Félix Núñez Caballero (Madrid, 1977) es mi amigo, pero no un amigo al que haya conocido en el mundo de los libros, sino un amigo al que conocí en la Carlos III de Madrid en 1995, cuando ambos comenzábamos estudios de ADE. Su primer recuerdo de mí es verme leyendo La hojarasca, la primera novela de Gabriel García Márquez, en la última fila de nuestra primera clase. Mi primer recuerdo de él es mirarme, con cara extrañada, leyendo La hojarasca. Félix siempre ha sido un gran lector. Desde hace unos años también ha empezado a escribir. Por ahora, sus textos no han sido de ficción, sino artículos y pequeños ensayos históricos. Ha publicado un libro sobre el pueblo de sus padres, Mestanza, en Ciudad Real.
«El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
Al destierro con doce de los suyos
–polvo, sudor y hierro– el cid cabalga.»
Félix realiza su viaje en mayo, cuando los campos aún están verdes y puede evitar los rigores del verano. El tiempo narrativo del texto debe ser 2022 o 2023, ya que se habla de la guerra en Ucrania como de un suceso reciente. Polvo, sudor y hierro nos propone, como ya he apuntado, la crónica de una semana de viaje, deteniéndose, sobre todo, en iglesias o conventos, que son descritos con rigor histórico y con un vocabulario, acerca de sus detalles arquitectónicos, preciso, propio de un aficionado al arte con lecturas. Félix también nos mostrará las conversaciones con las personas con las que se encuentre en su camino; prestando atención también a la naturaleza y los aperos propios del campo. Aunque sé que Félix Núñez es un gran admirador de Miguel Delibes, me ha sorprendido el gran control que tiene sobre un vocabulario, propio del campo y de la vida religiosa, que se encuentra posiblemente, en algunos casos, en peligro de extinción: «Cendales», «motilones», «aceifas»… También se describen con precisión pájaros, árboles y plantas. El texto se enriquece además con breves notas históricas sobre los lugares descritos, o sobre personajes, como Juan Martín, «el Empecinado», de la guerra de independencia contra los franceses.
El lenguaje de Polvo, sudor y hierro es cuidado, con el uso de alguna metáfora o contraste de palabras interesante: «Quizás Vivar sea la única aldea del mundo con una avenida» (página 13), «delgado como un maratoniano etíope» (pág. 59). Solo recuerdo haber encontrado una errata en el libro, y ya se la he comunicado al autor para que la pueda corregir.
Sin embargo, también me gustaría comentar algunas debilidades del lenguaje, en las que cae Félix como escritor primerizo. En algunas ocasiones hace uso de clichés evitables como «con los deberes hechos» (pág. 20), «me pongo manos a la obra» (pág. 76).
Creo que en un texto con aspiraciones literarias, el narrador debería evitar mostrar un entusiasmo que aspira a confraternizar con el lector. Me han chirriado, en más de un caso, el uso de frases y expresiones entre signos de admiración. Esto hace que el texto se vuelva algo ingenuo; en la página 123 leemos: «Me queda un rato holgazaneando, leyendo las noticias en el móvil. ¡Qué gran placer leer en la cama!». Y también, por ejemplo, en la página 28, el narrador entra en una librería de Burgos, y escribe: «Camino sobre el suelo ajedrezado, doy vueltas y más vueltas alrededor de la gran mesa central repleta de novedades. ¡Cuántos libros! Y pensar que dentro de cien años nadie se acordará de ellos, que ninguno llegará a ser eso que llaman un “clásico”». Además de ese entusiasmo hacia una realidad obvia (que en una librería haya libros), creo que la reflexión final, que en gran medida es un lugar común, no ayuda a que el párrafo levante el vuelo. Otra de las objeciones que le puedo hacer al texto es la de mostrar reflexiones sobre lugares comunes, que en gran medida tienen que ver con el paso del tiempo, la muerte y la irrelevancia de la mayoría de las vidas. Y, como suele ser habitual en la literatura, el libro gana altura cuando se describen vivencias más personales. En este sentido, me ha gustado la descripción que se hace de un día de alojamiento en el monasterio de Cardeña y del encuentro con monjes y con las otras personas alojadas allí. En esta individualización de vivencias el lector encontrará más verdad literaria que en las reflexiones que pueden acabar siendo lugares comunes. Un interés especial me ha causado conocer la historia del espía nazi Reinhard Spitzy, que vivió oculto en una de las torres del convento de Cardeña al terminar la Segunda Guerra Mundial, que parece una historia del Roberto Bolaño de La literatura nazi en América. Además, Félix ha incluido una fotografía de este espía nazi en el libro. No lo he dicho todavía, pero en el libro hay más de una fotografía, algunas tomadas por el propio autor, y otras, como en el caso del nazi, sacadas de algún libro de historia.
También me han gustado las historias sobre Covarrubias, pueblo que conozco de primera mano, ya que es el pueblo de los padres de otro amigo. Historias de Covarrubias que tienen que ver, en gran medida, con el tema de que en los alrededores del pueblo se rodó la película El bueno, el feo y el malo (1966), de Sergio Leone, y el inusual hecho de que en el municipio está enterrada una princesa noruega.
Félix decidió autopublicar su libro en Amazon, para lo que tuvo que hacer él mismo la maquetación y el diseño. Lo cierto es que ha quedado bien, y quizás debería aprender de mi amigo y autopublicar alguno de mis libros por mi cuenta, para probar qué tal me va decidiendo yo sobre los precios y sobre si el libro debe tener o no versión ebook, y llevar la promoción con mi canal de YouTube o mis redes sociales.
Polvo, sudor y hierro tiene 166 páginas, con una letra y paginado generosos. Lo he leído en poco tiempo. Ha sido agradable acompañar a mi amigo en su viaje histórico, cultural, de naturaleza y gastronómico. Lo que más me ha llamado la atención es que este viaje por Castilla lo estaba percibiendo como si me estuviera hablando de un lugar exótico, y me han dado ganas de visitar los lugares propuesto. Imagino que esto es el objetivo que debe conseguir un libro de viajes.


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