Hablar de autorretratos y retratos en la literatura suscita muchas preguntas, aún más cuando se ensancha el problema al ámbito de la pintura. La pregunta esencial es: ¿cómo se integra el autorretrato en la representación pictórica? A menudo se sabe, por el título propuesto por el artista, que se trata de un autorretrato: en este caso el pintor se toma a sí mismo como objeto de representación. Es una especie de pausa en la imagen de uno mismo, que se capta con la propia mirada y que a menudo impresiona al que lo mira.
Alberca intenta primero definir el término autorretrato. Sabemos que proviene de la palabra italiana rittrare que literalmente significa la copia de algo. En su gran sabiduría el diccionario Covarrubias, ya 1661, nos hablaba del retrato como imagen, limitado a un personaje, como una simple copia de algo, una imitación que nos hace pensar en la fotografía futura.
Las primeras páginas del ensayo de Alberca, Mírame: Enigma y razón de los autorretratos (Madrid: Confluencias Editorial, 2025) exponen explícitamente la misma problemática desde su título Mírame, o sea la relación entre la mirada de quien pinta su retrato y la de quien lo contempla. Se establece, por lo tanto, una dialéctica entre interior (el que pinta) y exterior (el que mira el cuadro), la mirada como acceso a la interioridad al producirse y la mirada al otro.
El subtítulo del libro complica aún más esa relación, al hablar de enigmas y de la razón en los autorretratos. Así, lo que parece obvio al principio se sitúa bajo el signo del enigma, es decir, de la ambigüedad. Alberca ya hablaba, en sus trabajos anteriores, de un pacto ambiguo en la escritura del yo en el discurso autobiográfico: El pacto ambiguo, de la novela autobiográfica a la autoficción (Biblioteca Nueva, 2007 y segunda edición revisada y ampliada, ETC Libros, La Zambrana, 2024) y La máscara o la vida de la autoficción a la antificción (Málaga: Pálido Fuego, 2017).
Este nuevo libro combina dos características distintas: por una parte, la presencia personal del autor, quien relata con detalle la génesis de su interés por los autorretratos en pintura, dibujo, fotografía y grabado. El texto cobra en ese momento un aspecto autobiográfico, notable en ese especialista del discurso del yo. Por otra, demuestra el rigor académico del autor que traza toda la cronología de la historia del autorretrato en pintura a través de un estudio muy detallado, bien documentado, de docenas de artistas, como lo prueba la larga lista de pintores citados al final, en un índice onomástico completo y variado. Las referencias bibliográficas, no solamente nacionales sino también internacionales, obligadas en este tipo de libros, confirman el valor científico del estudio.
Alberca nos cuenta cómo fue descubriendo gradualmente este tema a través de visitas a Museos de Europa y de América, dándole al libro un marcado carácter subjetivo, particularmente evidente en la sección final, titulada “Galería de mis favoritos”, que presenta una selección de autorretratos elegidos personalmente por el autor.
Hasta el punto de hablar, en su caso, del síndrome de Estocolmo, lo que explicaría su pasión por los autorretratos. El autor presenta varios ejemplos seleccionados personalmente, desde Sofonisba Anguissola en 1559, una de las primeras mujeres en exponer su propio retrato, hasta Frida Kahlo, incluyendo obras de Rembrandt, Gustave Courbet, James Ensor, Edvard Munch y Egon Schiele. Esta es, sin duda, la parte más original del libro. Alberca se revela entonces como un auténtico crítico de arte, experto y original. Es un libro dentro del libro.
De paso, podemos lamentar dos elementos en la presentación técnica del libro que aportará una segunda edición, que la obra sin duda merece: la presencia de un índice de cuadros citados para facilitarle la consulta del libro a un lector no especialista y para que pueda deambular a su antojo por este conjunto a veces complicado o laberíntico, y una mejor correspondencia entre la reproducción del cuadro y su comentario, ciertamente difícil de conseguir, dado el formato del libro, pero sin embargo deseable. De la misma manera, una reproducción en color de las pinturas incrementaría el precio del libro, pero sería una ventaja obvia.
Es impresionante el material acumulado por Alberca a lo largo de un recorrido más cerca de una búsqueda personal que de un trabajo académico. Descubrimos a pintores poco conocidos como este Louis Janmot cuyo autorretrato se hizo en 1832, obra maestra que se reproduce en la cubierta del libro e ilustra perfectamente la llamada imperativa del título: “Mírame”. El autorretrato no solo trata sobre cómo pinta el pintor, sino sobre todo, cómo se ve a sí mismo. Es difícil resumir en pocas líneas la riqueza y la interacción de múltiples referencias a lo largo el libro.
Alberca enfatiza acertadamente la importancia del espejo en la creación de un autorretrato, estableciendo sutilmente la diferencia entre un retrato y un autorretrato. El espejo nos refleja una imagen invertida de otras nuevas. Francisco Umbral, en su libro Mortal y rosa, comienza con una larga contemplación de sí mismo y escribe con razón: “mi rostro en el espejo”.
El autorretrato es, ante todo, un juego de miradas. En él, hay un intercambio entre dos miradas: la del pintor, que compone su retrato, y la del espectador, que lo observa. ¿Cuál es la base del autorretrato? Por supuesto, hay una multitud de miradas, es inmensa la riqueza del registro del retrato. Hasta el punto de reflexionar sobre el fenómeno actual de la exposición pública a través del selfie. ¿Qué es el selfie? ¿Narcisismo? La tendencia del selfie, hoy en día, quizás refleje este triunfo de la identidad personal y un deseo de exhibirla y de situar la actuación del artista en el centro de la creación. Destaca su carácter efímero, inmediato. “Son enviados para ser consumidos como un fast-food bulímico e insustancial” (p.101). En ese momento Alberca se vuelve sociólogo, con un sentido notable de la fórmula acertada.
Otro postulado importante: el autorretrata nos da el rostro de alguien que no se conoce porque nos vemos siempre al revés. El autorretrato es, por lo tanto, una forma de búsqueda del conocimiento del propio cuerpo, que responde a la pregunta esencial: ¿Quién soy? ¿Cómo soy? Esto nos lleva a afirmar la interacción y la pluralidad de lugares de identidad personal. Existe, entre cada individuo, una superposición de varias individualidades que habitan en la misma persona.
Por supuesto, se analizan algunas grandes pinturas, como las famosas Meninas de Velázquez o el autorretrato de Bacon. Alberca también considera la presencia de la máscara en la representación del rostro del artista, presente en numerosos autorretratos.
El autorretrato es una actividad expuesta que revela la fragilidad del sujeto. Lucha por conocerse a sí mismo. Narciso es el ejemplo perfecto de un hombre enamorado de su propia imagen, hasta el punto de morir por ella. Además, Alberca enfatiza la relación entre el autorretrato, el tiempo y la muerte, en este deseo de trascenderlos dejando huella.
Las secciones dedicadas a Goya, a Rembrandt o a Picasso serán especialmente interesantes. Incluso encontramos, curiosamente, un autorretrato del pintor Chirico que no esperábamos en este recorrido.
En definitiva, Alberca nos invita a contemplar los autorretratos desde una perspectiva nueva durante nuestras visitas a Museos. Es cierto que en ocasiones tendemos a pasar rápidamente por alto estos cuadros, considerados injustamente arte menor en la producción de grandes pintores Después de leer este magnífico libro, nos damos cuenta de que son fundamentales para comprender a los pintores que los crearon. Los miraremos con otra mirada. El libro se vuelve, leído así, una auténtica lección pedagógica para comprender mejor la pintura. Llegamos a la conclusión de que el autorretrato no tiene que ser una sencilla copia, una pura copia de la realidad.
Tras leer este sugerente ensayo, uno nunca volverá a mirar un autorretrato con los mismos ojos. Otro juego de perspectivas…
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Autor: Manuel Alberca. Título: Mírame: Enigma y razón de los autorretratos.
Editorial: Confluencias Editorial.


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