Hace muchos años soñé que caminaba por el puente de la Zurriola detrás de una pareja joven que empujaba un carrito de bebé. De pronto el puente se desmoronó justo donde pisaban ellos y cayeron en picado, con otro montón de gente, en un torbellino de olas furiosas, espuma, cascotes y gritos de terror. Otro día soñé que pedaleaba eufórico en el velódromo de Anoeta porque la pista era de gomaespuma y me divertía tirándome de la bici desde lo alto de los peraltes. Entre los sueños repetidos con frecuencia, recuerdo los gigantescos aviones de pasajeros que veía caer en el centro de la ciudad —desaparecían tras un edificio, chocaban con estruendo, quedaba un silencio absoluto y yo me sentía obligado a buscar supervivientes—; recuerdo cómo se me aflojaban los dientes, se me caían uno tras otro, me llenaban la boca y tenía que escupirlos en la mano para llevárselos al dentista; recuerdo sueños eróticos —y estos no los voy a detallar porque ustedes leen esto gratis—. Otras noches soñé que volaba agitando los brazos, que hablaba con mi padre muerto, que alguien tocaba el timbre de mi casa y al abrir y ver que era el rey Juan Carlos no le dejaba entrar.
La semana pasada me telefoneó una amiga con la que hacía mucho que no hablaba. “Qué curioso”, le dije, “esta noche he soñado contigo y ahora me llamas”. Ella se entusiasmó: “¿Lo ves, lo ves? Dime, tú que eres tan escéptico, ¿no es alucinante cómo los sueños anticipan lo que te va a ocurrir?”.


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