Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 2 de marzo de 1936: El gato montés
El 2 de marzo se estrenó, en una de las principales salas de Barcelona, la adaptación al cine de El gato montés, de Manuel Penella Moreno. Era la primera película dirigida por una mujer española, Rosario Pi. El simbolismo de la efeméride, aun así, se le escapaba al público congregado en la sala para disfrutar de la adaptación de la conocida ópera, con ese andalucismo a medio camino entre el fatalismo trágico de Sangre y arena, de Blasco Ibáñez, y la imagen romántica y subdesarrollada de la Carmen de Merimée, que triunfaba entonces. Es probable que ni siquiera la propia aludida, en una butaca de honor, tuviera conciencia de lo histórico de la circunstancia.
Con el bastón que llevaba desde niña, por una cojera congénita, y el nerviosismo de cualquiera ante el estreno de su obra, más que de las imágenes en pantalla la dama pionera del cine español se mantenía atenta a las reacciones de un público receptivo que, serio en los tramos dramáticos de la historia, se partió de risa en cuanto llegaron los interludios cómicos.
Ahora mismo, una carcajada acompañó la aparición de Joaquín Valle en el papel del bandolero Juanillo, quien, encarado con la guapa Mapy Cortés, enamorada a su vez de un torero que completaba el triángulo amoroso, le soltaba el primer piropo.
—Tú qué sabes de estas cosas. ¿Adónde vas tú?
—A desírtelo más cerquita, pa’ que te enteres. ¡Ay!
—Osú.
—¡Ya la metí!
—Te está bien, por atrevío.
—Ajá, presiosa.
El cómico, al saltar el muro, metió un pie en el pilón del lavadero. El público se deleitó y calló mientras la guapa protagonista instaba a su pareja, ya cantando, a apartar las manitas y a ayudarla a llevar una cesta con los platos que acababa de lavar.
—Si es que te quiero…
—Si me quieres, coge de ahí.
—Ya está cogío.
—Echa pa’lante.
—To’ lo que quieras lo hago por ti.
Cantaron al alimón.
—Así quiero yo a los hombres, que no me cesan de ayudar.
—Ya ves tú si yo te quiero, que hasta me hases trabajar…
—Allá va la peli, peli, peliculera…
—Allá va la joli, joli, joliwudera…
—La reina de la pantalla voy a ser yo… ¡en Joliwud!
—La reina del estropajo, es lo que vas a ser tú.
—¿Es que te burlas?
—Qué he de burlarme.
—Pues cuidaíto, echa pa’ lante.
Las risas se sucedieron. En pantalla, los dos actores miraban desolados la vajilla rota.
—¡Ay, mi madre!
—Tuya es la culpa. Tú, que has soltao.
—Ay, Dios mío, qué desgrasia, me ha roto todo. Cuatro platos. Y el puchero…
Volvieron a cantar y Joaquín Cortés pidió a la Soleá que no llorase, «que en la pantalla cuando seas tú la estrella nos vamos a dar un beso tan largo como la cuaresma». La escena, tras la nueva persecución, acabó con el galán metido en un cubo de agua, patas arriba, entre nuevas carcajadas.
Rosario Pi, mirando disimuladamente por encima de su hombro, comprendió, por las risas generalizadas, que el público estaba rendido: acababa de obtener el primer triunfo en el periplo cinematográfico de su obra.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: