Tiene casi 49 jóvenes años y un millón de lectores de su novela Los ojos de Mona, que fue un éxito internacional en sesenta países y se tradujo a treinta lenguas. Es francés, a pesar de su apellido de origen alemán; nació en París, donde se licenció en historia del arte y ejerce como profesor. Ha publicado varios libros de ensayo que no han salido de Francia y tres novelas, aunque en su biografía oficial —y en la contraportada de los libros— solo figuran dos: la que dio la vuelta al mundo y El gato del jardinero, publicada el año pasado, que Lumen acaba de traducir al español. Esa es la razón por la que Thomas Schlesser pasara por Madrid —con un alto en el Hay Festival de Segovia— y pudiéramos mantener la siguiente conversación en un ambiente relajado, sonreído y no es improbable que fructífero.
La novela sucede en la Provenza, que Schlesser conoce muy bien, ya que es el paisaje de su infancia; allí escribió el libro, que empieza con una furibunda tormenta y un devastado paisaje, lo que dará a pie a la trama: la profesora le pide al rudo y silencioso jardinero que arregle su jardín mientras que ella lo introducirá en la palabra de los grandes poetas, en la poesía, como una forma de expresar las emociones, de ver la realidad y comunicarse con el mundo. Ese será el inicio, como bien dice la contraportada del libro, de “una inesperada amistad, entre árboles maltrechos, conversaciones y versos de Safo, Pessoa, Lorca, Gaspara Stampa, Pavesse, Rimbaud, Neruda o Eliot…”. Esta lista de nombres es equívoca, y si excluimos al autor de Iluminaciones, todos los versos de estos poetas citados no llegan al diez por ciento de los que se mueven por sus páginas, en donde predomina —es lo lógico e inevitable— la poesía francesa, especialmente cuatro autores de los que hablaremos más adelante.
El primer contacto consciente de Louis, el jardinero, con las palabras (y la poesía) es la mañana en la que le cuenta a la infatigable jubilada el sueño que tuvo la noche anterior. Y de esa misma manera —nada premeditada— comenzará nuestra entrevista con el autor francés, ya que los tres días anteriores al encuentro estuve leyendo las 385 páginas de El gato del jardinero.
La última noche tuve un sueño que, aún caliente, quise relatar de inmediato, y como preámbulo, a Thomas Schlesser. Este fue ese sueño: “Estoy en un acuario. Por delante de mis ojos veo pasar peces, muchos peces de diferentes tamaños, pero todos iguales y todos son de un color pálido. De vez en cuando aparecen otros peces iguales, pero con un color intenso, y en algún momento, casi como una excepción, se deja ver un pez brillante, de innumerables colores…”.
—¡Ya está!
—¿Ese fue su sueño?
—Sí, y fue precisamente esta última noche, tras acabar de leer su novela. Le podría preguntar cómo interpreta este sueño, que tanto tiene que ver con su libro, pero como no quiero invadirle ya con la primera pregunta, le adelanto mi explicación: los peces pálidos son la mayoría de las personas que habitan en el acuario, digo, en el mundo; los de color intenso, son las que se mueven alrededor de la poesía, ya sea como lectores o autores, y ese pez brillante que se asoma fugazmente es el poeta, el Poeta con mayúscula, ya que, como bien sabe, no es lo mismo escribir versos que ser poeta. Poeta es Lorca, Juan Ramon Jiménez, Neruda, Borges, César Valleja, Octavio Paz, y en francés, bueno, usted sabe bien quiénes son los poetas franceses. ¿Qué le parece esta interpretación?
—Me gusta. Me parece acertada o coherente. Al principio de mi novela Talía le dice a Louis: “Cuenta tu sueño, y ese sueño será tu poema”.
—Tras este preámbulo innecesario, pero inevitable, vayamos a sus libros. Me llama la atención que publicara una novela en el año 2003 o 2004, su primera novela, La Vierge maculeé (La virgen manchada), y sin embargo, nunca se habla de ella. Ni siquiera figura en la biografía de la solapas de sus libros. ¿Qué ha pasado?
—Es extraordinario que me saque este asunto, que mucha gente no conoce, ya que ese libro lo publiqué hace más de veinte años. Era una historia que quería contar en su momento, y así lo hice; entonces no imaginé que yo podría entrar en ese estatus de novelista. Mis intereses iban por otro lado. Ser novelista no me interesaba especialmente. Me dedicaba a mis ensayos y mis trabajos sobre arte, pero volví a la ficción por circunstancias vitales que me empujaron a escribir estos dos libros que nunca había previsto.
—¿No está satisfecho de esa primera novela?
—La Virgen manchada es una novela que sucede en el siglo XVII, en la que se busca recuperar la identidad de un artista que hacía obras bastante controvertidas en la Francia de Luis XIII, y al final se descubre que ese artista es una mujer. Estoy contento con el libro, forma parte de mi vida, pero cuando lo releí pude observar la inmadurez de la juventud, de mi juventud, aunque sé que si no lo hubiera escrito no habría llegado a las siguientes novelas ni sería capaz de enfrentarme a cosas más elaboradas.
—¿Qué mujer fue?
—¡Hmm! El personaje no existió. Es una historia inventada.
*
(Para curiosidad del lector, comentaremos que La Virgen manchada es una novela de aventuras con una trama detectivesca con el fondo histórico de la Francia barroca del cardenal Richelieu, con intrigas teológicas y políticas en donde el arte tiene un peso decisivo. Es posible que se apreciara en esa novela la peligrosa y alborotada sombra de El nombre de la rosa, de Umberto Eco).
*
—Empecemos la charla con Los ojos de Mona, su gran éxito y posiblemente el libro que le ha cambiado la vida. Sé que usted perdió un hijo (o una hija) antes de nacer, y de ahí surgió esa necesidad de crear en la ficción a esa niña que nunca llegó. ¿Es así?
—Sí, así es. Es una historia personal triste, pero no voy a entrar mucho en detalles, por mantener la intimidad que prometí a mi ex-pareja. Fue una situación bastante complicada, difícil de afrontar, y fue entonces cuando me dieron ganas de crear ese personaje y de imaginar a una niña en ese momento de vida.
—Esto sería hace doce o trece años. ¿Tiene hijos ahora?
—No. Creo que no, pero siempre la vida te puede sorprender (risas).
—En principio parece ser (podría) que Mona fuese esa niña que usted no tuvo, y Henry el abuelo de su infancia.
—No, el abuelo no. En absoluto. Ese personaje está inspirado en un historiador bastante competente y polémico que se encargaba de desmitificar las historias oficiales de Francia, cuyo nombre es Henri Guillemin, y yo le hago un guiño en mi libro. El Henry de la novela es ese abuelo que todo el mundo querría, y Mona, efectivamente, es la hija que me hubiera gustado tener.
—¿Por qué Mona tiene diez años en vez de trece, por ejemplo, que parece más verosímil para entender lo que le explica su abuelo?
—Me interesaban especialmente los diez años, que es cuando se acaba el colegio y se pasa al instituto: una edad de transición entre dos momentos, en donde dices adiós a la infancia y entras en otro mundo. La historia tal vez hubiera sido más creíble con una niña mayor, pero Mona es una niña muy inteligente, activa y llena de energía.
—Se le ha comparado con El mundo de Sofía, y yo creo que con razón. ¿Por qué no lo editó en una colección juvenil?
—No lo concebí para niños. Era un libro destinado a los adultos, pero sé que hay padres o abuelos que lo leen con sus hijos o nietos, y me parece muy interesante. La comparación con el libro de Jostein Gaarder la conozco. Un día coincidí con él y le pregunté si estaba de acuerdo en que Mona pudiera ser la hermana pequeña de Sofía.
—¿Y lo estaba?
—Le gustó.
—Es cierto que Los ojos de Mona interesa a los adolescentes, pero un lector adulto ve otras cosas, porque el libro es una lección de arte, pero sobre todo una lección de vida, y esas lecciones no se aprenden sólo en los comienzos.
—Totalmente de acuerdo.
—¿Cómo seleccionó los 52 cuadros de tres museos parisinos que incluye en la novela?
—La elección fue algo subjetiva. Tenía una serie de pinturas que quería que estuvieran, y luego elegí otras no previstas mientras escribía, según se desarrollaba la trama. Más o menos fue mitad y mitad.
—Parece ser que Courbet es el pintor que más le interesa. ¿Por alguna razón?
—Es muy importante para mí, porque mi vida está relacionada con este pintor y lo he trabajado muchísimo. Hice el doctorado sobre Courbet hace ya veinte años, y he publicado libros y ensayos sobre él; para mí es como una referencia en mi vida intelectual.
—Me sorprende que tardase diez años en escribir Los ojos de Mona y solo tres El gato del jardinero.
—Comencé El gato del jardinero antes de que se publicase Los ojos de Mona. Cuando sale esta novela y se vende y se traduce, vi una ventana abierta y supe que podría ser posible seguir adelante con El gato del jardinero y que llegase al público. Es muy difícil publicar una novela sobre la poesía, pero el éxito de la anterior me lo facilitó. Si tardé diez años en acabar Los ojos de Mona, es porque paralelamente escribí otros tres libros de ensayos, que apenas se conocen y tan solo uno se ha traducido al inglés.
—Una pregunta impropia: ¿El gato del jardinero es una novela o una fábula larga?
—No puedo calificar el libro, eso lo ha de hacer la crítica. No siento esa necesidad de etiquetar las cosas, porque las categorías son algo que está en evolución.
—¿Por qué escribió la novela?
—La poesía fue la primera gran pasión intelectual de mi vida, incluso antes que los videojuegos. Y la descubro por azar a los doce años. Yo era un mal alumno y la poesía me dio la posibilidad de expresarme. Me aprendía de memoria los poemas todos los miércoles en mi habitación, y cuando recitas en voz alta, se integran muy bien. Se puede decir que esos poemas acompañaron las fibras del corazón y fueron formando parte de lo que soy. Con este pasado era inevitable que algún día escribiera un libro sobre la poesía, porque la potencia existencial que tiene es muy importante para mí.
—¿Cuáles fueron los primeros poetas que leyó, los que le despertaron?
—El primer poeta que descubro es Apollinaire y su libro Alcoholes. Me sorprendió la embriaguez que sentía al leerlo, a pesar de que entonces no había probado el alcohol porque era un niño. Recuerdo bien un poema, que no está incluido en El gato del jardinero, y que dice: “Al final estás cansado de este mundo antiguo / Pastora oh torre Eiffel el rebaño de los puentes bala esta mañana…”.
*
(Este largo poema, titulado “Zona”, finaliza con estos versos:
“…Y bebes ese alcohol ardiente como tu vida
tu vida que bebes como un aguardiente
Caminas hacia Auteuil quieres ir a tu casa a pie
dormir entre tus fetiches de Oceanía y de Guinea
son Cristos de otra creencia y con otras figuras
son los Cristos inferiores de esperanzas oscuras
Adiós Adiós
Sol cuello cortado”
Es uno de los poemas más conocidos del libro Alcoholes, de 1913, del que existen varias ediciones en español. La más recomendable es la de la colección Letras Universales de Ediciones Cátedra, del 2001, volumen con un estudio previo, donde también se incluye su libro de cuentos El poeta asesinado).
*
—¿Qué es para usted la poesía?
—No tengo una definición exacta, pero en El gato del jardinero hay una, que es una desviación de un verso de Jacques Prévert: “La poesía es el nombre más bello que le damos a la vida”. Me gusta esa idea de que la poesía esté al servicio de la vida, que no sea un elemento aislado, cerrado y hermético.
—Yo le daré otra definición. Es de Carlos Edmundo de Ory, un poeta postista español que no conocerá: “La poesía es un vómito de piedras preciosas”.
—¡Oh, interesante! No está mal, no está mal (con entusiasmo). Me gusta. Me gustan las dos.
—¿Por qué elige a un gato enfermo (tiene un tumor) como personaje?
—Louis es una persona atravesada por múltiples sentimientos y sensaciones que le cuestan mucho exteriorizar, no sabe expresarlos. El gato es una prolongación más intensa de esas emociones: es un animal que sufre, que no es capaz de hablar de ese dolor que siente, y me pareció que eran una pareja perfecta.
—¿Y cómo encaja aquí la poesía?
—La palabra poética, en cierto modo, da una reparación, un consuelo, y permite al protagonista salir de sí mismo. También hay otro elemento, que es encontrar esa lengua común. Podríamos decir que el jardinero es un poeta de su jardín, que arregla, gestiona y cuida las plantas, al igual que hace un poeta, pero con las palabras.
—La novela se desarrolla en la Provenza, al sur de Francia, que es el paisaje de su infancia.
—Sí, pero la Provenza no es sólo una cosa del pasado, porque mis padres siguen viviendo allí. Una parte de esta novela la escribí en una pequeña casa que tengo, pero la zona geográfica es la misma.
—La historia se inicia con una grandiosa tormenta y finaliza con un espectacular incendio. ¿Hay tantas tormentas y tantos incendios en aquella zona?
—Estos sucesos climáticos es algo que yo he vivido. Louis si tiene esa fobia ante ellos es porque yo también la tengo. Cuando era niño, en 1983, y un poco más tarde, en 1990, viví dos incendios: el primero a un kilómetro y medio de mi casa, y el segundo a 150 metros; por lo tanto conozco muy bien las amenazas del fuego y sé lo que es ese miedo. La Provenza también es un lugar con enormes tormentas, que llegan después de un periodo extremo de sequía, y van arrastrando todo a su paso, tal como sucede al principio de mi novela.
—¿Qué simbolismo tienen los sapos?
—La invasión de los sapos es como una representación de las fuerzas del mal. Están en mi novela, como está el cáncer del gato, y en cierto modo Baron, el vagabundo. Es curioso, porque un día recibí una carta extremadamente agresiva de una lectora, en la que me decía que la imagen que he dado de los sapos es una imagen detestable e injusta, porque son unas pobres criaturas que sufren mucho por esa apariencia que provoca el rechazo de la gente. Y me añade un largo poema de Víctor Hugo, titulado “El sapo”, que habla de las virtudes de estos pobres animales frente a la maldad del mundo.
—Imagino que usted habrá escrito poesía.
—¡No!… Bueno, soy un mal poeta, y con mi novela he querido contribuir, dentro de mis posibilidades, a la difusión de mi pasión poética. Mi novela es una invitación a leer y escuchar poesía, porque hay muy buenos poetas contemporáneos, pero falta un público que los escuche.

El escritor francés Thomas Schelesser con la traductora Aitana Mendieroz durante la entrevista en Madrid. Foto: José María Plaza
—¿Cuáles son los poetas en lengua española que más le gustan?
—García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda. Querría decir, y sé que será polémico, que Pablo Neruda es un poeta extraordinario, pero que tiene ciertos poemas que se te hacen repetitivos y te das cuentas de que hay lugares comunes en ellos. Es un poeta muy popular, pero merece la pena ser leído en una antología con poemas muy bien escogidos.
—No lo veo polémico. Yo pienso lo mismo, tanto de Neruda como de Rafael Alberti: los dos tienen una obra tan amplia y variada que incluye poemas mediocres y otros realmente malos. Es el riesgo de escribir demasiado y publicarlo todo.
—Totalmente de acuerdo.
—Imagino que sus poetas favoritos son los más citados en la novela. O sea: Baudelaire, Rimbaud, Apollinaire, Verlaine…
—Cuando era adolescente esos eran los poetas que yo tenía más a mano. En los años ochenta no se tenía una pantalla donde leer toda la poesía del mundo. Estos son los poetas que me habitan desde el principio, desde siempre. Hay otros que me gustan mucho y los descubrí mas tarde, pero no están tan integrados en mi vida, como Gaspara Stampa, que adoro, la rusa Marina Tsvetáyeva, y por supuestísimo, el gran Edgar Allan Poe.
—Estoy de acuerdo en que la poesía ayuda. A usted, ¿en qué le ha ayudado?
—La poesía tiene un poder protector, y yo lo he vivido. En 2009 tuve acúfenos. Fui al médico, me hicieron un escáner, y cuando estaba dentro del tubo me puse a recitar un poema de Mallarmé, como si fuese una especie de ritual o de escudo. Cuando a Mona le tienen que hacer un TAC, la niña canta, también para protegerse. El poema de Mallarmé es “Soneto en X”, un texto completamente hermético, no muy generoso con el mundo, pero a su vez parece tener una especie de fórmula mágica: “Ses purs ongles très haut dédiant leur onyx…”.
*
El escritor recita entero este poema, como si fuese una repetición de aquel momento de inquietud e incertidumbre (nada que ver con el actual), y nosotros reproducirnos este texto, escrito en 1887, que aparece parcialmente (los seis primeros versos) en su novela El gato del jardinero. Ante esta limitación, recuperaremos la traducción completa del soneto, que versionó Octavio Paz en 1968. Lo titula “Soneto en ix”.
“El de sus puras uñas ónix, alto en ofrenda,
la Angustia, es medianoche, levanta, lampadófora,
mucho vesperal sueño quemado por el Fénix
que ninguna recoge ánfora cineraria:
Salón sin nadie ni en las credencias cuenca alguna
espiral espirada de inanidad sonora,
(el Maestro se ha ido, llanto en la Estigia capta
con ese solo objeto nobleza de la Nada.)
Mas cerca la ventana vacante al norte, un oro
agoniza según tal vez rijosa fábula
de ninfa alanceada por llamas de unicornios,
y ella, apenas difunta, desnuda en el espejo
que ya en las nulidades que clausura el marco
del centellar se fija súbito el septimino”
*
Después de esto poco queda por decir. Quizás, comentarle al lector que en El gato del jardinero aparecen tan sólo cuatro poetas en español (de los casi ochenta): Lorca, del que se citan dos versos de pasada; Pablo Neruda, tres versos breves; Teresa de Ávila, de quien se comenta su misticismo, y Jorge Luis Borges, al que el autor dedica página y media con motivo del “Poema de los dones”.




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