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15 poemas de Fabián Darío Mosquera

15 poemas de Fabián Darío Mosquera

Fabián Darío Mosquera es un poeta nacido en el Urabá colombiano en 1983 y que creció en Ecuador. Vive en Buenos Aires. Hizo estudios comparados de literatura, arte y pensamiento en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, de teoría crítica en 17, Instituto de Estudios Críticos de México, y de letras y estudios latinoamericanos en Pittsburgh, Pensilvania, donde se doctoró. Como crítico de poesía es autor de Motricidad fina: El poema como hogar extraño, conversación con Eduardo Milán sobre el concepto de crítica (Ruido Blanco, 2013, 2014, Libros de la Resistencia, 2017, La Cleta Cartonera, 2017), Paul Celan, cripta de agua, fuente que murmura: Recepción filosófica de su poesía en el ámbito hispánico (Gilboa and Halpern Award for Jewish Studies, 2020). Es autor de los libros de poemas A sorbos la desmesura (Editorial Turbina, 2025; Sol Negro, 2026), que reúne dos poemarios: Parque nupcial (2014) y El abominable hombre de las nieves (2022). Actualmente prepara los libros críticos Barro tal vez: Ensayos sobre literatura, cultura y política en América Latina; Affective Regimes: Critique of Libidinal Economy and Poetics of Community in Latin America and Beyond, y Cocuyo: Pasolini para América Latina. Ha traducido, parcialmente, la filosofía fenomenológica de Alphonso Lingis, la teoría crítica sobre la animalidad de Cary Wolfe y la antropología afrodiásporica de J. Lorand Matory. Presentamos aquí una selección de El abominable hombre de las nieves.   

***

Neonatología 

Mi mujer me dice: “tengamos un hijo”. ¿Cómo habremos de llamarlo? ¿Y cómo habremos de sostener la alegoría en que un salmón se enfrenta, limpio como el fuego, al morbo silencioso del mundo? Contra la noche, apenas el bagazo del café apenas la bosta del curandero. ¿Te llega mi sangre?; ¿la pulcra colmena, el ojo fenicio en su tenue atrocidad? He buscado nervios en el cerro mantras en el agua que percute el domo vasto y atroz: la escritura. He buscado leyes, códigos en quirófanos de farragosa luz: te he buscado. Tú, el ascua de la reverberación lejana. Tú, amor. Recuerdo el sueño: islas con lagartos que lamen un brote de piedra, lo infectan al tiempo que lo dignifican. Aquí la ciudad podría ser cañada podría ser pasto de rufianes pero es simplemente

tu nombre.

*** 

Squirrel Hill, Pittsburgh PA / Crown Heights, Brooklyn

Nuestra palabra tiene moral de llaga: concéntrica, se entrevera en el sebo de un lenguaje que oscurece como astro zigzagueando un zócalo. No me asalta el lenguaje; apenas su respiración, su costillar de cuerpo imbécil, turista de sí mismo. No puedo darte, Amor, la víscera delgada; la órbita que falsea un cielo de hierba percudida: lote en que se juega con baraja forastera. Palmeo, apenas, en su refracción fugaz, la náusea discreta, el torso de un mundo recién abandonado por un estremecimiento biliar insoportable. Hay sedimento en la tráquea, el golfo terroso se ha mudado al paladar, al bolgia último de la lengua. Tiemblo durante la palabra. Durante su brevísima salud, que sin embargo neutraliza hedores y mastica espuelas bajo la grasa del presentimiento. Celebro la podredumbre que podría socavar la nieve. ¿Viste nevar sobre bolsas de basura? ¿el cielo labrado en vano sobre los vórtices de condominios judíos?

***

El sol se escarcha:
tajo en su nimbo, savia
de un disco cervical. El mundo
rengo y a tientas
se busca

***

Y galopa el vino hasta su abrevadero, así también

la luz la piedra y el terrible

liquidámbar cuyo hombro contra tu hombro

lasca: Avispa, jaguar, basalto que flota

aún

empalagado

***

Cómo salir cómo abrochar anclaje sobre los nimbos cómo
levantarse y andar con el nervio a cuestas (embestido
por la grasa roedora). No puedo rastrear pesar parir
mi propio hedor de ciervo anclado al deshielo, acaricio
los bordes de astros sensibles; paladar de cuervo ante el cáncer de la luz
un año más

***

I

Mucho se habla de la extracción de la piedra, poco de la abjuración del río que la piedra
entraña. Esa pauta clandestina eres: rumor ferroviario, prócer amputado. Eviscera
la piedra como un salmón sobre el batán. Ama.

***

II

Y Cálmate. La plebe murmura
que vagas por los atracaderos, conmovido. Patético esquimal
bajo su luna de sarro, intentando vivir el día como un tumor
de música. Vuelve
a tu granja de cifras: magro es el cuerpo que ciñe
las larvas
del Yo

***

IV

Quién derramará la piedra sobre mí. Un día más
ayunando el tajo sobre la broma ósea del cuerpo. Otro día
el hambre como un bonzo de radical esmero, y aquí

un epitafio sin purga. Ácido úrico. Otro.

Incrustamos los tobillos en disueltas laderas abril es el mes
más feroz abril es la burda extremaunción del ave. Contra tu verbo
crece la zarpa blanca del ojo la zarpa transparente del barranco y defiendes,
exhausta, la peste heráldica del animal. Avanzamos, ya no
encuentro el tajo de tu mano en mi cuerpo. Me reconozco:

mi cuerpo carraspea como el pedrerío como el contrabando
sobre agua encendida.

***

VI

Lo único que le pedí al Horizonte fue purga del espíritu. Apenas me dio este cuerpo (madera de guiñol en jaulas de agua caliente), y un compás para drenar la sombra en arcadas perfectas. Ansía el poema desovar sobre las dunas: úlcera en el bosque, tala y lugar para la tregua enquistada en el silencio (del sollozo brota un cerdo y Dios es rumiado: convalecencia del agua en los pastizales / eco que abunda en la piedra).

***

Al infinito y más allá

Be still and let the years revolve

Rexroth

Finaliza septiembre. Es hora de decirte
lo difícil que ha sido no morir. La piedra
cuajada por la luz. Ajena

a la turbulencia / a la elipsis en que batallan

bosques extensos, arrojados

contra la insolente plataforma del Mundo. Amor, se puede,

y se puebla tu sombra de tarántulas sumisas; la ciudad inculca

úlceras en nuestra logia, nuestra

hermosa casa menor. Radiada por la tristeza, por el deseo. Indócil

a cualquier sintaxis. Volví al Trópico, ovula el silencio

entre la hierbamala. Imagino el arupo de nervios constelados

que no depredaremos nunca

con un cuerpo común. Conjetura:

un palenque de astros sobre el agua (fulgor

en que mi sombra se pliega a tu sangre, para siempre)

***

Domingo por la mañana_

(Wallace Stevens en San Cristóbal de Galápagos)

Si la pulpa del Mundo cediera
como una malversación de lumbre (apenas turbada
por la inercia del sacrificio), ¿qué densidad toleraría
el sueño de la catástrofe? La mujer yace, coagula
en manchas de aliento sobre un cántaro amplísimo; le bastan
sus pasos exangües para arrasar la sombra
del sonido. Sueñan, los gestos,
amplísimos cántaros larvados. Cala el juicio
en la víscera ciega, la terca raza de las bromelias
sobre los muslos. ¿Qué utilidad entraña un Dios, lerdo como
un pato, mientras embrutece cada intento por hospedar
la clavícula en la llaga del alba? Carraspea
este Dios, oriundo de un bosque
blando como el excremento. Humedales todos
los caminos, humedales
las conjeturadas sendas. A la mujer le bastan
las crueles floraciones del sueño. La raíz
del murmullo en el brote de ciervos
donde la sangre falla. Labor y gozo
no logran desaguar el cielo el amor la pregunta
que derrama esta vianda de niebla
en pos de mi nombre. Parvadas
sobre las islas, pero ninguna redención.
Parvadas que se hinchan sobre la rémora
de un deseo parido por la piedra, aunque ninguna
exhalación diluya este fardo de huesos bajo la ristra
de cántaros que emplazan el regazo del lenguaje;
porque “si la Muerte es madre de la Belleza”, en aquel caudal
advertiremos la nuestra, ilegible pero aún
sonora, sostenida por los viejos brabantes de la noche; y alrededor
de la mujer oscilaremos, lascando el cráneo de un sol que no rescinde
su exacerbada pasantía. El hedor del silencio
en el amplio compás se manifiesta; la niebla el amor la pregunta
el lago que en espasmos reclama
la sangre del cielo; para que la mujer escudriñe, bajo la sombra,
bajo la acuosa larva del sonido, las ambiguas ondulaciones
de aves prolijamente destripadas
contra el sabor de esta belleza que ahora huye, cava,
hacia el ombligo del sismo: parvadas, las islas
desaparecen.

***

Retrato del artista como un globo de helio flotando sobre el Trópico el 20 de marzo de 2020

Tons of wind are poured out into the deaf citadel of fever

Tzara, traducido por Gascoyne

Hojas de laurel. No logro, sin embargo, extirpar el sabor a ________ .        Doquier

es el nombre

del zócalo donde un Maestro talla su Golem de flema. No escampa. Es la bruma

Amor es la peste y es

el cielo: dulcamara, sudor, guaraguao en su patio de ensangrentada lumbre (apenas

un viento enrarecido

lo remece). Y la mujer con el turbante exclama: el aire

carga su secreto como un costal de topos. Pero el viento

no patrocina revoluciones, ni galerías, ni bocados de bruma incinerada. El Viento

el Viejo Topo la Retícula de Agua que no redimirá los puertos:

todo está aquí

y sin embargo

me hago llegar hasta tus muslos, braceo contra el canto atroz

de esta materia.

***

Filadelfia: intención más allá del análisis 

Hemos perdido nuestros territorios de veneración. Qué rancio se torna el viento sobre tu ajuar de esquirlas. Agrimensura: rostros emulsionados tras una lámina de ruido (las palabras se guarecían como yonkis al advertir los instrumentos del etnógrafo). Y lo intenté todo: mezclé ron con carne de cerdo vi pecas hermosas sobre clavículas igualmente hermosas (en su burdo cuadrilátero, la luna empollaba un cráneo transparente, preñado de sodio, rodeado de ácaros verbales). Asesiné con ramas de bronce a quienes vertían, como un laxo bocado, tu nombre sobre el mistral pendenciero y breve (nuestros territorios de veneración eran ya sombra del agua, instante ciego de sonido). Y lo intentaste todo: cantar enhebrando fémures. Odiar. Quien turbe su casa heredará el viento. La luz innegociablemente obscena sobre los mundos sutiles. La voz, ese roedor ocioso (han drenado el sol de todas partes pero el Sol se tuerce se resiste grazna como un nogal manchadopor la tormenta). Este cuerpo que mi padre golpeó con entusiasmo oscuro en 1994 es el mismo que ciñes y luego aborreces / Quien turbe su casa heredará los ocho vientos mundanos del Dharma. El roedor ocioso bajo una Noche de cuarzo alucinante. Te odio, dices, me haces soñar con hijos que danzan aún desmenuzándose ante el desmedro. Pudiste ser tú; tendrías que haber sido tú. Y dios tartamudea ante el relámpago.

***

Shoshannah

Cuánto quema esta blanca intemperie. Ha llegado, amor, el momento de hospedar tu nombre: corteza de cerdo en las sacristías de la luz oblicua. Tajo en dilación, el esperanto de tu nombre pierde la sal si se traduce (drena de tensión nuestra intemperie). Arborece la ciudad: tórax de un Cristo pálido y atroz: tu nombre, apenas un parpadeo que sepulta la tormenta. Huye el sol como un perro ofuscado por la transparencia; matorrales de hierro sobre losas a medio hacer– perfilan su carcasa para que un harnero de silencio curta el mundo. Eso es la ciudad. Aquí tu sexo se despereza, brutal como una tundra. Eso es la noche. Cuánto quema. El lenguaje. Su postración de asno eviscerado, su llaga de carbunclo. Cuánto perfora tu nombre: delicadísima fruta de sudor, tumba de aliño. Almarrá que no discrimina hedor de alisio / cuerpo de suero graso / vientre para nuestra hija (sonámbula). Te veo venir con la horma incandescente del juego que es la misma horma del trabajo, te veo decir: mamboretá, el nuestro era un amor de barro celta en su grosera cámara de agua. Inmóvil fuego de revelación tardía. Cuánto.

***

Coda

(yo iba de oyente a una clase de filosofía continental)

Vendrá la muerte y tendrá tus perros.
A la diestra, un dálmata cuyas pecas son
treintaicuatro retratos viscosos del Papa Inocencio Décimo; a la
siniestra, un mastín, su sombra equilátera
enlodando el cinematógrafo
del Mundo.

Vendrá la Realidad y tendrá tu Sangre vendrá
la niebla y tendrá tu surco

de larvas, es decir Vendrá

el odio: bengala que, en la Noche de San Juan,
ligeramente se ladea y apunta

contra el ojo del cabestro. Vendrá

el bolo verbal de lo que rumiado permanece

ante la dársena nuestra. Todo

lo que podría haberte dicho cuando, de repente, me atajaba una languidez
irresoluble; onerosa y hedionda

como malaria o metafísica.

Vendrán tus perros y tendrán la muerte
del aire y la vida
que nos dimos.

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CAMILO ARIAS
CAMILO ARIAS
56 minutos hace

Lo siento, es un libro suyo de hace años pero en demasiados tramos de facilmente todos los trabajos no pude evitar recordar la frase de Chomsky “las ideas verdes incoloras duermen furiosamente”