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11 poemas de Jesús Aguado

Jesús Aguado es un poeta y traductor nacido en Madrid en 1961. A los dos años su familia se trasladó a Sevilla, y ha vivido en Benarés (India), Málaga, Madrid y Barcelona. Es autor de libros como Primeros poemas del naufragio (1984), Mi enemigo (1987), Semillas para un cuerpo (1988), Los amores imposibles (Premio Hiperión, 1990), Libro de homenajes (1993), El placer de las metamorfosis (Antología 1984-1993) en 1996, El fugitivo (1998), Piezas para un puzzle en (1999), La astucia del vacío (2005) o Verbos (2009). Además ha traducido varios libros relacionados con la cultura de la India y preparado una edición de poetas devocionales de ese país: Antología de poesía devocional de la India (1998). Presentamos una selección de poemas de Carta al padre, publicado por la Fundación José Manuel Lara en 2016.

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Mi padre sólo se acordaba de mí para olvidarme mejor. Sus olvidos eran memorables. Como aquella vez en la playa. O en el aeropuerto. O el día de mi boda. Desmemoria creativa, amorosa, liberadora. Qué habría sido de mí sin sus olvidos.

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Una vez me perdí en un bosque. Mi padre, en vez de salir a buscarme, se tendió debajo de un árbol. Sus ronquidos me orientaron. Cuando despertó me encontró dormido dentro del coche. Me puso una manta encima. Regresamos a casa.

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Mi padre es alto. Mi padre es bajo. Mi padre fuma. Mi padre no fuma. Mi padre pega. Mi padre acaricia. Tengo dos padres. No tengo ninguno.

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Mi padre es alto. Mi padre es bajo. Mi padre fuma. Mi padre no fuma. Mi padre pega. Mi padre acaricia. Tengo dos padres. No tengo ninguno.

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Un verano mi padre abrió un bollo de pan y untó sus rebanadas con margarina. Luego metió un palo en un hormiguero y, cuando apenas podía verse, lo aplastó contra la miga pringosa. La margarina negra. La margarina viva, bullidora. Juntó las dos partes y se puso a masticar. ¿Quieres probar?, me dijo. Lo aprendí en África. Cuando la guerra. Pero a esto le falta un buen trago de cerveza. ¿Me puedes conseguir una? Desde entonces bebo cerveza para quitarme este gusto a hormigas que van dejando las guerras de la vida.

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Mi padre tocaba la trompeta en un grupo de jazz. Le veía poco porque siempre andaba de gira. Para dormir me ponía alguno de sus discos. Eso fueron mis nanas durante muchos años. Mis cuentos infantiles. Su mano en mi frente. El beso antes de apagar la lámpara de la mesilla. Una canción se llamaba «Llora tus piedras antes de que te aplasten, cariño». Otra, «Con tus manos de seda y nada más». Otra, «Un ahogado sonríe en el fondo del río». Otra, «La luna tampoco lo sabe». Sólo le salían bien las canciones melancólicas. Pero él, cuando llegaba, era un vértigo de risas y partidos de fútbol en el pasillo. La tristeza la cosechaba fuera. No dejaba que traspasara las puertas de nuestra casa.

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Todos los sábados íbamos a visitar a mi padre al psiquiátrico. Las pastillas le volvían manso. Su mirada bovina, resignada, en ángulo muerto. Cuando nadie me veía le pegaba un puntapié en la espinilla. Por el brazo roto. Por los moratones. Por el mapa de la rabia que habían dibujado sus puños en mi piel. No las sentía o le daba igual. Patadas de algodón a una montaña.

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A mi padre le hubiera gustado ser funámbulo. Tender un cable entre dos rascacielos. Pasearse entre los pájaros. Sentirse zarandeado por el viento. Hablarle a Dios al oído, casi de tú a tú. Practicaba los fines de semana en el parque. La cuerda tensa entre los troncos. Nunca a más de un metro de altura. Daba dos, tres pasos y se caía. Y vuelta a empezar. Tenacidad, torpeza. Ya anciano y padeciendo de arterioesclerosis, decidí hacerle un regalo: me convertí en su abismo.

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Mi padre era explorador. Ninguna geografía, por remota que fuera, se le resistía. Ninguna excepto yo.

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Cuando mi padre se estaba muriendo, le llevé un puñado de caramelos de menta. Sin quitarles el papel, se los fui metiendo uno por uno en la boca. Él, sedado pero no inconsciente del todo, intentó resistirse. Una lágrima comenzó a bajar por su mejilla izquierda. Al verla, mi llanto se desató. Lloré entre convulsiones mientras apretaba los caramelos contra sus encías vacías. Me retiré justo a tiempo para que su vómito no me alcanzara. Luego, agotado por el esfuerzo, se quedó dormido. Ya no volví a verle con vida. Caramelos de menta: él sabía lo que estaba queriendo decirle.

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un padre muere dices digo el padre
que pudiste haber sido y puedes ser

(padre papá no puedes yo tampoco)

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Fernando
Fernando
2 meses hace

A menudo es difícil juzgar a las vanguardias, pero en este caso, me parecen excelentes y me sorprende su frescura y la tensión que generan.

Cristian Mitelman
Cristian Mitelman
2 meses hace

Tan duramente bellos