Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 1 de marzo de 1936: Manifestación socialista
Ya verás como todo va a ir bien. Dame un beso, anda.
—Ánimo, tío Julián —dijo una niña, a su lado.
Era su sobrina Carmen. Junto con su hermana, compensaba a menudo la ausencia de hijos en casa de los Besteiro.
Los tres estaban en el patio del chalecito de aspecto inglés, en la colonia de viviendas cercana a la Residencia de Estudiantes. La puerta de la calle seguía abierta.
Julián Besteiro, alto, delgado, un tanto encorvado, cargado de espaldas, con aire de profesor despistado, permaneció en el umbral, dubitativo. Hasta ellos llegaban los primeros gritos de la manifestación: «¡Viva Lenin!», «¡Viva Rusia!», «¡Vivan los amnistiados!», «¡Viva la revolución de Asturias!», «¡Vivan los bolcheviques!», «¡Viva la República!», «¡Muera el Ejército!».
—¿Oyes cómo están? —murmuró con desagrado.
Meneando la cabeza, salió a la calle y se encaminó hacia el paseo de la Castellana. Su mujer y su sobrina le siguieron con la mirada. El día gris se acomodaba a su ánimo.
En la plaza de Colón arreciaron los vítores. En las manifestaciones ganaban siempre los ruidosos y hoy estaban tremendamente exaltados, como comprobó Besteiro. Ya habían salido de las cárceles todos los implicados en la revolución de Asturias, así como los presos de las esquerres. Era sabido que Lluís Companys, ahora presidente de la Generalitat, había viajado la noche anterior camino de Barcelona, con el Estatut bajo el brazo. Y, por supuesto, el catalán no estaba entre los obreros y republicanos españoles que progresaban bajo un cielo nublado y tristón.
Al salir a la explanada, a Julián Besteiro no le sorprendieron los carteles con retratos de Lenin y Stalin. Pero el ambiente era festivo. La manifestación, que celebraba el decreto de readmisión de trabajadores represaliados, no encontró a su paso otra cosa que ventanas cerradas de familias derechistas que no deseaban presenciar aquello en el mismo día en que se celebraba la segunda vuelta de las elecciones en las provincias de Castellón, Soria, Guipúzcoa, Álava o Vizcaya, donde ningún candidato había conseguido el cuarenta por ciento de los votos. Algo, eso sí, que solo podía variar mínimamente un Parlamento ya dominado con claridad por el Frente Popular.
La manifestación había arrancado en Atocha. La secundaban los partidos republicanos de izquierdas, los socialistas, comunistas, sindicalistas y otras agrupaciones menos importantes como el POUM, con sendas banderas propias. Se veían horcas de atrezo de las que pendían grotescos muñecos de trapo representando a Lerroux, Gil-Robles y Calvo Sotelo.
Aquello no era desde luego lo que Besteiro deseaba que fueran las izquierdas, pero hacía ya un tiempo que el dirigente socialista había dado por perdida la batalla de civilizar el movimiento obrero y encauzarlo dentro de la legalidad. Muchos presentes se saludaban unos a otros, puños en alto, y se entonaba cada poco la Internacional («Arriba, parias de la tierra… legión de esclavos, en pie…»). Las Juventudes Socialistas y las Comunistas iban con mono de trabajo, igual que los representantes sindicales.
Al frente caminaba la comisión organizadora, trajeada al completo: Diego Martínez Barrio, que sonaba para presidente del Congreso; el cada vez más desabrido Largo Caballero, que aprovechaba la ausencia de Indalecio Prieto para imponerse como líder visible del PSOE; varios diputados electos del Frente Popular y el republicano Pedro Rico, recién repuesto como alcalde de Madrid, con su abundante humanidad, que fue el primero que, obviando los abucheos, se acercó a saludarle.
—¿Cómo está, maestro?
Julián Besteiro se incorporó, con una sonrisa entre caballuna y melancólica, a la cabecera de la marcha, y a medida que se apagaban las protestas, tras el lacónico saludo de Largo Caballero, conversó sosegadamente con los demás compañeros de partido. Faltaban pocos metros para llegar al palacete de presidencia del Gobierno, en Castellana, donde pronto comprobaron que ya los esperaba, asomado al balcón, un severo Manuel Azaña.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: