“Aquí en Londres tenemos un gran número de detectives oficiales y otro tanto de privados —comenta Holmes al doctor Watson en su primer encuentro en Estudio en escarlata (1887)—. Pues bien, cuando esa gente se despista, acude a mí y yo consigo ponerlos en la pista verdadera… Yo soy la última corte de apelación”.
En fin, fue el propio inquilino del 221B de Baker Street quien nos explicó entonces, en ese fragmento de Estudio en escarlata, sobre su profesión y sus quehaceres. Y un día como el de hoy, el catorce de octubre de 1892, con la publicación de Las aventuras de Sherlock Holmes por parte del editor londinense Georges Newnes, encontraron su canon el detective consultor y el narrador vicario: Watson es la mirada mediadora —la experiencia vicaria del lector—, Watson vive la investigación en lugar del lector y para el lector.
Las aventuras de Sherlock Holmes, recuerda Eduardo Torres-Dulce en una espléndida edición de El carbunclo azul —una de las piezas reunidas en esa edición príncipe de las Aventuras…— dada a la estampa por Hatari! Books las pasadas Navidades, de los diez mil ejemplares puestos a la venta hace hoy ciento treinta y cuatro años, “para diciembre ya se habían vendido ocho mil. El propio Doyle participó en la promoción a través de Watt, su agente, insertando anuncios en diversos periódicos pagándolos de su bolsillo, lo que de nuevo evidencia que, pese a sus propósitos homicidas con Holmes, no veía con malos ojos que se leyeran sus aventuras”. Ya el día 15 de aquel mismo año, veinticuatro horas después de que los londinenses corriesen a las librerías a adquirir sus ejemplares, se puso a la venta la edición estadounidense, a través de Harper & Brothers.
Como es sabido, los doce relatos que componían el libro —Escándalo en Bohemia, La liga de los pelirrojos, Un caso de identidad, El misterio del valle de Boscombe, Las cinco semillas de naranja, El hombre del labio retorcido, El carbunclo azul, El pulgar del ingeniero, El aristócrata solterón, El misterio de Copper Beeches, La banda de lunares, La diadema de Berilos— no fueron concebidas por Conan Doyle para integrar un mismo libro sino que se habían leído mes a mes entre julio de 1891 y junio de 1892 en la revista The Strand Magazine, publicación que experimentó un auge en sus ventas sin precedentes: la gente esperaba colas interminables en los quioscos y las cancelaciones de suscripciones se disparaban si algún mes se retrasaba la entrega del detective. Así las cosas, George Newnes decidió recopilarlos en ese volumen que hoy conmemoramos
Para los estudiosos y seguidores de la obra de Doyle, el llamado “Canon holmesiano”, naturalmente, viene dado en el conjunto de relatos y novelas escritos por Sir Arthur Conan Doyle. Para diferenciarlo de los miles de pastiches, adaptaciones, homenajes, e incluso faenas que quisieron ser tributos, posteriores, se articula en torno a cincuenta y seis piezas breves y cuatro novelas.
De todos los volúmenes en que se leen los casos del de Baker Steet, Las aventuras de Sherlock Holmes contiene las piezas fundacionales sobre las que se alza toda la mitología del personaje. Así, en Un escándalo en Bohemia se nos presenta a Irene Adler, la única mujer que logró engañar a Holmes. Estas páginas, las de las doce piezas, también conforman la geografía y el ambiente victoriano del 221B de Baker Street como un refugio de lógica frente al caos y esa niebla gris de Londres que habría de prolongarse hasta bien entrados los años sesenta del siglo XX, hasta el swinging London.
Las aventuras de Sherlock Holmes también establecen las dinámicas definitivas de la amistad entre Holmes y Watson, el consultor y el vicario. Sí señor, aunque el personaje nació en 1887, fue la edición puesta a la venta el catorce de octubre de 1892 la que definió la imaginería y los recursos que convirtieron a Sherlock Holmes en un mito universal.
En efecto, las ciento cuatro ilustraciones originales de Sidney Paget se grabaron de forma indeleble en esa estampa de Sherlock Holmes y del doctor Watson que obran en el subconsciente colectivo. El ilustrador supo interpretar a la perfección los textos de Doyle, y a él se deben la célebre gorra de cazador (deerstalker) y el abrigo inverness con la pequeña capa. Parece ser que Paget tenía un hermano de porte elegante y refinado, al que utilizó como modelo para dibujar al detective consultor.
Con todas las cautelas que requiere escribir sobre uno de esos personajes literarios que trascienden las páginas en las que moran estos seres ficticios para ser objeto, por parte de sus lectores más entregados, no ya de una materia de estudio tan rigurosa como una ciencia exacta —que también—, para merecer un verdadero culto, sin ánimo de ofender, en pocas palabras, podríamos hablar de Sherlock Holmes y el doctor Watson como del detective consultor y su narrador vicario. Pero lo que cumple, con esos fanáticos del pensador y su acólito es hablar del 221B de Baker Street como de un cenáculo de la Lógica, un símbolo de la razón del ser humano para desentrañar la verdad oculta. Para ellos, el domicilio del detective consultor será poco menos que la Academia de Platón o el Liceo de Aristóteles. En efecto, del arquetipo del investigador racional, de la observación aguda, de la resolución de los misterios complejos.
Pero Holmes, aunque es una inteligencia biológica, de no ser por su vicario, sería odiado como una inteligencia artificial por su mente casi sobrehumana, fría, analítica y metodológica. ¡Si sus historias no estuviesen narradas por su vicario! Si fuera él y no Watson quien nos descubriese los enigmas en primera persona, el misterio perdería toda tensión dramática —sabríamos la solución desde el planteamiento del asunto— y nos resultaría tan antipático o incomprensible como cualquier victoriano flemático. Watson humaniza a Holmes y traduce su intelecto a un lenguaje accesible y emocional.
Sí señor, otro catorce de octubre, hace ciento treinta y cuatro años, con la publicación de Las aventuras de Sherlock Holmes, el detective consultor y el narrador vicario, el doctor Watson, asentaban su canon, aún vigente.


Una visión muy interesante. La IA se equivoca y se autocorrige constantemente, a una velocidad que dificulta ver el proceso error-corrección. El hombre es más lento, pero posee una cualidad que no tiene la IA: puede levantarse de su caída en el error y puede dirigir su acción con un propósito moral y con sentido. Digo ‘puede’, porque tiene libre albedrío para hacerlo o no. Ese salto cualitativo en la evolución es el que aún no nos han explicado los evolucionistas ortodoxos.