Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Lunes, 20 de enero de 1936: El general Mola en Tetuán
Las calles de Tetuán se hallaban sumidas en dolor y llanto. Llanto por la muerte de una niña. Dolor por la familia del jalifa, padre de la difunta. Lorca podría haberle dedicado un poema a semejante jornada de profunda pena en las blancas calles de la capital del Protectorado.
—Reciba, su alteza, las condolencias de toda la nación española —murmuró—. Se lo reitero como representante que soy del Estado español…
Con gafas y gesto circunspecto, Emilio Mola acudía al entierro en cumplimiento de sus obligaciones. El general había sido nombrado a finales del pasado año jefe de las Fuerzas Militares en Marruecos, el mando de más graduación en la región, y residía en Tetuán, capital del Protectorado, cerca del jalifa para poder controlarlo. Lejos quedaban los años de penurias en los primeros tiempos de la República, cuando Azaña lo había apartado del ejército. Ya desde antes de la proclamación de la República, cuando tuvo a su cargo la Dirección General de Seguridad en la época de Berenguer, había quedado bien claro el aborrecimiento de Mola por los hombres del futuro régimen. Así que a nadie sorprendió su paso a la reserva.
Pero aquello ya quedaba atrás y ahora había vuelto al Marruecos que tantos éxitos trajo a su carrera militar. Aquel puesto que le había sido concedido por los gobiernos de Lerroux era un reconocimiento a sus años de servicio a España. Él representaba allí a España y al Ejército. Y en calidad de esa representación debía expresar, como estaba haciendo, las condolencias de toda la nación a la familia que ocupaba el gobierno indígena, aliados del Estado español y con intereses similares.
—Gracias, general.
Curiosamente, el jalifa, Muley El Hassan Ben El Mehdi, sobrino del sultán de Marruecos, no estaba presente en el entierro. Pese a todos los años vividos en el norte de África, a Emilio Mola todavía le sorprendían ciertas costumbres locales. Presidiendo el sepelio se encontraba el hermano del jalifa: era a quien presentaba sus respetos de forma protocolaria.
Después, un santón pronunció una oración en un ambiente de recogimiento y respeto. Mola y el resto de representantes españoles, todos piadosos católicos, guardaron la mayor compostura durante los ritos musulmanes. Acto seguido, el cuerpo de la difunta fue introducido en el panteón de la familia jalifal. A lo lejos se oía, desde la ciudad, el zaghareet, grito ritual de dolor de las mujeres musulmanas.
Pocas horas después de que esto ocurriera, al filo de la medianoche y a dos mil kilómetros de distancia, en Norfolk, Inglaterra, la muerte también sorprendía a los setenta años de edad al rey Jorge V, nieto de la reina Victoria. Su enfermera fue honrada con las últimas palabras regias: «Maldita seas», le dijo un monarca agónico, mientras ella le suministraba un sedante.


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