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Tocan a muerto, de Laura Vivar

Tocan a muerto, de Laura Vivar

Laura Vivar nació en Guadalajara en 1986. Estudió Filología Clásica en Madrid con una especialización en Sintaxis Latina. Ha publicado textos en diversas revistas literarias, como ArtNoir y Ligeia. Trabaja como profesora. Sus autores de referencia son Juan Rulfo y Elfriede Jelinek. Presentamos una muestra de Tocan a muerto, su primer libro, publicado por la editorial Blatt & Ríos en 2026. Una obra repleta de escenas e historias protagonizadas por tías, abuelas y vecinas, fantasmas y heroínas. Protagonistas todas de la historia de un pueblo y de un país: mujeres que vivieron la guerra y la posguerra en la España rural, aunque aprendieron que de eso no se hablaba. Borradas del relato oficial, fueron ellas quienes sostuvieron la vida cotidiana, los cuidados y los saberes. Esa complicidad imprescindible para sobrevivir atraviesa cada uno de los capítulos de Tocan a muerto, que recoge los susurros en el lavadero o camino a misa y los transforma en una voz propia, fuerte, imposible de ignorar.

***

1. No me hagas hablar

Tampoco hay mucho que contar, qué quieres que te cuente. Nada. En los pueblos era todo lo mismo, hija, en la ciudad sería otra cosa, pero en los pueblos qué, pues deslomarse a trabajar y a Dios gracias si tenías un cuscurro de pan que echarte a la boca. Después de la guerra la vida no valía dos pesetas. Mi padre, que en paz descanse, tenía unos dolores que para qué y era de haber estado toda la vida arriñonado en el campo, pero es que entonces no había las máquinas que hay ahora ni dinero para comprarlas. Y mi madre solo conoció el negro. No tengo yo recuerdo de ella vistiendo otro co­lor. Da lo mismo el retrato que saques, mira, lo mismo es. En esta foto sale con el tío Manolo en brazos, ahí sentada en el poyo que estaba en frente de la casa de la tía Juliana. Los otros deben de ser el tío Ángel y el Damián. Ahí sentadita con su moña bien hecha y los faldones negros hasta el suelo, que hasta los calcetines y las alpargatas son oscuros, fíjate. Qué maña se daba con las horquillas. Por las mañanas hacía zas, zas y ya tenía el pelo arreglado todo el día. Uy, tu bisabuela Rosa no llevaba nunca un pelo fuera. Pues serían fiestas o algo, qué sé yo, porque los niños van vestiditos de blanco. Dime a ver si pone el año, pero su padre había muerto ya hacía largo y la mujer se quedó con el luto igual y ni alivio ni nada.

Ah, sí, este es mi hermano también, les hacían a los niños los retratos en la escuela con el mapa y los libros. Qué orejas, santo Dios, pero la misma cara de pillo. Anda que no hizo novillos para irse a cazar palomas con la escopeta de perdigones. El Jacinto y él, que luego las echaban a la chasca en el muro atrás del cementerio y ya tenían para almorzar. Qué pescozones le metía mi padre cuando se enteraba y mi madre, que como era su ojito derecho, déjale, déjale, que ya mañana va y apren­de la lección. No fue nunca buen estudiante, le gustaba más la jarana que los libros.

Esa fotografía es de mi prima la pequeña. Es la era del tío, la que linda con las tierras del abuelo Ignacio, no sé quién le sacaría el retrato, igual el novio. Mira qué pendientes lleva más bien puestos y su poco reloj en la muñeca. Era la moderna de la familia, la que nos hacía la permanente en la corrala de la casa, qué buenas risas nos echábamos cuando se la hacíamos a mi madre y a alguna vecina ya cuando fueron mayores, pues anda que no nos costó convencerlas y eran ya los años sesenta, qué te crees. Nos poníamos ahí con nuestra bolsa de rulos rosas y pinzas en el regazo y el peine y nos la ha­cíamos las unas a las otras con bien de paciencia, que los rulos eran pequeños. No había cuartos para ir a la peluquería, hija, nos apañábamos nosotras. Echábamos toda la tarde hablando de nuestras cosas y con el olisco a amoníaco rancio que dejaba aquello, que nos íbamos atufadas luego a casa, pero con los rizos bien puestos, sí, Señor. Y cuando no hablábamos del embarazo de una, se hablaba de la boda de la otra y nos teníamos al día.

Eso es en la calle de la Conchi, en el pueblo, estaría­mos por casarnos. Qué gallardo tu abuelo, no me digas. Eso sí, salía serio en todos los retratos, serio, serio. Toda la vida, cada vez que le sacaban una cámara, se ponía más tieso que un palo. Bien moza yo, qué, como una sílfide estaba, mírame, antes de empezar a parir, qué lástima, cómo se echa una a perder. Esas dos eran dos vecinas amigas mías, anda que no pasamos penurias juntas. La del lazo es la Sabina, qué mala vida le dio el marido, y la otra la Miguela, que tenía mucha maña para la costura, no he visto yo nunca cosa igual, bordaba que era un primor, lo mismo te cogía unos pantalones que te arreglaba un vestido. Quería ser modista la mu­jer y, claro, pues no pudo.

Ese es mi hermano Teodoro en la mili en Zaragoza, que me mandó carta. Léeme a ver qué dice. Hermana aqui temando esta foto para que tengas un recuerdo de tu hermano que tequiere de berda. Qué flamen­co con su uniforme, date cuenta, que luego volvían al pueblo y se ponían la ropa de faena y parecían menos. Esa foto la tuvo mi madre toda la vida puesta en un marquito de plata en el recibidor. A ver las otras car­tas que ni sé de quién serán ni qué dicen. Léelas, que igual alguna es de cuando mi madre estuvo sirviendo.

Ahí está el Crecencio, el cura, míralo, míralo, en la procesión de mi virgencita de la Zarza. Se juntaba todo el pueblo, eh, que no había donde tirar aguja, y bien vestidos. Mira qué bullo de gente. Los Priones son esos que están con el alcalde ahí arriba. Antes a la Virgen se la sacaba de la iglesia y se la llevaba a la ermita. Se le daba una vuelta alrededor para espantar al diablo, muertita del miedo iba yo, pero había que hacerlo, allí no faltaba nadie, vamos, ni se nos ocurría, que luego te ponían a caer de un burro, y más a los nuestros, que no podíamos ni menearnos sin que dije­ran alguna tontá, así que allí todos juntos y a aguantar las miraditas y los codazos. Hija, la procesión era sa­grada o te hacían la cruz en el pueblo y nuestra fami­lia bastante había tenido ya. Qué te crees, que ahora todos muy buenos vecinos, y qué familia tienes, Mi­lagros, eso me dicen, que tengo que estar orgullosa y coñe si lo estoy, pero que bien nos acordamos todos, que no hace tanto, eh, que de mi madre y de las otras no se habla, de eso no, sinvergüenzas. No me hagas hablar, hija. No me tires de la lengua.

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Autora: Laura Vivar. Título: Tocan a muerto. Editorial: Blatt & Ríos.. Venta: Todos tus libros.

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