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19 de enero de 1936: Un monarca en el exilio

19 de enero de 1936: Un monarca en el exilio

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Domingo, 19 de enero de 1936: Un monarca en el exilio

¿De verdad hacía falta salir tan pronto, señor?

—Por supuesto. Estos viajes hay que empezarlos de madrugada. La primera parte pasa en un duermevela y apenas se da uno cuenta. ¡Ah, París, cuánto te echaré de menos! Qu’est-ce que t’es belle! —añadió el monarca con pedantería—. Claro que Roma tampoco está mal. Va a ser interesante ver qué panorama nos espera con Mussolini.

"Alfonso XIII, como buen monarca español, tuteaba a todo el mundo. Esa campechanía en España resultaba simpática"

Desde el confortable asiento trasero del último Hispano Suiza cubierto que se había comprado, el rey emérito de España Alfonso XIII echó una última mirada a la ciudad del Sena. París empezaba a quedar atrás. La periferia nunca es lo más presentable de una ciudad. Los oscurecidos arrabales parisinos afeaban el horizonte. El cielo, bajo y plomizo, oprimía con su grisura invernal la fosforescencia rosácea que asomaba tímidamente. El frío nocturno los rodeaba, al otro lado de unas ventanas empañadas por el vaho. Dentro del moderno coche, por supuesto, había calefacción.

—De todas maneras, París nos ha dado todo lo que podía, que ha sido mucho, ¿no es cierto, Paco?

Paco era el conde de los Andes, el jefe superior de Palacio en el exilio.

—Claro, señor.

Entre los cambios que le trajo su exilio a Alfonso estaba la separación de la reina. El matrimonio con Victoria hacía tiempo que hacía agua, pero la abdicación le permitía soltar el lastre.

—Venga, anima esa cara —le dio una poco respetuosa palmadita en el hombro a su acompañante—, que en Roma tendrás diversión de sobra conmigo, bien lo sabes.

Alfonso XIII, como buen monarca español, tuteaba a todo el mundo. Esa campechanía en España resultaba simpática. Se contaba de su padre que durante una noche de parranda por Madrid había compadreado con un desconocido y, tras la última copa en el bar del Palace, se despidió: «Pues ya sabe dónde me tiene a su disposición, Alfonso Doce, en el Palacio Real». A lo que su interlocutor, tomándolo a broma, replicó: «Yo también a su disposición, Pío Nono, en el Vaticano». La anécdota, muy celebrada, era la favorita de Alfonso XIII. Solía contarla entre muchas otras propias que —de tal palo, tal astilla— demostraban el humor castizo de quien se sabía tan juerguista como su padre, además de aficionado a los coches, a la caza y a los pasatiempos carnales. Era conocido en los círculos aristocráticos que poseía la colección de películas pornográficas más completa de Europa.

"Desde que se había exiliado tenía una actividad social tan frenética, reuniéndose con gente de un bando y otro, españoles y extranjeros, que últimamente tenía la sensación de trabajar más que nunca"

Bien es cierto que desde que se había exiliado su carácter cambiaba y que en el destierro —tras aquel aciago catorce de abril, cuando embarcó, con dirección a Marsella, en el crucero Príncipe Alfonso— tenía una actividad social tan frenética, reuniéndose con gente de un bando y otro, españoles y extranjeros intrigando en torno a la República, que últimamente tenía la sensación de trabajar más que nunca.

—Lo que más me molesta, ¿sabes qué es, Paco? Que nadie reconoce el gesto de grandeza que tuve al abdicar y dejar el trono, encima después de unas elecciones municipales, para evitar un derramamiento de sangre. Dios sabe que lo hice por generosidad y amor a la patria —observó, olvidando que también había influido el que el general Sanjurjo, entonces al frente de la Guardia Civil, y varios mandos militares le hubieran confirmado que, en caso de sublevación, no le defenderían.

Empezaba a amanecer y Alfonso XIII se quedó absorto mirando el cielo mortecino, ligeramente rosado, que los envolvía.

—Qué hermosa y qué terrible puede llegar a ser la vida —dijo.

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