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22 de marzo de 1936: Azaña en el Parque del Chorrillo

22 de marzo de 1936: Azaña en el Parque del Chorrillo

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Domingo, 22 de marzo de 1936: Azaña en el Parque del Chorrillo

Me alegro, Manuel, de que ayer le dierais la medalla de la Villa a Ortega. Yo sé que has tenido que vencer alguna reticencia. Entiendo que haya podido dañaros con su «no es esto, no es esto». Está claro que se siente desencantado con el régimen, incluso entiendo que flirtea peligrosamente con las derechas, pero era importante.

—Eso me argumentaba alguno en el Gobierno, Lola. Que es el filósofo preferido de José Antonio y de Maeztu. He tenido que recordar que su influencia se ve igualmente en Bergamín, Machado o Lorca, y en todos aquellos que pasan por la Institución Libre de Enseñanza. Pero sobre todo, nos guste más o menos, es el pensador más importante que ha dado España en lo que va de siglo, y debemos tenerlo de nuestro lado. O por lo menos no tenerlo en contra.

"Lola había seguido el doloroso parto del Frente Popular tras un complicadísimo año. Azaña había hablado muchas veces de su malestar"

—Necesitas el apoyo de intelectuales y escritores, Manuel. En el fondo, tú eres uno de ellos, ¿o no te acuerdas de los versos que me escribiste la primera vez que nos vimos? —bromeó Lola—. «A su alteza cherifiana / señora de horca y cuchillo / que me invita a su castillo / de la estepa castellana…».

—Para, para, Lola, que me avergüenzas.

Había sido en casa de los Caro Baroja y Lola llevaba un sombrero de paja a modo de pamela y al volver en coche, viendo que los seguía un hombre a caballo con el traje montaraz de los guardias, Lola le susurró a Cipriano al oído si no sería un bandido.

—Es un bonito recuerdo, Manuel —dijo, cogiéndole la mano.

La pareja paseaba, como algunos fines de semana, por el parque de Alcalá de Henares. Hoy hacía un tiempo razonable para salir de Madrid y les venía bien airearse. Más allá de unas pocas escapadas al cine y de algún chocolate en el Lyon, Azaña trabajaba sin descanso en medio de una ciudad cada vez más alborotada. Habían paseado juntos por la plazoleta donde, siendo muy niño, se iba a solas a estar triste, como decía, y a última hora de la tarde acabaron en el Chorrillo, el parque urbano concebido por su padre cuando fue alcalde de la ciudad. Quedaba parte de la antigua arboleda, que llegaba hasta la vía del tren, aunque la mayoría habían sido sustituidos por acacias de bola que a Azaña le eran antipáticas. A él le gustaban el roble, la encina, el castaño, el chopo y, por supuesto, el ciprés, su árbol preferido.

Habían recorrido los soportales de la calle Mayor, entrado en la confitería de Salinas y deambulado por callejuelas desiertas que le traían muchos recuerdos, hasta terminar en el Chorrillo. Era el ritual, cuando venían. Y Lola aprovechó para preocuparse —era su preocupación privada y secreta— por su corazón, que ya daba muestras de debilidad.

—¿Cómo te sientes?

—Si te refieres a mi locomotora —Azaña se tocó el pecho—, voy bien. Casi diría que viento en popa. Yo creo que el poder, visto lo bien que me sienta, me hará más longevo de lo que esperas.

—¿Y lo demás, Manuel?

Lola había seguido el doloroso parto del Frente Popular tras un complicadísimo año. Azaña había hablado muchas veces de su malestar porque sus socios políticos utilizaban todas las argucias posibles para incrementar su representación. Y últimamente, a las disidencias entre socialistas se añadía la pretensión de los comunistas de José Díaz y la Pasionaria, que querían apropiarse de la nueva fórmula de alianza antifascista preconizada desde Moscú.

—Si no me pongo firme, no habrá quien gobierne este Parlamento, Lola. Ahora son los comunistas los que empiezan a ponerse gallitos. Cuatro gatos. Tu hermano, Cipriano, siempre dijo que nuestro triunfo sería rotundo. Y ha tenido razón a medias porque, si se juntan, las derechas son muchas y nos harán una oposición cansina.

—Cipriano dijo que, si ganabas, acabarías siendo presidente de la República.

"Hay que acostumbrar a la gente a que la República dure. Hay que ensayar las formas republicanas, encauzar el régimen. La gente tiene que ver que funciona correctamente"

—Es un disparate, Lola. Sabes que no le tengo ningún afecto a don Niceto, pobre tipo. Pero hay que acostumbrar a la gente a que la República dure. Para ello es imprescindible que el primer presidente cumpla su plazo legal de mandato. Hay que ensayar las formas republicanas, encauzar el régimen. La gente tiene que ver que funciona correctamente.

—Pues si hay que ensayar la Constitución, poniéndola en práctica, tanto da que el presidente agote el mandato como que se le cese si se considera improcedente la disolución de las últimas Cortes, que es la segunda bajo su mandato, contando la del 33, ¿no? —murmuró Lola, sin soltarle la mano—. Es indudable que izquierdas y derechas coinciden en su desengaño con don Niceto. Y no hay muchos sustitutos posibles.

—¡Me queda tantísimo por hacer al frente de mi partido, Lola!

—Siempre me has explicado, Manuel, que esta República tiene que acabar siendo presidencial y, en cierta medida, don Niceto ha empezado a demostrarlo, a su manera, haciendo y deshaciendo gobiernos. Y no soy la única en pensar que, ahora mismo, es o él o vosotros… —concluyó Lola.

Y, por supuesto, tenía razón.

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