Hubo un tiempo en el cuadrante noroeste de la península Ibérica, coincidente con el cambio del primer milenio, en el que los funestos augurios, unidos a la falta de confianza y al miedo supersticioso, condenaron a sus habitantes a una vida marcada por la oscuridad y el temor. Siempre bajo la sombra de la incertidumbre que imponía una existencia precaria, habrían de pasar aún muchos años antes de que aquellos hombres y mujeres pudieran respirar, atraer un cierto progreso, ver alejarse los conflictos fronterizos y alcanzar una vida más segura y convencional.
No es casual que la novela arranque en el año 1028, cuando la descomposición del Califato de Córdoba había abierto una profunda grieta en el equilibrio peninsular y los pequeños condados cristianos, aún frágiles y mal definidos, comenzaban a intuir un porvenir distinto. En ese espacio de incertidumbre, Roa construye un relato que no se limita a recrear el pasado, sino que aspira a conferirle una dimensión simbólica y fundacional.
El protagonista, Ramiro, hijo no legítimo de Sancho III el Mayor, encarna desde el inicio una figura condenada a la irrelevancia histórica. Bastardo, prescindible, destinado en apariencia a una vida de incursiones menores y gestas sin eco, su papel parece limitado a servir como pieza secundaria en el tablero político de su padre. Sin embargo, como suele ocurrir en los grandes relatos de origen, es precisamente desde esa marginalidad desde donde se desencadena el cambio. Una expedición fronteriza, aparentemente menor, se convierte en el primer eslabón de una cadena de acontecimientos que terminarán alterando el curso de los reinos del norte.
La muerte de Alfonso V de León y la minoría de edad de su heredero abren un escenario de inestabilidad que Roa aprovecha con una narrativa brillante. Como es habitual en los relatos de este periodo, aparecen intrigas, personajes deshonestos, traidores y desleales que se suceden en un mundo donde la violencia no solo es una forma de expresión, sino un auténtico lenguaje político. La novela muestra con crudeza cómo los pecados habituales de la época —el robo, el asesinato, la calumnia o la ambición personal— pueden convertirse en el leitmotiv capaz de transformar condados en reinos y actuaciones individuales en leyenda colectiva. La afirmación «el fin justifica los medios» adquiere aquí todas sus peores connotaciones.
Considero que uno de los aciertos de La estirpe del águila reside en su relación con las fuentes. Roa no oculta la escasez del material documental, especialmente en lo que respecta a espacios como los monasterios donde la autenticidad de muchos textos es, cuando menos, discutible. La habilidad narrativa del autor transforma este lastre en un estímulo creativo: allí donde la historia presenta un vacío, la ficción adquiere protagonismo. El resultado es una narración que asume con naturalidad el diálogo entre lo comprobable y lo legendario.
En este punto, la novela plantea una reflexión de mayor calado: la necesidad de recuperar una mitología propia. Roa cuestiona una visión excesivamente historiográfica del pasado que desprecia el valor del mito como constructor de identidad. Frente a ello, reivindica la potencia simbólica de las narraciones fundacionales, aquellas que, más allá de los hechos, modelan una cultura y una forma de entender el mundo. Su ambición no es menor: ofrecer al lector una épica hispánica capaz de resonar con más fuerza que otros ciclos legendarios europeos.
El resultado es una obra que no se agota en la última página. La estirpe del águila invita a seguir disfrutando del trabajo de Roa y deja una sensación poco frecuente: la de haber asistido al nacimiento de unos personajes y de un tiempo que, aun sabiéndose remotos, se perciben extrañamente cercanos. Esa nostalgia final, ese eco persistente que acompaña al lector tras cerrar el libro, es quizá la mejor prueba de que el autor ha alcanzado su propósito; considero que no resulta descabellado pensar, además, que esta historia pueda tener continuidad.
Para finalizar estimo necesario matizar una idea expuesta más atrás: España no necesita inventar mitologías ni recurrir a mundos imaginarios al modo de las leyendas artúricas o nibelungas: basta con seguir el camino que propone Roa, ficcionar la historia documentada y enriquecerla con las leyendas preservadas por la tradición oral.
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Autor: Sebastián Roa. Título: La estirpe del águila. Editorial: HarperCollins. Venta: Todos tus libros.


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