Inicio > Historia > 1936 día a día > 16 de enero de 1936: Franco visita Carabanchel

16 de enero de 1936: Franco visita Carabanchel

16 de enero de 1936: Franco visita Carabanchel

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Jueves, 16 de enero de 1936: Franco visita Carabanchel

A las siete de la mañana, en el campamento de artillería de Carabanchel, no muy lejos del domicilio de los Mañas, todo estaba preparado para que dieran comienzo las maniobras. El jefe del Estado Mayor, Franco o Franquito, como lo llamaba Sanjurjo, presidía los ejercicios de las tropas acuarteladas, pertrechado con unos prismáticos y dispuesto a no perder detalle.

Había que mantener el ánimo alto. Los ejercicios militares siempre le ponían de buen humor. Eran una excusa perfecta para salir de su despacho madrileño, para respirar el aire limpio de la mañana y el olor a pólvora de la batalla, para reunirse con la tropa y escuchar sus impresiones.

"Se sentía como la más guapa del baile, aquella a la que todos pretendían. Debía de ser en realidad un hombre importante en esta república de pacotilla para que todos quisieran contar con él"

Franco era un hombre de acción. Un héroe de la guerra de Marruecos, forjado en el campo de batalla, al que consumía estar entre las paredes de una oficina. El ejército estaba para actuar, y él para dirigir esas actuaciones. Se sentía bien. No podía ocultarlo. Se reflejaba la satisfacción en su cara. Y no solo por las maniobras que le traían a la cabeza los años de Marruecos. Se sentía como la más guapa del baile, aquella a la que todos pretendían. Debía de ser en realidad un hombre importante en esta república de pacotilla para que todos quisieran contar con él. Todos lo querían porque sabían que tenía el respeto de sus hombres, la devoción incondicional por un general con el que tantas veces habían luchado. Pocos militares en España podían presumir de esto. Y esa fidelidad de sus hombres era lo que se quería de él.

Llevaban ya un tiempo tanteándolo, tanto militares como civiles. Siempre había conversaciones de café en las que se hablaba de más. Se empezaba repasando los problemas de España y se acababa por elaborar un plan para acabar con la República. Pero hacía unos días la cosa había ido más allá. Ya no era una simple conversación intrascendente. Fue una encerrona. Su cuñado, Ramón Suñer, lo había invitado a su casa y allí estaba esperando el hijo de Primo de Rivera. Ese José Antonio era un exaltado, un hombre peligroso, de los que acaban acaudillando un pueblo o muertos como mártires. Estaban dispuestos a impedir las elecciones de febrero. Decían tener un plan en marcha para evitar la victoria del Frente Popular. «Una catástrofe, una catástrofe», no paraba de repetir José Antonio.

Hablaron de deber y responsabilidad. Pero no consiguieron sacarlo de sus trece. Él no iba a ser tan necio como Sanjurjo. Si había una conspiración, nunca sería el primero en unirse a ella. En todo caso, sería el último. Franco no había nacido para ser condenado como un traidor. Así que se dedicó a darles evasivas, a contar unas cuantas anécdotas de cuartel y a despedirse sin que se notara su malestar por verse inmerso en una conjura. Ese José Antonio era un soberbio, como su padre. No pudo borrar de su cara una mueca de desagrado mientras se despedían. Debió de quedarse ofendido con el resultado de la reunión. No entendían nada estos salvapatrias iluminados. Y él, como la más guapa del baile, haciéndose querer.

"Si el asunto había llegado a oídos del Gobierno, la cosa tenía que ir más en serio de lo que él se había imaginado. Y allí, en su despacho, volvió a hacerse el interesante, una de cal y otra de arena"

Pero la cosa no terminó ahí. El día anterior se había presentado en su despacho Vicente Santiago, el director general de Seguridad. Lo enviaba Portela, el mismísimo jefe del Gobierno, y no se anduvo con rodeos. Portela conocía la existencia de una conspiración y que se preparaba un levantamiento militar. «Quiere saber si está usted al tanto, solo eso». Si el asunto había llegado a oídos del Gobierno, la cosa tenía que ir más en serio de lo que él se había imaginado. Y allí, en su despacho, con Santiago, volvió a hacerse el interesante, una de cal y otra de arena. Sin embargo, había dejado bien claro que él no toleraría un levantamiento bolchevique en España.

Sí, se sentía bien aquella mañana en Carabanchel. El olor de la mañana y de la pólvora le sentaban bien, sin duda. Todo estaba listo. Dio la orden para que los ejercicios comenzaran.

Todas las entradas de 1936 día a día

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios