Sábado, 21 de marzo de 1936: Ortega condecorado
El sábado era el día de tertulia por excelencia. La Granja El Henar, en plena Alcalá, estaba de bote en bote. Allí solían aparecer grandes figuras intelectuales como el fallecido Valle-Inclán, Eugenio d’Ors y hasta Ortega, que tuvo en ese café tertulia fija antes de trasladarla a la redacción de su Revista de Occidente. Hoy Ortega volvía y, tras pedir un agua de Mondariz, a media tarde, se dejó querer por sus tertulianos.
—Me preguntáis por la invasión de Renania de la que hablan los periódicos —dijo Ortega, señalando un diario sobre la mesa—. Todos sabemos que se veía venir. Y ahora, si me permitís elevar el debate, lo que cabe preguntarse es cómo y en qué momento llegó a formarse este Estado totalitario, algo que solo se entiende echando un vistazo a la historia. Hace años que, para bien o para mal, Alemania ha decidido crear un Estado nacionalsocialista. Es obvio que esta decisión la adoptó porque se hallaba ya en ciertas vías o modos de existencia. Solo en el contexto de un determinado horizonte, pudo ocurrir.
Sentado, no se apreciaba la pequeña estatura de Ortega. Su corpulencia la disimulaba una elegante americana gris sobre la cual destacaba el cuello blanco reluciente de la camisa y una corbata azul marino. Pero en cuanto empezaba a hablar uno no veía sino sus facciones, esa frente alta y limpia, el cráneo amplio y unos ojos inquietos que lo mismo se fijaban en algún contertulio, escuchando su intervención, preparando un comentario inteligente si consideraba que se exponía una idea original —esa era su pasión, las ideas, ideas de todo tipo, no podía pasar un día sin que tuviera su dosis de ideas— o se perdían por entre unos y otros, sin detenerse en nadie en concreto, concentrado en lo que él mismo decía. Cada vez que hablaba, su entrecejo demostraba la tensión intelectual que lo habitaba.
—En toda vida, cada decisión surge de otra previa más amplia y de desarrollo temporal más largo. Lo que hoy hacemos emerge de la decisión sobre lo que vamos a hacer en la presente temporada, y esta de lo que resolvimos para todo el año o años previos, y al cabo, en la decisión tomada respecto de toda nuestra vida. Por ejemplo, dedicarla a una cierta profesión. Pero toda nuestra vida brota del cauce de la vida que llevan nuestros pueblos y nuestra época, la cual, a su vez, va encajada nada menos que en la trayectoria íntegra de la historia universal. De ahí que, tomando las cosas en todo su rigor, no se pueda entender ni un segundo de la vida de un hombre si no se entiende la historia universal. Y por eso, lo que ocurre ahora mismo en Alemania no se entiende sin remitirse a la decisión que tomó este país allá por 1850, más o menos, cuando se puso como objetivo principal de su existencia organizar sus servicios colectivos. La guerra de 1870 dio ocasión a que las demás naciones se dieran cuenta de este hecho, nuevo en el horizonte de Europa, y fue el comienzo de un prestigio del que hasta hace muy poco vimos su lado bueno, y hoy vemos el negativo…
En La Granja El Henar, con sus veladores de mármol y sillones confortables, alguno de los jóvenes contenía las ganas de participar: una de las reglas no escritas era que en las tertulias solo intervenían los habituales.
Por aquel entonces Ortega tenía un aura descomunal. Pasar por la capital y no verlo en su rincón de La Granja El Henar con sus colaboradores de la Revista de Occidente, era como no haber estado en Madrid. Su voz de barítono, confiada y respetuosa al mismo tiempo, parecía siempre lista para engarzar el diálogo.
—Enhorabuena por su premio, maestro —dijo alguien, según pasaba. Y es que ese sábado mismo el Ayuntamiento le había entregado la medalla de oro de la Villa. Durante el transcurso del acto, Ortega se mostró reservado y con gesto serio en el que quizás podría leerse un cierto pesar por haber contribuido en tanta medida a la proclamación de la República. Su Delenda est monarchia, que actualizaba el antiguo Carthago delenda est con el cual Catón el Viejo solía terminar sus admoniciones en el Senado romano, preconizando la destrucción de la ciudad rival, había hecho fortuna. Algunas de sus frases («Españoles, el estado no existe. Hay que reconquistarlo») aún resonaban en la memoria colectiva de los madrileños.

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