan seres sin ojos, sin deseo, sin pulsar como el de guitarra flamenca.

“Ya no me enfado”, le dije a un amigo luminoso como nadie creería que se pueda ser. Él duda. Me ha visto enfurecerme. Sabe de la fama de mi ira, de lo rápido que ardía y destruía. “Ya no me enfado, L., créeme”. Y deben de ser estos ojos de tiburón los que le convencen, porque no me discute, tampoco calla una replica. Sí que se preocupa. Dice, para consolarse, “eres fuerte, demasiado fuerte, esto no te hará nada”. Luego calla, piensa en A., un amigo en común, y añade: “O al menos te volverás a poner tu coraza”.

¿Qué coraza? Se ha olvidado de sí misma. No le queda nada que proteger. Se la quedó aquella a la que se la regalé. Ya no la necesito. La coraza.

"Del amor al odio, dicen, hay un paso. Amor y odio son obsesiones. No son cosas tan opuestas. No entiendo el odio"

Qué triste es no mojarse. Estar bajo la lluvia, que tu ropa duplique su peso, que se enfríe la piel. Y seguir seco. Árido. Sediento. Si fuera tinta, estoy seguro me saturaría hasta los huesos huecos. Me permitiría volverme una de mis historias y me iría con ella allá donde no puedo ya seguir al agua, al desagüe, al olvido, a un espacio de posibles.

Mis sueños renunciaron a ser míos. Ahora los habitan recuerdos. Como si ese castigo no fuera suficiente, me ha dado por la fotografía, digital, analógica. Quiero ver si eso ridiculiza, al fin, a mi memoria. Quiero que algo la humille. Tomar una imagen, estática, de cualquier cosa. Compararla luego con lo que se conserva en estas conexiones eléctricas tan raras. Sé que en este caso la máquina perderá ante el “hombre”. Pero debo intentarlo.

Del amor al odio, dicen, hay un paso. Amor y odio son obsesiones. No son cosas tan opuestas. No entiendo el odio. No entiendo ese ser que lanza dardos que ya no hacen que mis ojos sean más de tiburón. No entiendo a quienes se mienten a sí mismos. No entiendo al que miente al ser amado, tampoco al odiado.

"No es ese el camino. No el mío. No soy un tiburón. Pero es un sendero que puedo tomar"

“No hay que volver al lugar donde se fue feliz”. Dijo. Porque se corre el riesgo cierto de descubrir que el lugar permanece, pero la felicidad no aguarda. Pero yo vuelvo. Y vuelvo, y seguiré volviendo. Porque es nuestra casa. Porque no busco la felicidad. Busco recordar que supe tener serenidad. Y si por ello he de regresar al lugar donde fuimos felices, y verlo ausente de ella, y bien presente de humedades, yerbas entre las tejas, el ciprés caído, el centenario naranjo cansado… si he de hacerlo, volveré una y otra vez. Hasta que recuerde que los tiburones no solo tienen ojos muertos, también viven en un flujo uniforme y sereno.

En el mundo de los tiburones no hay felicidad. Pero tampoco hay mentiras. En el mundo de los tiburones la paz es una constante, incluso entre la muerte.

No es ese el camino. No el mío. No soy un tiburón. Pero es un sendero que puedo tomar. Es, además, el único sendero que ahora conozco. Voces de autoras muertas, recuerdos que cimbrean en un cerebro que se detesta, la constancia de aquellos a quienes no derrota la corriente. Por compasión, por saberse cosa idéntica.

Al final todos los caminos llevarían a Buda. Yo preferiría pasarlo de largo, pues mis ojos no alcanzarán a ver al Buda. Ocho son los caminos al Nirvana, y bajo ellos aguardan estos ojos. Ojos de tinta, de tiburón viejo. Me pregunto si el raciocinio animal, alemán, de Hesse se encontró a Siddhartha al sentarse a su lado, como un viajero. O si por el contrario también tuvo ojos de escualo y nos contó de lo que aprendió un animáculo que observa a través del velo más líquido.

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