Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 18 de marzo de 1936: Una casa de mala nota
Tú primero, Pepe. Hay que aprovechar que hoy hay tranquilidad en Madrid para tomarse un descanso…
Enseguida, Ángel Navarrete se acercó a la barra. Agarró por el cinto a la chica morena y desocupada que vio más a mano y, con una amplia sonrisa que desvelaba una personalidad diferente de la que mostraba en las reuniones sindicales, pidió un reservado. La chica los llevó a un cuartito aledaño, una cueva fresca con muros de ladrillo, mesa, sillas. Al poco, regresó con un camarero y tres de las mujeres que bailaban fuera junto al piano. El camarero depositó sobre la mesa una fuente con torreznos, aceitunas y una botella de orujo con varios vasos.
—Que lo disfruten.
Las mujeres comían sin disimulos.
—Dejad un poco a los que trabajamos —Ángel cogió la mano de una de las mozas y se la llevó a la boca, mirándola con ojos picarones.
—¡Ay, pero qué guarro! —se rio la chica, cuando él le chupeteó los dedos.
Pepe Mañas no se sentía cómodo. Las dos mozas más guapas se sentaron sobre las rodillas de Ángel y Lenin. Los sindicalistas bromeaban, aprovechando para levantar faldas, sobar los muslos. A él le tocó la menos agraciada. Parecía mayor que las otras y, a lo mejor por eso iba tan pintada. Se le sentó cerca y no apartó la mirada de cejas depiladas y ojos grandes en forma de almendra.
Cuando Navarrete y Lenin se cansaron de magrear a sus parejas, se las llevaron de la mano a bailar. El pianista empezó a tocar “La violetera”, y los borrachos cantaron a voces:
Son sus ojos alegres,
la faz risueña,
lo que se dice un tipo
de madrileña…
Neta y castizaaa
que si entorna los ojos
te cauteriza, te cauteriza…
La mujer junto a Mañas canturreó en voz baja. Mirándolo con un amago de sonrisa —procuraba no abrir demasiado la boca, por no enseñar una mala dentadura—, le preguntó si quería bailar. Pepe Mañas dijo que no.
—¿Qué te pasa, no tienes ganas? ¿O es que no tienes dinero? —se levantó, irritada—. Voy a hacer pis. Vuelvo enseguida. Aprovecha para pensártelo, rico, que yo aquí estoy para trabajar.
Mañas se quedó a solas y pensó que a esas horas sus padres estarían cenando. ¿Qué demonios hacía? De repente llegó el camarero. ¿Necesitaba algo? No. El tipo se fue y al salir se cruzó con la chica, que volvía con otra amiga. La acompañante se subió las faldas para ajustarse el liguero con intención. Al ver que Mañas no reaccionaba, se bajó la falda con un mohín de fastidio.
—Ay, ¡qué hombre más soso! Pues va a ser verdad que eres un pánfilo.
—Déjalo, que no tiene ni un real —dijo la de las cejas depiladas. En la mesa quedaba la botella de orujo vacía.
—Bueno, pero aunque no tengas para más, puedes pedir algo de beber, ¿no, riquín? ¿Tampoco? Entonces, ¿para qué vienes? Anda, Adela, busca a los otros, que están peor vestidos pero son sindicalistas y hay que cuidarlos. Son los que mandarán a partir de ahora.
Pepe Mañas se levantó, enfadado consigo mismo. No sabía por qué había dejado que lo convencieran. Estaba a punto de irse cuando volvieron Navarrete y Lenin, abrochándose los pantalones. Los dos se quejaban de que todo era muy caro. Decían que las chicas no valían la pena. Y él, ¿qué tal?


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