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El chino, el negro y el perejil

El chino, el negro y el perejil

Eran las nueve de la mañana y se me había antojado ese día hacer tabulé. No un tabulé cualquiera, sino un tabulé de verdad: ligero, fresco, oriental. El tabulé, además, me sabe a juventud. A Beirut. A amigos que ya no veo. A chicas, a aventuras, a tiempos para recordar. A todo eso. Así que salí de casa a buscar los ingredientes, pan y demás, y mochila a la espalda llegué al pueblo tras media hora por el camino verde que va a la ermita. Afueras de Madrid, domingo por la mañana. Ni un alma por las calles. Hasta el puesto de periódicos —ahora de chuches— estaba cerrado. Pero el sitio al que yo iba estaba abierto, naturalmente. Era la tienda del chino.

Pero ojo. No se trata de un chino cualquiera. Este chino se llama Antonio y tiene una tienda de verdad. Como perspicaz asiático que es —hasta en el nombre por el que pide lo llamemos lo demuestra— estudió su nicho de mercado y lo explota con precisión quirúrgica: productos frescos, verdura, fruta, pan recién hecho; y por supuesto, albahaca, tomillo y perejil, objeto principal de mi paseo. Así que me dirigí al estante habitual. No había perejil. Antonio, mientras tanto, seguía viendo su programa favorito —en chino, por supuesto— en el móvil sin levantar la cabeza. Cuando pregunté, me miró resignado y gritó hacia el fondo en sombras del local:

—¡Abu!

Hasta entonces yo sólo había visto a Antonio y a su mujer, Carmen, también china. Entonces apareció Abu: pelo ensortijado, piel negra. Más que negra, azul marino.

—Sube el perejil —ordenó Antonio sin levantar la cabeza del móvil. Y Abu desapareció arrastrando los pies. Al rato volvió con un manojo de perejil tamaño ramo de flores de funeral de Estado.

—No, Abu —dije con fraternal confianza—. Es mucho. Sólo necesito…

Antonio no me dio tiempo a terminar. Arrebató el manojo a Abu, gritó como si se ciscara en Confucio algo ininteligible para mí —creo que también para Abu—, separó un poco y me lo dio.

—¿Algo más?

El tono nos acojonaba a Abu y al arriba firmante. Miré mis manos pecadoras. Con guantes de plástico transparente, limpios y occidentales, había cogido unos tomates.

—Una barra de pan —dije, conciliador.

Antonio señaló el estante del pan y volvió a su móvil. Abu me miraba como diciendo «no sabes con quién te la juegas, hermano; si yo te contara…». Cogí barra, tomates, perejil, y fui a la caja, desde la que Carmen me había estado observando todo el rato con fríos ojos de francotirador serbio. Saqué la tarjeta de crédito.

—Efetivo, pol favol.

Me sentía como Tintín en El Loto Azul. Rebusqué en la mochila y encontré un billete de veinte euros. Carmen lo miró al trasluz y me devolvió unas monedas como si estuviera controlándome el pasaporte en la aduana de Shanghái. Y entonces, con la lucidez que da un manojo de perejil recién comprado, lo vi clarinete: Abu sigue donde siempre estuvo, cargando cajas, obedeciendo órdenes. Antes fue el látigo, ahora la invisibilidad. Es la mano de obra eterna. Antonio y Carmen, en cambio, tocan otro registro. No levantan la voz sino con los subalternos, no pierden tiempo en debates morales. Trabajan mucho, eficazmente, y lo hacen en silencio. Controlan el dinero, la tecnología, la industria a pequeña y gran escala. Fabrican lo que usamos, distribuyen lo que comemos, programan lo que miramos. Para hacerse dueños del pueblo, la ciudad o el mundo no necesitan retóricas chorras. Les basta con la caja registradora, su cliente de las nueve de la mañana y, en cuanto pueden permitírselo, un Abu que les suba el perejil.

Y nosotros, o sea los de antes, a medio camino entre Abu por una parte y Antonio y Carmen por la otra, creyendo que vivimos en el Primer Mundo porque hay pan caliente y perejil fresco a las nueve de la mañana. Ajenos a que el nuevo orden no es ideológico ni épico, sino operativo. Que ya no mandan filósofos ni generales, sino quienes estudiaron el negocio y trabajan de verdad para controlarlo. Y mientras tanto, Europa —antiguo árbitro del mundo— se deleita mirando su reflejo moral en el escaparate sin asumir que ya no manda, no produce y no decide. Solo legisla para ella misma, mientras al resto del mundo, que se chotea con ganas, se la refanfinfla.

Y, bueno. Cuando salgo a la calle con mi mochila, Abu, que está en la puerta fumando un cigarrillo, me mira y yo lo miro. Y mientras él piensa «Ahora también os vais a enterar vosotros, cabrones», yo pienso que sí, en efecto. Que ya nos estamos enterando.

____________

Publicado el 13 de marzo de 2026 en XL Semanal.

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ricarrob
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1 mes hace

Luego dicen que la historia no se repite. Se repite, siempre se repite. Siempre nos ha llegado a Europa todo desde Oriente. Cuando aquí todavía estábamos dando saltos por la Iberia, cazando mamuts, ciervos, jabalíes, etc. Y viviendo en cuevas. Y dejando las paredes llenas de grafitis en lo que luego llamaríamos Arte Esquemático, los orientales ya construían ciudades, cultivaban la tierra y habían amaestrado al ganado. La economía positiva que se dice y que hoy algunos tontochorras dicen que fue el inicio del capitalismo, de las jerarquías y de la diferenciación social, ¡aplicando la ideología marxista al neolítico, oiga!

Y desde Oriente nos llegaron los cultivos, las especies y los animales domésticos, junto con la cerámica y los tejidos.

Más tarde, se aposentaron los fenicios y los griegos en nuestras costas instalando las tiendas “todo a cien” para captar las materias primas y vendernos cuentas de collar. La misma versión de hoy día, vamos. Y aquí, dándonos de hostias unos a otros entre las mismas tribus celtibéricas de siempre.

Operatividad. Siempre desde Oriente. Ideologías aparte. El condumio, la supervivencia. ¡Déjate de marxismos, capitalismos y mediopensionistas! ¡A lo efectivo! A venderles a estos el perejil y la barra de pan y los móviles, la electrónica, la ropa, los zapatos…

Aquí nos vendieron la moto de la desindustrialización, de convertirnos en economía de servicios, en que nos teníamos que ir hacia el I+D+i+d+I+D+I (hubo un cierto cretino y descerebrado que esto del I+D+I+D+I, lo publicitó a los cuatro vientos y a muchos les convenció). Mientras los orientales fabricándonos todo y creando su propia tecnología. No hay que despreciar ningún nicho de mercado. No. Todo. Ese es el secreto. Incluso vendernos el perejil y la barra de pan.

Los nuevos “Abu” vamos a ser nosotros. Si. Por no querer estar 12 horas en una tienda vendiendo perejil y barras de pan.

Saludos a todos.

John P. Herra
John P. Herra
30 ddís hace
Responder a  ricarrob

En las colonias británicas de Áfrics, los hindúes dominaban el comercio. Igual que los griegos, judíos y armenios en el antiguo imperio otomano. Los chinos fueron la primera burguesía de Indonesia y Malasia. Les gusta el juego y el ocio más que a nosotros, pero también les gusta la pasta. Ocupan el lugar que dejamos nosotros. Todo depende de lo que queramos hacer. Si no queremos ser los mejores, lo serán otros. Es de cajón.

ricarrob
ricarrob
30 ddís hace
Responder a  John P. Herra

De acuerdo con usted, señor Herra, con algún matiz. Todos los pueblos tienen sus topicazos. Yo, lo que creo es que hay tantos chinos, que tiene que haber de todo. Los que les gusta el juego y el ocio y los que trabajan 14 horas diarias en las fábricas de artículos de ocio para los occidentales. Mire usted aquí, por ejemplo los políticos, en cuanto llegan al poder se dedican al ocio, a viajar por el mundo como la Yolandísima o la Monterísimo. Otros se dedican a jugar al Monopoly con el dinero de los contribuyentes.

Saludos.

John P. Herra
John P. Herra
30 ddís hace
Responder a  ricarrob

Cierto, debe de haber de todo. Lo de trabajar muchas horas está muy extendido en Asia, pero cualquiera sabe que a partir de un cierto número de horas, la productividad cae en línea recta. Ya puedes ser cinturón negro en montaje, que cuando llevas diez horas haciendo lo mismo, se te ponen los ojos chinos porque te duermes de pie.

Javier
Javier
30 ddís hace
Responder a  ricarrob

Entonces, la novedad, el progreso, la innovación; es eso; estar en el tajo 12 horas diarias, sin descanso, sin vacaciones, sin tiempo libre. Esta es la novedad que nos viene de Oriente.
Estos son los que van a tomar el testigo de los Estados Unidos, de la Pérfida Albión, de la Francia eterna, de la resiliente y sufrida España, de la imaginativa Italia, de la laboriosa Alemania, de… son estos, los chinos, los indios. Dicho sea con todos los respetos para ellos, por supuesto, pero es que no me cabe en la cabeza.
Tras la decadencia y el declive de los grandes imperios, suele pasar que toman el testigo los bárbaros, que no hacen otra cosa que imitar la grandeza del imperio caído; pero que no inventan nada, no innovan nada, no descubren nada, solo imitan.
Pasó con los germanos, tras la caída de Roma. Estuvieron mil años imitando, o intentándolo al menos, al gran imperio. Desde el siglo V al XV, nada menos. Desde la temprana Edad Media hasta el Renacimiento. En esos mil años, los sustitutos de Roma se dedicaron a copiar los tratados de filosofía, de matemáticas, de física, de astrología, de medicina…De los decaidos y decadentes greco-romanos, por pacientes y eruditos monjes, y guardándolos en oscuras bibliotecas de inaccesibles monasterios, a la espera de la luz que trajo el Renacimiento y la imprenta.
Lo que vale para los germanos, vale para los árabes. Averroes fue perseguido por su intención de adaptar la filosofía clásica al Islam, por intentar, en definitiva, que agua y aceite se fusionaran. ¡Pobre Ibn Rushd!
A principios del año dos mil, nos encontramos que estamos en decadencia por que no nos pasamos 12 horas vendiendo barras de pan y perejil.
Ignorante de mi, que creí que la auténtica innovación y hacía donde se dirigiría la humanidad sería hacia el triple ocho: ocho horas para trabajar, ocho horas para el ocio, y ocho horas para dormir.
Ciertamente no me extraña que las sociedades asiáticas sean tan tendentes al suicidio.
Saludos.

Aguijón
Aguijón
29 ddís hace
Responder a  Javier

Don Javier, usted ha definido bien lo que fue una lucha por dignificar el trabajo de los asalariados, y tiene usted toda la razón. Pero los citados “Antonio y Rosa” son propietarios de su propia negocio, algo que hasta hace unas pocas décadas era impensable en su China natal de la revolución cultural.
Los chinos saben que para vencer en su batalla contra el “imperio” deben usar sus mismas armas, y, como usted bien dice, las usan.
Yo creo que muy pronto surgirá un nuevo paradigma idiomático, parecido al de Turquía, veremos chino mandarín escrito en caracteres occidentales del alfabeto latino.
El tiempo será testigo.
Un saludo.

Carlos TS
Carlos TS
29 ddís hace
Responder a  Aguijón

Bueno, el castellano es un latín mal hablado, con palabras de origen griego, germánico y sobre todo árabe.
Todas las civilizaciones que han pasado por aquí han creído que eran la “definitiva”, y que las posteriores eran “invasoras”; pensar en que lo “español” desde el siglo XVI es “la unidad de destino en lo universal” es comprensible, pero insostenible, y no por ello moral, social, cultural o demográficamente reprochable.
La idiosincrasia nacional del país actual más poderoso del planeta se basa precisamente en el crisol de inmigración (italiana, judía, irlandesa, escandinava…), que trabajó, prosperó, montó negocios y transformó, integrándose en mayor o menor medida, la sociedad a la que llegó.
Y les recuerdo a todos que si tenemos tejido industrial automovilístico en todo el territorio, o de zapatos en el Levante, por poner un ejemplo, es porque hace 50 años, los chinos de Europa (trabajar mucho y cobrar poco), éramos nosotros.

Aguijón
Aguijón
29 ddís hace
Responder a  Carlos TS

El castellano era el idioma en que escribía cuaderna via mi paisano Gonzalo. Hoy en esta región presidida por su tocayo hablamos, pensamos y escribimos e español.
En todo lo demás tiene usted razón aunque el “milagro económico español” de los 60 no es comparable a la internacionalización de la economía China de finales de los 90.
Saludos.

ricarrob
ricarrob
28 ddís hace
Responder a  Carlos TS

Permítame, sr. TS., que le diga que me ha parecido un tanto despectivo su comentario sobre el castellano. Pero, bueno, cada uno tiene su opinión sobre las cosas.

Tanto los idiomas como las culturas no son nada cerrado, encapsulado, siempre están en construcción y absorbiendo todos los influjos que las interactúan. Todos los idiomas europeos (excepto algunos como el vasco) provienen del mítico indoeuropeo y el latín no fue más que uno más en este camino, como lo fue el griego. Hasta incluso el griego ha evolucionado ya que el actual es diferente al griego clásico.

En lo demás lleva usted razón pero, en mi opinión, con matices.

Siempre en los pueblos, cuando se los describe, hay que distinguir entre las élites y el pueblo llano. Por mucha “unidad de destino…” que hubiera oficialmente, el agricultor pobre, los lazarillos, las trapazas y los rinconetes que poblaban nuestro siglo XVII, no creo que pensaran en esas grandilocuencias del poder. He vivido y trabajado en lo que usted llama “hace 50 años”, en mi caso más, y desde los púlpitos del poder se repetía ese mismo “unidad de destino…”. Le puedo a usted jurar, que las gentes del común de entonces nadie tragaba con esas palabras y se tomaban a chiste. En una España, estos días con lo de Cuba me lo ha recordado, en la que la electricidad fallaba más que una escopeta de feria y todas las casas, la mía también, tenían una provisión de velas que continuamente teníamos que encender (cuando se hacía la noche, claro).

Saludos.

Aguijón
Aguijón
28 ddís hace
Responder a  ricarrob

Había velas y candiles, sobre todo en el ámbito rural, pero también había un gobierno que planificaba y ejecutaba administrativamente las concesiones para la construcción de centrales nucleares en previsión del futuro que se avecinaba, de hecho dejó hechas unas cuantas y planificadas las demás.
Qué eso también hay que decirlo.
Saludos.

ricarrob
ricarrob
28 ddís hace
Responder a  Aguijón

Todo, todo hay que decirlo, sr. A., efectivamente. Los viejos a veces, o no tan a veces, recordamos mejor lo de hace 60 ò 70 años que lo de hace un año. Sí. Y también, ante sus palabras, me he acordado del apagón de hace unos meses, y que, cuando ocurrió, me acordé de cuando era pequeño y pensé que volvíamos a aquellos tiempos. Por obra y gracia de su sanchidad y de sus adláteles volvimos atrás más de 60 años en el tiempo.

Ellos lo llaman accidente imprevisible. Yo lo llamo involución.

Y me puse a buscar y comprar velas… … …

Saludos.

Carlos TS
Carlos TS
28 ddís hace
Responder a  ricarrob

Si se me permite y dado que, como parece, no he sabido expresar mis opiniones con claridad, voy a matizarlas:

– Cuando digo que el castellano es un latín mal hablado, me refiero a que no deja de ser el latín hablado en parte de Hispania, y que por tanto proviene básicamente de él, como el catalán o el italiano; no digo despectivamente que aquí se hablara mal el latín, si no que aquí evolucionó así.
Además, hacía referencia a la cuestión planteada del “paradigma idiomático”: en Turquía, como aquí con el mozárabe o con el sefardita, se hizo fonéticamente lo mismo; incluso se escribían literalmente las sílabas tal y como sonaban en el Hebreo en el Talmud castellano.

-Entender España como algo definitivo en el tiempo, que solo puede ser como la que nosotros heredamos de nuestros padres, que proviene del siglo XVI (“unidad de destino en lo universal”), que es catolica y blanca, o no será, es, además de absurdo, poco probable en el futuro.
¿Qué opinaría Viriato de una Iberia Romana con nuevos dioses, o CesarAugusto de una Hispania visigoda con un único Dios cristiano, o Leovigildo de un reino convertido en taifas musulmanas? Todos ellos creyeron que la suya era la definitiva y a todos ellos los sustituyeron.
España será lo que le depare el futuro en función de las tendencias laborales, sociales, demográficas, culturales o religiosas, y no por ello no será.

-Cuando se instalaron en España la gran mayoría de las factorías de automóviles que hoy siguen vigentes (con mayor o menor fortuna) y que hacen de esa industria uno de los tejidos capilares más importantes del sector secundario, fue ni más ni menos que por las mismas razones por las que hoy China fabrica casi todo: éramos más baratos. Y sí, sobre todos los alemanes, se cabrearon igual que nosotros cuando las deslocalizaron a Bratislava o Marrakech.

Lo que quiero decir con todo esto es que, nos guste o no, las realidades y las naciones cambian, como ha pasado con España durante siglos, y con ellas su cultura y su idiosincrasia, y no necesariamente a peor; la diferencia es que ahora cambian más deprisa y eso, instintivamente, nos aterroriza.

ricarrob
ricarrob
27 ddís hace
Responder a  Carlos TS

Don Carlos, mis disculpas si lo he interpretado mal. Matizarle alguna cosa, muy poco.

A mi, en concreto, ya, en la fase postrera de mi película personal, no me aterroriza nada y no sé si alguna vez he tenido ese sentir. Creo que nunca. Precisamente, mi generación está entre los que quizás hemos podido observar los cambios más profundos en una sociedad. Miro hacia atrás y veo como era este país hace 70 años y los cambios han sido vertiginosos.

Respecto a las tendencias que usted muy bien menciona, quizás el problema, así lo veo yo, es que la evolución de una sociedad antes se producía por estas tendencias cambiantes que usted señala. Hoy, desde hace años, hay un elemento disgregador, un elemento que lo altera todo y que no deja que la sociedad evolucione, para bien o para mal, según la suma de los microcambios individuales que se producen, como una evolución natural casi hasta biológica. Me refiero a la nefasta ingeniería social (ayudada por el marketing social, los relatos y los nuevos medios de difusión, las falsas noticias, la posverdad…) que grupos de gentes, minorías, fuerzan a las masas a dirigirse por senderos que esas minorías diseñan.

Con este pequeño apunte, decirle que, efectivamente, las sociedades, como las culturas, los idiomas, los individuos, están siempre en permanente cambio. Todo pasa por los ciclos de forjamiento, apogeo y decadencia. También pasarán por esto los chinos.

Luego, hay casos concretos. Como el de España. Desde el siglo XVI nos hemos instalado en una permanente decadencia. Es una pena. Pero entiéndame bien, por favor, con esto no estoy exaltando ningún tipo de imperio. Soy de los que piensan que los Habsburgo fueron nefastos y propiciaron esta larga y penosa decadencia.

Saludos.

John P. Herra
John P. Herra
26 ddís hace
Responder a  Carlos TS

Amen.

Javier
Javier
29 ddís hace
Responder a  Aguijón

Amigo Aguijón, China lo único que ha puesto, es su mano de obra, al servicio del gran capital occidental. Es una auténtica paradoja, que un país que se dice marxista, haya jugado el rol de ejército reserva del capitalismo, que tira de los salarios a la baja, y que Marx atribuía al lumpen proletario: inmigrantes, trabajadores subempleados, con salarios precarios o desempleados.
Verá usted antes a los chinos hablando inglés, que adaptando su idioma al alfabeto latino.
Le repito que son los nuevos godos, los nuevos abasidas, los nuevos selyúcidas. Nada más, deseosos de tomarse la revancha del viejo imperio muerto de éxito, nada más.
Saludos.
Saludos

Javier
Javier
29 ddís hace
Responder a  Javier

Donde digo astrología, quiero decir astronomía. Error digiti!

Joseantonio
Joseantonio
1 mes hace

Servidor lo vio clarinetísimo cierto día, hace unos añitos ya, cuando al dueño de una tienda de toda-la-vida de Repuestos de Electricidad (cables, enchufes y tal) le pedí un dispositivo especial relacionado, dejó de bostezar y me remitió a un chino cercano donde “ellos seguro que lo tienen” y me despidió con un carpetovetónico “eso yo no lo trabajo.” Acertó, claro.

Última edición 1 mes hace por Joseantonio
Julia Camba Dapena
Julia Camba Dapena
1 mes hace

Sr Pérez Reverte:
Jajajaja.
Antes se decía “Te engañan como a un chino”. No sé si alguna vez fueron engañados, lo que es ahora nos dan sopas con honda ( no sé el significado, pero debe ser algo serio por aquello de que David la usó contra Goliat). Creo que son muy inteligentes, o listos, a veces es preferible lo segundo.

Me gustan los chinos, los niños son preciosos, las mujeres guapas son bellezones y los hombres jóvenes también.
Artísticamente son delicados, perfectos, sólo hay que fijarse en su escritura.
Hablan gritando igual que los gallegos (cuando estuve allí creían que era del lugar salvo por mi pelo rubio, miraban con extrañeza y me hacían fotos). Son pequeños de estatura, por eso y por lo que me gustan creo que en otra vida debí de ser china.

canutodos
canutodos
30 ddís hace
Responder a  Julia Camba Dapena

Pequeños de estatura?
Depende yo veo chinos y chinas más altos que yo, 175 cms

basurillas
basurillas
1 mes hace

Observan, estudian, piensan, mejoran y ponen en esfuerzo y tenacidad hasta el mínimo suspiro de toda la famila, tengan la edad que tengan, en la que todos y todas arriman el hombro. No hay más secreto para su éxito. Eso y que nosotros sólo soñamos con aprobar la oposición o el ingreso mínimo vital.
Un ejemplo, la obra de mi calle para peatonizarla parcialmente, en la ciudad bautismal de Cervantes: la obra tiene prevista una duración de algo más de un año. El chino del ultramarinos de debajo de casa me explica que una obra así , en China, la finalizan en algo más de 15 días, trabajando mañana, tarde y noche y con unos perjuicios y molestias mínimos para el ciudadano. Me lo creo.
He decidido dejar el inglés y empezar a estudiar rudimentos de chino. Si no puedes con ellos…

Aguijón
Aguijón
1 mes hace
Responder a  basurillas

El leer en vertical
Garabatos orientales
Debe ser tan funcional
Como las artes marciales.

Yo no me veo capaz
De aprender tales conceptos…
El Esperanto quizás,
Aunque sea un mal invento.

Le deseo suerte amigo
Para su nuevo deporte
Y así se lo repito
Usando código morse:
…_ (V de Victoria.)

Aguijón
Aguijón
1 mes hace

Fúmate otra “china”, Pedro

-Y cuando se imponga el yuan
Dejaremos de ser pobres…
Lo dice “su sanchidad”
Y se ríen los deudores.

Por eso no es de extrañar
Que el tonto de los cojones
Ahora se enfrente a Trump
Y que otro pague esas “flores”.

Rosa
Rosa
1 mes hace

Por qué tenía la piel negra el abuelo chino?

Amanda Itzas
Amanda Itzas
1 mes hace

Don Arturo, hay días en que un manojo de perejil pesa más que un tratado de geopolítica. Me ha gustado especialmente esa mirada suya, la de salir de la tienda y cruzarse con Abu, y en ese instante entender que el orden nuevo no se construye con ideas, sino con flujos, con stock, con cajas registradoras y móviles en chino. Esa escena final, el humo del cigarrillo y el pensamiento cruzado, es de las que se quedan.

Al hilo de lo que usted cuenta, he visto algún comentario que afirma en que todo esto ya pasó antes, que siempre llegó todo de Oriente. Y sí, hay algo de razón en esa mirada larga, en esa memoria de siglos que nos recuerda que los ciclos se repiten. Pero el problema, me parece, no es la repetición, sino la velocidad. Lo que antes tardaba generaciones en asentarse, ahora se juega en una mañana de domingo, en una tienda de pueblo, en el tiempo que tarda Antonio en levantar la vista del móvil para ordenar a Abu que suba el perejil. Conviene, eso sí, no confundir la eficacia comercial con la falta de cultura, Oriente también tiene sus bibliotecas, sus filósofos, sus poetas milenarios. La diferencia no está en la erudición, sino en quién la aplica a lo que de verdad mueve el mundo.

Hay algo que el artículo roza y no termina de nombrar, posiblemente porque no venía a cuento. Me refiero a lo que sí controlamos todavía los que aún nos movemos entre la invisibilidad de Abu y la eficacia de Antonio. El relato. Ese tabulé que usted prepara no sabe solo a perejil, sabe a juventud, a Beirut, a amigos que ya no ve. Sabe a memoria. Y eso, por ahora, no se puede comprar en ninguna tienda, ni oriental ni occidental.

Antonio y Carmen dominan el producto, sí, pero el recuerdo del producto, la historia que hay detrás de cada ingrediente, eso sigue siendo nuestro, afortunadamente. La cuestión es si algún día esa capacidad narrativa también se globalizará y banalizará, si cuando fabriquen no solo el móvil sino también la canción que suena en él, o el poema que lo acompaña, entonces sí habremos perdido la última batalla.

Mientras tanto, quedan los cruces de mirada. Abu y usted, en la puerta de la tienda, sabiendo cada uno lo que sabe y ese silencio, me parece, también es una forma de resistir.

Ya perdonará que me dirija directamente a Usted así, sin más. Ya sé que esto no es un diálogo, que es un monólogo con muchos interlocutores y un solo micrófono. Pero a veces una escribe como si hablara, aunque sepa que la respuesta no va a llegar. No importa. Lo importante, creo, es seguir mandando señales, por si acaso alguien, alguna vez, las recibe.

ricarrob
ricarrob
1 mes hace
Responder a  Amanda Itzas

Perdóneme, doña Amanda, no ser don Arturo, pero al leer sus palabras he recordado ciertas cosas. Una de ellas es la de los stocks (existencias almacenadas para los amantes de la lengua de Cervantes).

En Oriente también hay diferencia de culturas. Los japoneses inventaron, dentro de la gestión fabril y empresarial, el famoso stock cero. Y se interpretó en Occidente, sobre todo por el empresariete español, con ese amor a las innovaciones, por el forro de las pelotas. Para el coche que quieres tienes que esperar, la lata de tomate que estás acostumbrado a usar, ayer no estaba en las estanterìas del hiper o del super, se ha agotado tu bebida favorita, no busques un libro concreto de los que Zenda recomienda aunque haya miles de toneladas de las absurdas biografìas de especímenes de homínidos no catalogados… Durante el Covid lo experimentamos de forma bestial. Nadie tenìa stocks. Ni de mascarillas. Ni de papel higiénico.

Sin embargo, los chinos siempre tienen perejil.

Y, por supuesto que tienen cultura. Soy un admirador de la cultura oriental, la indú, la china, la japonesa. Su literatura, su arte. Aquí ya no escribimos a mano y ellos hacen de la caligrafía un arte excelso. Su pintura tradicional y moderna es preciosa, espiritual, relajante. Todo lo que está en relación con su espiritualidad es un mundo especial que nada tiene que ver con nuestras agresivas religiones monoteístas.

Y los chinos siempre tienen perejil…

A sus pies, señora.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
30 ddís hace
Responder a  ricarrob

Don Ricarrob, no tiene que pedir perdón por nada. Al contrario, le agradezco que se haya tomado el trabajo de responder con tanto fondo.

Lo del «stock cero» y la nefasta interpretación española es una lección que merecía ser contada, y su paréntesis sobre los amantes de la lengua de Cervantes me ha sacado una sonrisa. Lo de «stocks», por cierto, es deformación profesional de profesora de inglés, que una mezcla sin querer a veces. Lo siento.

Tiene razón, durante el Covid aprendimos de golpe lo que significa que nadie tenga existencias de nada, ni de algo tan básico y necesario como las mascarillas, ni de papel higiénico. Y los chinos, efectivamente, siempre tienen perejil, y muchas otras cosas.

Me alegra, además, que hable de la cultura oriental con conocimiento. Yo también soy una enamorada de lo que viene de allí. Del cine japonés, por ejemplo, con directores como Kurosawa, Ozu o Mizoguchi, un tempo narrativo tan distinto al nuestro, una manera de contar las cosas sin prisa, dejando que la mirada se pose en los detalles. De los haikus, tiene la capacidad de decir lo inmenso en apenas tres versos. De la pintura, como La gran ola de Kanagawa, es mucho más que una ola, es la naturaleza desbocada y el hombre diminuto frente a ella. Y del kintsugi, de lo más hermoso que ha dado ninguna cultura, el reparar las piezas rotas con oro, hacer de la cicatriz algo bello y valioso, no esconder lo que se ha roto sino mostrarlo como parte de la historia del objeto. Toda una lección de vida en forma de cerámica.

La diferencia, creo, no está en la cultura, sino en quién controla los flujos y quién cuenta las historias. Ellos tienen el perejil, sí, y también el móvil, y el chip, y una tradición artística milenaria que merece todo el respeto. Pero nosotros, de momento, conservamos todavía la capacidad de contar lo que ese perejil significa, de hacer crónicas como la de don Arturo, de detenernos en la puerta de una tienda a mirar y a pensar. Y mientras existan miradas como la suya, como la de cualquiera que sepa ver, la batalla no estará del todo perdida.
Un saludo muy cordial.

ricarrob
ricarrob
30 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Muchas gracias, señora. Coincidimos en la apreciación de Kanagawa. Y no sólo el cuadro de la gran ola. El resto, también. Por supuesto, me gusta más el cine japonés que el surrealismo underground marginal almodovariano. Pero, bueno, aquí nos salvamos con Garci y con Amenábar.

A sus pies.

John P. Herra
John P. Herra
30 ddís hace
Responder a  ricarrob

Disculpe que me entrometa, pero tampoco hay nada en la espiritualidad oriental que refrene la maldad. Si el siglo XX fue abundante en horrores, en el mundo oriental fueron aún peores que en Occidente. Las atrocidades de las guerras asiáticas; ese desarrollo de la tortura como arte; su sentido de la dignidad humana no es mejor que el nuestro o no existe: sólo hay que ver cómo son sus mafias; en consideración de la mujer, clasismo y racismo están muy atrás… No digo que no puedan darnos lecciones en muchas cosas, pero no veo la superioridad moral de Oriente.

Lo que dice don Arturo está muy bien como artificio literario, pero para cargarse la competitividad china le habría valido con tener una barra en el congelador, o guardar el pan duro para rallarlo, y poner una macetita con perejil en la ventana. Que sale sólo, hombre.

ricarrob
ricarrob
30 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Lleva usted razón . La maldad es consustancial al ser humano. Guerras, destrucción, imperios sojuzgantes, etc., también se han dado en Oriente. Pero quizás, exceptuando el Islam, excluyéndolo de lo oriental, en Extremo Oriente no han tenido guerras, que yo recuerde, específicamente religiosas como en Europa o en Europa-Próximo Oriente como Las Cruzadas. Mencionar, por ejemplo el exterminio de los albigenses o de los hugonotes. Centro-Europa se cubrió de sangre hasta los ojos después de la Reforma.

A lo que me refiero es que sí que su espiritualidad tiene algo especial y quizás han llegado más alto en conseguir cierto equilibrio mental. Le digo lo mismo también en este aspecto. Son muchísimos y hay de todo: materialismo y espiritualidad (quizás esto último son los menos).

Hay intelectuales occidentales, pocos, que han resaltado esto, no me lo invento, aunque ya no estén de moda. Carl Joung o Mircea Elíade (también Nietzsche) creo que merecen ser leídos en este sentido. La meditación yóguica, de la que no soy capaz, la búsqueda del nirvana, las enseñanzas del príncipe Siddhārtha, la religión-filosofía de Confucio, el camino del Tao, etc.

También le doy la razón respecto al perejil. Pero quizás hay que entenderlo de forma metafórica. Quiero decir que los móviles, incluso los de la manzanita, fabricados en China, no podemos plantarlos en un tiesto en la ventana. Eso sí, podríamos teóricamente prescindir de ellos. Hay cosas que no dependen de nosotros ni de don Arturo, hay decisiones que no tomamos nosotros como las de desindustrializar un país, deslocalizar las empresas productoras, y convertir Europa en un gran parque temático. También desincentivar la agricultura propia, y conseguir que usemos en lugar de los ajos de Chinchón, los ajos de Chon-Chin y de que cocinemos con azafrán chino (algo además muy hispano) y espárragos chinos (tradición ancestral de la ribera del Ebro en Navarra y Rioja).

Saludos.

John P. Herra
John P. Herra
30 ddís hace
Responder a  ricarrob

En las guerras de religión siempre hay factores no religiosos. La religión es un factor de movilización, pero rara vez es un factor único. En Asia ha habido y sigue habiendo conflictos con un trasfondo religioso, y a veces más mortíferos que las cruzadas o la guerra de los Treinta Años. El genocidio de Timor Oriental, la guerra del Frente Moro de Liberación contra el Estado filipino, las guerras entre la India hindú y la India musulmana (Pakistán) desde 1947, aunque se remontan a la Edad Media; la represión de tibetanos y uigures por China; el genocidio contra los musulmanes cham en la Camboya de Pol Pot; la conquista francesa del Tonkín, que comenzó por las persecuciones contra los misioneros; el exterminio de los cristianos del Japón en el siglo XVII (hay una película de Scorsese sobre el tema: “Silencio”), la intervención europea contra los boxers… A mi entender, hay bastantes casos que podrían clasificarse como “religiosos”.

Saludos.

ricarrob
ricarrob
30 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Me abruma usted, sr. Herra.

John P. Herra
John P. Herra
29 ddís hace
Responder a  ricarrob

Perdone, no era mi intención. Me gusta debatir, eso es todo.

ricarrob
ricarrob
28 ddís hace
Responder a  John P. Herra

No, no, sin perdón, por favor, se lo he dicho en sentido positivo. Por supuesto, el debate es imprescindible para expresar las ideas y para intentar entender a los demás confrontando sanamente argumentos.

Ese es el problema principal de nuestra “cleptocracia”. No se debate. Es un atrincheramiento en los propios dogmas con insultos y palabras descalificadoras.

Y la guerra. La guerra ha sido es y será el gran fracaso humano. El gran fracaso del diálogo.

Sigamos debatiendo, sr. Herra, es sano y da una visión diferente a los propios posicionamientos, que no dogmas.

Saludos.

John P. Herra
John P. Herra
28 ddís hace
Responder a  ricarrob

Sí, señor. El debate es la prueba del algodón de una cultura sana y verdaderamente civilizada. En el debate aprenden todos, los que hablan y los que escuchan. Está en nuestra mente occidental desde la antigua Grecia, la Roma republicana, las universidades y cortes medievales hasta hoy. Pone a prueba la solidez de nuestras convicciones y conocimientos. A veces se confunde el debate con el insulto o el cacareo, pero es todo lo contrario. El debate implica respeto a las normas y al prójimo, aseo intelectual, argumentos… Es el triunfo de la inteligencia, el ingenio y el lenguaje. Busca la verdad y la persuasión, no la sumisión. Es una expresión de libertad de la racionalidad humana. No hay progreso moral sin debate, o sin una mejora de la calidad del debate. Nunca se lo he dicho, pero le agradezco mucho que siempre acceda a debatir.

basurillas
basurillas
30 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Buenas noches doña Amanda. A mi, leyendo una de las partes más filosóficas de su adecuado comentario, no me preocupa lo que aún controlamos; me preocupa lo que no controlamos pero sí podríamos controlar. Me refiero al desánimo, a la apatía, a la dejadez fruto de la cultura del mínimo esfuerzo, e incluso a la cobardía.
Cuando no aplicamos con los que vienen de fuera el principio de reprocidad y en sus países nos chulean; cuando dejamos que los políticos y los empresarios avaros y rapiñadores de beneficios desmonten, o dejen desmontar, o deslocalicen las industrias españolas que nuestros padres y abuelos crearon con infinito sacrificio, esmero y tenacidad sin consecuencia alguna y mandando a miles de personas al paro; cuando permitimos que nuestro gobierno, en plena pandemia, por citar un ejemplo, no hizo absolutamente nada cuando los turcos se apoderaron por la cara de un avión llenito de mascarillas y respiradores cuando se estaban muriendo ciudadanos a miles (en otros tiempos esto hubiera sido motivo de declaración de guerra o ruptura de relaciones diplomáticas) ; cuando dejamos a los políticos y sus adláteres arruinar las cajas de ahorro que siempre habían sido solventes y encima pagamos para que las rescaten con dinero público, y todo ello sin coger a los responsables, banqueros de mentirijillas y políticos aficionados, y no echarlos a patadas del país (como casi hicieron los ejemplares islandeses en el suyo); o cuando -por finalizar los ejemplos que podían extenderse hasta el infinito- permitimos que durante toda este periodo de cincuenta años de supuesta democracia partidista, todas las comunidades autónomas juntas hayan construido o financiado menos vivienda pública que el maldito franquismo en sólo una década y media de dictadura y vivienda de protección oficial. A eso me refiero, doña Amanda, a la vergüenza, a la desvergüenza, y a la sangre de horchata.
Un cordial y, a pesar de todo, esperanzado saludo.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
29 ddís hace
Responder a  basurillas

Basurillas, qué bien ha puesto el dedo en la llaga; tiene razón, por supuesto. Lo que controlamos o dejamos de controlar no es solo cuestión de flujos económicos o de perejil, es cuestión de dignidad, de dejar hacer, de mirar hacia otro lado cuando se desmonta lo que costó sangre y sudor levantar. Su lista de agravios, por desgracia, es una lista que podríamos firmar y lo peor es que cada vez se alarga más sin que nadie responda.

Aristóteles decía en su Política que «la justicia es lo propio de la comunidad política, porque el derecho es el orden de la comunidad». Y cuando se repasa dicha lista, lo que se descubre es que ese orden se ha ido deshilachando, no por falta de leyes, sino por falta de quienes las hagan cumplir con la misma energía con la que otros se dedican a vulnerarlas. Ahí, a mi entender, está el fondo del asunto, en esa dejación que usted señala con tanto acierto.

Pero hay algo en su comentario que me gusta especialmente y es su «a pesar de todo», porque es ahí donde estamos, en la resistencia de quien no se resigna a que la sangre se convierta en horchata. Y mientras haya quien la nombre, quien la denuncie, quien la recuerde, la democracia no será solo una palabra.

Gracias por esta lección de lucidez, señor B. Y por recordarme que la esperanza, a veces, es un acto de rebeldía.
Un saludo muy cordial.

John P. Herra
John P. Herra
28 ddís hace
Responder a  basurillas

Ése es uno de los problemas, muy de acuerdo con usted. Una de las ventajas de los sistemas políticos occidentales es que el gobernante debe rendir cuentas. En el siglo XVI ya freían a los virreyes y altos cargos con residencias y auditorías tras su mandato. Es muy lamentable que tras haber conseguido el sufragio universal, que es el modo más amplio, cómodo y rápido de hacer rendir cuentas al gobernante, los ciudadanos caen en el hooliganismo sectario o en la desidia. Acepto el adjetivo de ‘moderado’ con que usted me censura más abajo. Puede que tenga usted razón. Habría que hacer algo más que criticar y votar en blanco frente a esta tropa de timadores profesionales.

basurillas
basurillas
28 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Le pido mil disculpas, señor Herra, si me he expresado mal. En ningún momento mi réplica en ese otro comentario era una censura, era una forma coloquial de hablar. Ya daría mi mano izquierda -la más necesaria en los funcionarios públicos para adecuar la norma a la realidad caso a caso- si en este país nuestro más de la mitad de la ciudadanía tuviera la conciencia cívica y ética que usted demuestra en sus comentarios, sin tendencias perversas, negativas o destructivas. Ese voto en blanco tiene un valor perdurable lejos de la comodidad y pasotismo de quien no vota. Demuestra, en mi opinión, que no se rechaza el sistema democrático pero, para vergüenza de las opciones presentes en la elección, ninguna colma el grado de certeza, compromiso, rigurosidad, ética, valentía y promesa creible que usted exige a un representante moralmente responsable. Habría que felicitar, más bien, a quien usted vote como presidente, en su caso, en su comunidad de propietarios. Me ha hecho recordar aquella frase de Platón: la verdadera cualidad de un líder consiste en no querer ser un lider. Por ahí habrían de empezar nuestros políticos. Un atento saludo.

John P. Herra
John P. Herra
26 ddís hace
Responder a  basurillas

No hay nada que disculpar. Es usted muy amable. Cualquier grano de arena que aportamos para regenerar la sociedad es importante. Hay unos cuantos por aquí que tienen eso muy claro, usted entre ellos.

Javier
Javier
1 mes hace

Antonio y Carmen, osea; China, no ha inventado nada, no ha innovado nada, no va a cambiar nada, ni a descubrir nada. La cultura del esfuerzo de la que hace gala ahora, es la misma cultura del esfuerzo de la que hacía gala Europa, hace unos años, o su prolongación orteguiana; las Américas, del norte y del sur, desde principios del siglo XX, hasta ahora.
Es así, don Arturo. China, interpreta en esta tragicomedia, el papel de potencia intermedia. Son los nuevos godos, los nuevos árabes, que aprovechando la crisis de éxito de la nueva Roma, se han hecho con el mando, cultural, económico, social; eso sí, poniendo algo de cosecha propia en la fórmula, pero sin poner en la balanza nada relevante.
Quizá sea el bueno de Abu el que les haga caer, del guindo, cuando logre romper sus cadenas.
Al final, siempre hay un renacimiento, que vuelve a poner las cosas en su sitio.
Tampoco nos tenemos que flajelar con tanto ímpetu; el mundo viable, la Nueva Jerusalén que redimirá a los pueblos del mundo, será europea, o no será; será cristiana, o no será.
Alea jacta est.
Saludos .

Última edición 1 mes hace por Javier
John P. Herra
John P. Herra
30 ddís hace

Me dio mucha pena, pero no me pareció una catástrofe el que las Yamahas y Hondas desplazaran a las Derbis y Montesas. O que Fuji y Sanyo se comieran el mercado. Lo hicieron porque ofrecían más por menos, y eso siempre es un beneficio para todos. Por eso, el señor Pérez-Reverte pudo comprar los ingredientes.

En el sector del automóvil, los chinos nos están comiendo. No es que sean más listos, es que aquí hemos decidido no ser competitivos. Ahora somos nosotros los indígenas, pero es lo que hemos querido. Aquí podemos hablar y votar. En China, no. Aquí hemos decidido cargarnos todo lo que funciona, en vez de conservarlo y mejorarlo.

Los chinos nos van comiendo en otros sectores si persistimos en esta actitud, pero aún no tienen la tecnología, ni la experiencia, ni, ante todo, la libertad, que es la condición primera para ser creativo y emprendedor. También parecía hace siglos que los otomanos nos iban a comer por los pies y no sucedió. Las sociedades despòticas son internamente débiles. En cambio, las sociedades libres tienen un organismo mucho mejor preparado para recuperarse de los problemas.

De momento, nos venden el coche y la albahaca. El futuro será lo que nosotros queramos. No caigamos en un fatalismo ajeno a nuestra cultura cristiana. Dejemos lo que funciona y cambiemos lo que no. Acostumbrémonos al debate libre, dejemos las tentaciones canceladoras, desconfiemos de las soluciones simplistas y del pensamiento mágico… A Dios rogando y con el mazo dando.

Aguijón
Aguijón
30 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Aquí, y en el resto de Europa, no se ve bien a los chinos.
Tengo dos anécdotas que lo ilustran bien:
-Estaba con mi padre en la celebración de un aniversario de un sindicato agrario, conferenciaban expertos en la materia invitados por los anfitriones, en la primera fila del auditorio políticos locales, autonómicos, nacionales y alguno de la UE…
Total, que el problema siempre era China… Lo dijeron todos los que tomaron la palabra.
Yo le dije a mi padre:
-No sé porqué cojones buscan el enemigo tan lejos si se sienta en la primera fila…
Un señor extranjero, que antes nos había saludado muy cortésmente, se levantó enfadado al oír mi comentario y se fue.
Dijo mi padre:
-Ese señor se ha enfadado…
-Pues dos problemas tiene, enfadarse y desenfadarse…
Contesté yo.
La segunda anécdota es sobre la renacida marca EBRO, los chinos lo montan en Barcelona, pero traen hasta los tornillos, aquí no se hace nada.
Saben que si lo venden con nombre chino no lo compra nadie, compraron la marca y es un éxito comercial.
Lo cierto es que son muy inteligentes, les sobra el comunismo y el maltrato al disidente, el espectáculo de danza que se pasea por toda España debe ser impresionante, China antes del comunismo.
Saludos.

John P. Herra
John P. Herra
30 ddís hace
Responder a  Aguijón

Pienso igual que usted. Siempre andamos buscando culpables, que si los chinos, que si los marroquíes, que si el felpudo de la Bernarda. Autocrítica, cero. Esa es la forma de eternizar el problema: no reconocerlo, no atajarlo y señalar al que pase. Que se pongan los políticos a ver cómo dan mejores servicios con menos dinero, que dejen de endeudarnos para comprar votos, que bajen impuestos a un porcentaje razonable, que faciliten los papeleos y que unos cuantos se vayan de vacaciones para no volver, y verá usted cómo nos salen los emprendedores de debajo de las piedras.

basurillas
basurillas
29 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Coincido con usted en todo menos en lo de que se vayan de vacaciones unos cuantos de los políticos y no vuelvan. Es usted muy moderado ¿Y por qué no enviarlos a casi todos a un resort mejicano (a pedir perdón todos por nuestro despiadado colonialismo) pagándose ellos la cuenta con lo que ya han rapiñado a los contribuyentes? Total, como mucho que hagan unas elecciones digitales y virtuales, sin tener que amamantar a tanto tonto descerebrado inútil en cuatro años; y el que las gane y cuatro más se queden gobernando. El resultado sería el mismo o mejor, pero muchísimo mas barato para todos. Y con lo ahorrado que contraten por oposición al doble a jueces y fiscales independientes de los que tenemos, poniéndonos al mismo nivel que Alemania, por ejemplo. Ahí si podríamos permitirnos deshaucios exprés y saldrían al mercado un montón de viviendas en alquiler. Fácil.

John P. Herra
John P. Herra
29 ddís hace
Responder a  basurillas

Lo sonrojante es que les votamos nosotros… No se salva nadie… Y los peores son los que vienen a enmendarlo todo… O a enmierdarlo, mejor dicho.

ricarrob
ricarrob
28 ddís hace
Responder a  basurillas

Mientras llega, esperemos, esas idílicas situaciones que ustedes dos desean (yo también, por cierto), lo que realmente ocurre es que las gerifaltas y gerifaltes (preciosa palabra la de gerifalte, proveniente del nórdico; esto es un apunte para el señor Carlos TS.) actuales, que atacan inmisericordemente al imperio, luego, realmente, les encanta viajar y disfrutar de Nueva York y de Hollywood a costa del dinero del contribuyente.

¡Marxistas de opereta!

John P. Herra
John P. Herra
28 ddís hace
Responder a  ricarrob

Un marxista que no es de clase obrera, que no ha llegado nunca a casa con los brazos y piernas reventados, es como un hinduísta que se pone hasta el culo de chuletones: un timador.

Javier
Javier
28 ddís hace
Responder a  John P. Herra

La competitividad, bien entendida, es hacer más en el menor tiempo posible. Para eso necesitamos cerebro, no manos. China lo único que ha hecho es poner dos mil millones de manos a trabajar, por salarios más bajos que en Occidente, y en condiciones laborales miserables. Son sonados los suicidios de la factoría china de Apple, ante la presión de la multinacional norteamericana para sacar a tiempo el último modelito de marras. El resultado ha sido que Apple ha creado un monstruo que le ha copiado su tecnología y hoy la vende a menor precio. Le ha copiado, pero no ha inventado nada, o lo inventado por los chinos, si tiene aceptación, es por que lo utilizan los mil y pico millones de chinos, por imposición estatal, ya que el gobierno de la República Popular restringe la competencia occidental en materia de aplicaciones de Internet, por ejemplo.
Habla usted de Yamaha y Honda, sustituyendo a Derbi, a Montesa, a Bultaco, a Puig…Pero no han sustituido a Ducati, a Piaggio o a Aprillia. La sociedad nipona es un ejemplo de lo que acabará siendo la sociedad china. Una sociedad fallida, avocada al suicidio y al alcoholismo, una sociedad infeliz. Eso sí, muy trabajadora.
Saludos.

John P. Herra
John P. Herra
28 ddís hace
Responder a  Javier

La competitividad es hacer más en menos tiempo, con menor coste, mermas e incidencias; pero también implica obtener mayores beneficios… El sistema productivo que usted relata tiene límites, no puede mantener el ritmo indefinidamente. La aplicación de la IA a los procesos productivos ya está teniendo un impacto semejante al de la mecanización. Por muchos millones de manos que tenían las hilaturas y facturación manual de textiles, cuando apareció la máquina de vapor, se acabó el beneficio. Cuando una máquina puede fabricar cien metros de paño en una hora y el operario textil más capaz apenas llega a diez, se acabó el beneficio y la rentabilidad. Aumentan los costes y dejas de ser competitivo porque no puedes mantener el ritmo. Ese sistema de mano de obra barata no desaparecerá del todo a corto plazo, pero con la rapidez con que avanzan las aplicaciones de la IA, va a ir a menos. O invierten y aplican las nuevas tecnologías, o a otra cosa. Ah, e invertir y aplicar las nuevas tecnologías significa demanda de mano de obra más cualificada, y por tanto, mejor pagada. Es de cajón.

Javier
Javier
27 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Sí, ese discurso llevan diciéndolo desde el siglo XIX, y sin embargo sigue habiendo mano de obra semiesclava, no cualificada, no sustituida por la máquina. En mayor cantidad que hace medio siglo, además.
¿Qué razón habrá para esto? Las maquinas no se cogen bajas, ni vacaciones…pero tampoco consumen. No tienen necesidad de viviendas, ni de comida, ni de ropa, ni de ira u restaurante…
Saludos.

John P. Herra
John P. Herra
26 ddís hace
Responder a  Javier

¿Usted cree realmente que el mundo estaba mejor hace cincuenta años que hoy y que había mejores condiciones laborales en él?

José Prats Sariol
José Prats Sariol
30 ddís hace

La Cuba anterior a la hecatombe estaba aderezada con puestos de piñas y culantros, lavanderías de carbón, heladeras de guanábana, fondas cantonesas, chinos que trabajaban como gallegos recién desembarcados. Otros chinos paseaban con sus dobles canastas, sin pregonar, los vecinos sabían… Gracias por despertar recuerdos. Pero sin catastrofismo: son demasiado miméticos, cabizbajos, opiáceos…

Javier
Javier
20 ddís hace

¡Qué va! Aquí solo se están enterando los que quieren enterarse, 4. El resto sigue adocenado, adormilado y en Babia con el fúrbol y demás cebos…

Rosario Lara
Rosario Lara
16 ddís hace

Es que es usted un retratista único Señor Reverte. Ahora, en el chino que hay cerca de mi casa, he de reconocer que son diferentes, hemos tenido mucha suerte. La mayoría sin duda son réplicas a los que describes. Seres perfectos de producir y trabajar, incansables, emocionalmente infranqueables, casi máquinas.

leoncio
leoncio
14 ddís hace

!!1dios mio,que reflexiones provoca un poco de perejil!!!